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Algo que se debe respetar
El uso del Pabellón Nacional

Rubén Zeledón
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com

Sobre todo, porque un acto de tal naturaleza pone de manifiesto la ignorancia de lo que representa la enseña patria.

Cuando en junio de 1944 el complot para asesinar a Hitler fracasó, la Gestapo capturó a muchos oficiales del Ejército comprometidos, que fueron condenados a muerte por garrote vil.

Entre los conjurados estaba el mariscal Erwin Rommel, héroe de guerra admirado y respetado no sólo en Alemania sino también por jefes militares enemigos, al grado que en África del Norte el comando británico decretó penas muy severas para aquellos militares que hicieran comentarios sobre tan excepcional guerrero.

Para el Gobierno nazi, hacer pública la participación de tan connotado militar en el complot y condenarlo a muerte era inconveniente, ya que la admiración del pueblo era muy grande.
Pero tampoco podía perdonarlo.

Por consiguiente, Hitler envió una comisión de altos jefes a Francia, donde el mariscal estaba a cargo de preparativos de defensa para la inminente invasión al continente de parte de los aliados, con la siguiente propuesta: Por razones de Estado no sería ajusticiado y sepultado como el resto de oficiales. A cambio, debía suicidarse, y el Ministerio de Propaganda diría que había perecido en un ataque de aviones enemigos, cuando viajaba en su vehículo en la costa de Normandía.

El Gobierno lo enterraría con honores, y su familia recibiría la pensión y otros beneficios que la nación tenía reservados para los distinguidos servidores de la patria.

Que se quisiera ocultar la participación y condena a muerte de tan distinguido militar es entendible. Pero ocultar el suicidio y hacer creer que su muerte había ocurrido en acción de guerra, ¿por qué?

La razón es que a un soldado que se suicida no se le rinden honores militares, disposición común en los ejércitos del mundo entero, ya que por siglos tanto en la vida militar como civil el suicidio se ha considerado como un acto de cobardía.

Traemos a cuentas esto porque hace unos días un oficial retirado de nuestra Fuerza Armada que se suicidó fue llevado al cementerio con el Pabellón Nacional sobre el ataúd y con escolta militar durante el funeral.

Que sus compañeros de armas asistieran a su velación y sepelio, pasa; la camaradería es natural en los cuerpos colegiados, pero estos debieron asistir de civil y no con uniforme, porque en el presente caso no sólo es el suicidio el que cuenta, sino que éste ocurrió cuando autoridades hacían un cateo a un negocio de modelos y edecanes, que nada de malo tendría, si no tuviera como agregado cierta grabación de vídeos pornográficos y la acusación de violación que por el suicidio quedará sin esclarecerse en los tribunales.

El pueblo salvadoreño tiene mucho que agradecer al Ejército Nacional, que sacrificó a tantos de sus miembros para evitar que la agresión comunista tomara el país. Esto lo demostró en la multitudinaria manifestación de apoyo cuando a raíz de los Acuerdos de Paz se licenció a muchos de sus jefes y limitó su accionar.

Pero que sus mismos miembros, sin pensar en la mancha que un compañero con su conducta privada pone sobre el Ejército, usen la bandera patria para cubrir su féretro, es imperdonable.

Sobre todo, porque un acto de tal naturaleza pone de manifiesto la ignorancia de lo que representa la enseña patria.

Nos preguntamos si el Ministerio de la Defensa aprobó el uso del Pabellón Nacional o si calladamente les haló la oreja a quienes lo hicieron.

Hay regulaciones estrictas para el uso de la enseña patria. Bueno sería que el Gobierno las hiciera públicas para evitar que en una gresca en un estadio, anden personas con banderas con el Escudo Nacional o las palabras Dios, Unión, Libertad, que un decreto legislativo reguló desde el año 1912.

 

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