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Analizando
El árbol del futuro

Raúl M. Alas*
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com

A estas alturas, nadie en su sano juicio puede negar que su vitalidad actual simboliza una garantía para el futuro de miles de salvadoreños.

El árbol de las pensiones crece fuerte y vigoroso en El Salvador. Han pasado seis años desde su nacimiento, y sus raíces son cada vez más firmes y profundas; ya sus ramas se extienden con soltura en el entramado económico y social del país, y como es natural, sus frutos proliferan en forma vertiginosa a medida que lo abonamos periódicamente con nuestras aportaciones y cuidados. A estas alturas, nadie en su sano juicio puede negar que su vitalidad actual simboliza una potente garantía para el futuro de miles de salvadoreños.

El Sistema de Ahorro para Pensiones (SAP) inició operaciones en 1997 y desde entonces se ha convertido en una de las mejores iniciativas políticas impulsadas al hilo del Plan de Modernización del Estado. Las ventajas de su esquema de ahorro y capitalización individual saltan a la vista respecto al antiguo y obsoleto sistema de reparto: mayor ahorro, mayor inversión nacional, mayor rentabilidad en el monto individual ahorrado, mayor experiencia en el manejo de pensiones, sólido respaldo financiero de grupos nacionales y extranjeros y un gran número de servicios de atención al cliente.

Es cierto que el servicio y otras prerrogativas del SAP siempre serán susceptibles de útiles transformaciones y mejoras en el largo plazo, pero eso no le resta mérito alguno al modelo vigente. Por el contrario, los índices que ha logrado en estos años superan las expectativas iniciales: más de un millón de afiliados, más de medio millón de cotizantes activos, una recaudación acumulada que sobrepasa el billón de dólares y una respetable cantidad de beneficios otorgados a los primeros pensionados del sistema, en especial por sobrevivencia y también por vejez. Asimismo, es destacable la multimillonaria inversión en títulos valores para financiar proyectos del Fondo Social para la Vivienda.

No me detendré en las cifras, más bien me interesa valorar las favorables consecuencias que éstas le derivan a nuestro país. En primer lugar, el fruto principal del SAP es la alta incidencia del Fondo de Pensiones en el ahorro nacional, con más del sesenta por ciento de su valor bruto. Este aspecto representa una llave decisiva para asegurar la estabilidad macroeconómica de El Salvador en los próximos decenios y, desde luego, significa la tranquilidad financiera de las siguientes generaciones de cotizantes y de los actuales beneficiarios del sistema. En otras palabras, es la “alcancía previsional” para el futuro y un alivio a la acuciante presión financiera estatal del pasado.

De igual modo, este fondo constituye alrededor del cincuenta por ciento de la inversión interna bruta. Esto implica una potente base económica para su aplicación concreta en proyectos de desarrollo social que requieren un financiamiento estable, como la inversión en infraestructura pública, la construcción de viviendas y otros proyectos de raigambre social, los cuales benefician particularmente a los sectores más vulnerables de la población económicamente activa.

De hecho, es tan significativa la participación del fondo previsional en los indicadores económicos salvadoreños, que de seguro éste no tardará mucho en cruzar el umbral del diez por ciento del PIB nacional. Un verdadero éxito en función del tiempo recorrido, considerando que Chile lleva más de veinte años de haber implementado la reforma previsional y relativamente pocos meses de haber superado la cifra mágica de cincuenta por ciento del PIB.

Por eso estoy seguro de que este sistema compensa con creces el desembolso individual del trabajador y la aportación mensual de los empleadores. El impedir un descalabro de grandes proporciones en la estructura financiera nacional y el frenar la temida bancarrota de nuestra Seguridad Social son suficientes razones para dar gracias a Dios por una mejor perspectiva económica de los actuales cotizantes.

En este sentido, la legislación que ampara al SAP —aun con las posibles limitaciones técnicas de la ley y las restricciones operativas que aplica la Superintendencia de Pensiones— es muy buena en términos generales. Es justo decir que en la medida en que el Fondo de Pensiones siga excediendo la oferta disponible de títulos de renta fija habrá que analizar la conveniencia de la inversión en títulos de renta variable, principalmente aquellos que proceden del mercado de valores del país y en el futuro también los de terceros países. No cabe duda de que gran parte del mérito del modelo hay que adjudicárselo a la capacidad de gestión de las AFP y de sus equipos comerciales, particularmente CRECER y CONFÍA, que han competido ferozmente por la preferencia de los afiliados.

Llegado a este punto, nos queda a todos la urgente tarea de impedir que ningún discurso político se atraviese en el sano camino de crecimiento y de desarrollo de este fabuloso sistema previsional. Sería injusto e infame que una postura radical destrozara las expectativas de consolidación del SAP en perjuicio de miles de salvadoreños que tienen puesta su esperanza en recoger dentro de unos años los merecidos frutos de su esfuerzo actual. La sola idea de que haya veladas intenciones de talar las raíces que lo sostienen en pie, de podar las ramas que más cobijo prestan y de truncar los jugosos frutos que brotan de su interior nos debe motivar activamente para preservar sano y salvo a nuestro “árbol del futuro”.

*Doctorando en Comunicación Pública de la Universidad de Navarra, España.

 

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