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Tomando
la palabra
... Y entonces, entonces, ¿cuál es el miedo?
El
temor no es a lo rojo de una bandera ni a las barbas del líder
marxista, sino a perder la libertad.
Los propietarios de mentes básicas, tan propensos a lo superficial
y tan inocentes en el análisis, no alcanzan a entender qué
es lo que en verdad está en juego en las elecciones presidenciales
del próximo año.
De muy poco les sirven los años en la universidad o haberse
quemado las pestañas (al menos así lo proclaman) leyendo
a Popper, Bobbio o Nozik, si al final sus conclusiones son tan erráticas
que hasta despiertan sospechas sobre la sinceridad de su equivocación.
Me refiero a esos analistas, con cierto grado de respetabilidad
y hasta con alguna gracia en la redacción, que sostienen
que las fuerzas democráticas están exagerando su temor
ante un eventual triunfo electoral del FMLN. Se trata, dicen, de
un miedo infundado. La eterna campaña atemorizante de la
derecha ante el peligro rojo. El miedo como único
argumento ante la inevitable hora de la alternabilidad política
y el fracaso del modelo neoliberal.
¿Es que de verdad creen estos analistas y profundos pensadores
que la batalla entre ARENA y el FMLN es como la que se da en Costa
Rica entre Unidad Social Cristiana y Liberación Nacional?
¿O entre los liberales y los cachurecos en Honduras? ¿Demócratas
y Republicanos en Estados Unidos? En esos países, de tan
diversas características, la alternabilidad se da sin trauma
alguno. El sistema continúa. El partido ganador debe demostrar
que sus ofertas de campaña fueron las mejores, y el partido
derrotado tiene que revisar sus desaciertos, mejorar y esperar el
próximo evento electoral. No hay tos.
Pero acá no es un simple cambio de partido en el gobierno
lo que se juega. Es el sistema. El FMLN no es un simple partido
político. Es una organización revolucionaria marxista-leninista.
Marxista, porque su ideología se fundamenta en el materialismo
histórico, el cual establece que la lucha de clases es lo
que hace avanzar a las sociedades. Es decir, las contradicciones
de clase en el capitalismo necesariamente tienen que desembocar
en el socialismo, donde la clase proletaria mantiene el dominio
sobre la burguesía, hasta hacerla desaparecer y entonces
dar lugar al comunismo o la sociedad sin clases (un proceso que
dura muchos años).
Leninista, porque sus métodos para la toma del poder combinan
creativamente todas las formas de lucha. El frente electoral
es sólo uno de los tantos del FMLN. Más importante
es la construcción del frente de masas, hoy llamado sociedad
civil, y el lento pero seguro socavamiento y cooptación
de las instituciones del sistema. La conspiración con los
aliados y la infiltración de la Fuerza Armada.
No hay ningún documento oficial del FMLN en el que diga que
ha renunciado al marxismo leninismo y a su aspiración de
imponer el socialismo (la hegemonía proletaria) en el país.
La cartita fresa a la nación que explicaron Gerson Martínez,
Nidia Díaz y otros es sólo un truco de moderación
para engañar incautos. Un ardid publicitario del frente electoral.
La consigna que durante los últimos años ha utilizado
el FMLN para movilizar sus frentes de masas ha sido y es no
a la privatización. En estas cuatro palabritas está
el corazón del asunto y el centro de la batalla política
ideológica. No a la privatización quiere decir, lógicamente,
que el Estado es el que debe regir la vida económica de una
formación social. No a la privatización implica y
explica la lucha frontal del FMLN y la izquierda latinoamericana
contra los tratados de libre comercio.
Hay que recordar que la lucha contra el ALCA es la prioridad establecida
en el foro de Sao Paolo y el principal lineamiento ideológico
del Partido Comunista Cubano a sus colegas latinoamericanos. Tanto
se ha repetido la consigna y de manera tan machacona que muchos
líderes de derecha se han visto forzados a decir que ya no
van a privatizar nada y que revisarán los anteriores procesos
de privatización.
De tanto repetirlo, la izquierda ha logrado establecer como verdades
dos cosas que son absolutamente falsas: primero, que privatizar
es malo (el mensaje oculto es que estatizar es bueno. El socialismo
es bueno) y, segundo, que el modelo económico basado en la
libertad (neoliberalismo le dice la izquierda) ha fracasado. Ambas
aseveraciones están estrechamente conectadas la una a la
otra, aunque no sean lo mismo. No necesariamente lo malo (en el
sentido diabólico de la palabra) es necesariamente fracasado.
En síntesis, la izquierda ha vendido el mensaje (con la ayuda
de los propietarios de mentes básicas) que el modelo de libertades
es malo y fracasado. Y, sin embargo, la verdad es del tamaño
de un planeta. Lo que ha fracasado no es la democracia liberal.
Allí están más prósperos que nunca Estados
Unidos, Francia, España, Suiza, Noruega y un etcétera
en que se debe agregar a Chile.
Lo que ha fracasado estrepitosamente es el socialismo. Lo que colapsó
fue el campo socialista, no la comunidad económica europea.
La que está en ruinas, hedionda a cárcel y bárbara
represión es Cuba, no Costa Rica. Lo que los pueblos botaron
a patadas y martillazos fue el Muro de Berlín, no la Estatua
de la Libertad.
Los que fracasaron son los gobiernos que se opusieron a transferir
a la sociedad las actividades que usurpa el Estado de manera abusiva.
Como diría la izquierda: los que dijeron no a la privatización.
Hungría, Checoslovaquia, Bulgaria, Zaire, Corea del Norte,
Libia, Eritrea y la mismísima y sacrosanta Unión de
Repúblicas Socialistas Soviéticas. En el etcétera
habría que agregar a la Nicaragua sandinista y la Cuba de
Fidel Castro. (Preferimos perder 10 mil elecciones y jamás
traicionar a Cuba, dicen los líderes del FMLN).
Hay una verdad que ha venido siendo esculpida por la historia de
las naciones en láminas de acero: La libertad política
y todas las demás libertades sólo pueden ser posibles
donde hay libertad económica. El temor no es a lo rojo de
una bandera ni a las barbas del líder marxista, sino a perder
la libertad.
*Columnista de El Diario de Hoy.
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