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La
nota del día
Lo que buscan es cogerse todo
No es difícil imaginar lo que ocurriría al caerle
encima los comunistas a los bienes de agricultores, dueños
de taller, propietarios de casas, empresarios de buses.
El acuerdo que pone fin a la huelga del ISSS se firmó la
semana pasada, agregando nuevas barbaridades a la vida pública
de El Salvador. Que médicos y sindicalistas abandonen a sus
pacientes, nieguen tratamientos a enfermos, causen destrozos, cierren
calles, renieguen de sus promesas y sirvan de marionetas de los
comunistas, es para asquear a la gente decente. La pandilla de huelguistas
inclusive se apropió de los ahorros individuales de los socios
del Colegio Médico, acto que en cualquier parte, menos en
la Fiscalía, es un grave delito.
La excusa para la huelga fue la supuesta privatización de
los servicios. Y contra las privatizaciones se oponen hasta la muerte
los comunistas, pese a que el régimen de Fidel Castro sobrevive
gracias a que en Cuba el turismo está totalmente privatizado.
Privados son los grandes hoteles de La Habana, la administración
de los cabarés, los vuelos regulares que llegan a la isla,
los charters y los operadores de excursiones. Privadas
son las pobres muchachas cubanas que se venden con tal de conseguir
una cena y un poco de ropa.
¿Por qué la obsesión y la guerra contra las
privatizaciones? La respuesta es muy simple: los comunistas piensan
abolir la propiedad privada en el hipotético caso de que
se llegaran a hacer del poder. Lo dicen todo el tiempo, lo anuncian
en sus planes de nación, lo prometen a los pobres
que creen en pajaritos preñados. Van a liberar al pueblo
de sus cadenas (las de oro), de sus anillos y aritos, de sus casas,
de sus talleres, de sus empresas, de sus vehículos y, lo
más grave, de sus libertades. Y para que lo piensen los buseros
que ahora comparten cama con los comunistas, digan si en Cuba las
líneas de buses están en manos privadas.
Lo fundamental del comunismo es precisamente su total oposición
a la propiedad privada. Comunismo se deriva de la propiedad
común; campos, fábricas, talleres, bienes colectivos,
casas, terrenos, máquinas, todo va a parar al recipiente
común. La gente tiene derecho a ser dueña del tapesco
donde se acuesta y del taparrabo con que se cubre, pero nada más.
En la difunta Unión Soviética, los campesinos eran
dueños de las pequeñas parcelas alrededor de sus viviendas,
pero no en Cuba, régimen que es el modelo y el manipulador
del partido aquí.
Pierden su propiedad y su libertad
No es difícil imaginar lo que ocurriría al caerle
encima los comunistas a los bienes de agricultores, dueños
de taller, propietarios de casas, empresarios de buses. Cuando los
robos de los duartistas, perpetrados a punta de pistola en 1980,
a pesar de que los afectados no pusieron resistencia, la economía
casi colapsó, la corrupción fue la norma, la banca
fue a la bancarrota y casi dos millones de salvadoreños huyeron
al exterior. Al día de hoy, la agricultura no levanta cabeza
por seguir padeciendo el esquema de la locura.
Al abolir la propiedad, la gente queda sometida por los que controlan
los bienes comunes: los que detentan el poder dispensan
empleo, míseras raciones, vivienda, transporte, estudio.
El empuje y la iniciativa individual, lo que invente una persona,
sus particulares capacidades no le sirven para destacar y labrarse
su vida. Al perder el derecho de propiedad, un pueblo pierde sus
libertades.
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