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Patrimonio
a punto de morir
El
patrimonio cultural de San Miguel Tepezontes, en La Paz, es la elaboración
de petates de tule. Por fortuna aún existen mujeres que se
preocupan por preservar esa costumbre.
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Señoras
elaborando petates de cule.
Fotos EDH/ Maritza Santos
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Enclavado entre verdes montañas, lejos del bullicio y de
la contaminación se encuentra el pequeño y apacible
pueblo de San Miguel Tepezontes.
Sus calles limpias, sus ríos de frescas aguas y su gente
amable y trabajadora han convertido a esta población en un
lugar envidiable.
Los terremotos del 2001 la golpearon con fuerza, pero pese a ello
la tecnología y el desarrollo poco a poco han abierto brecha
y se han introducido en la vida de sus pobladores.
Aunque el modernismo no ha entrado de lleno al pueblo, éste
ya está haciendo de las suyas. Muestra de ello es la casi
desaparición del principal patrimonio del lugar: la elaboración
de petates de tule.
Hoy en día son raras y contadas las personas que se dedican
a la fabricación de estos artículos, los cuales hasta
hace un par de décadas eran indispensables en los hogares
del área rural.
Sólo algunas ancianas se dedican a esos menesteres y lo hacen
no sólo para ganarse algunos dólares, sino también
para mantener viva esa tradición.
Trabajo del pasado
Una de las pocas artesanas del lugar es doña María
Adela Martínez de García, quien a lo largo de su vida
ha hecho de ese trabajo todo un arte.
Hace mucho tiempo su pequeña casa fue convertida en un taller,
y ha sido en él donde ha manufacturado miles de esteras.
Sentada en el suelo sobre una carpeta de plástico se puede
encontrar a doña Adela, entrelazando con pericia las largas
hebras de tule. En medio de la oscuridad de la habitación,
sus manos habilidosas y tostadas por el sol van dando forma a los
lienzos de rústica textura, los cuales al completarse su
elaboración se tornan de colores beige y verde claro.
Este trabajo me lo enseñó mi mamá. Yo
estaba cipota cuando comencé a hacer petates, expresa
doña Adela, de 61 años.
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Señoras
elaborando petates de cule.
Fotos EDH/ Maritza Santos
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Según la señora de García, en la actualidad
las personas del pueblo se niegan a realizar ese trabajo, ya que
lo consideran muy agotador y de pocas ganancias.
A la gente no le gusta hacer petates; los jóvenes no
se esfuerzan por aprender, prefieren dedicarse a otros trabajos,
expresa doña Adela.
Tejedora de recuerdos
Otra de las mujeres petateras es doña Rosa Pérez de
García, de 73 años, quien asegura que la producción
de estos objetos ha bajado considerablemente en los últimos
15 años.
Por motivos de salud esta anciana ha disminuido su trabajo; ahora,
en lugar de tejer la fajas de tule entreteje sus viejos recuerdos.
Añora los tiempos en los que ella y su mamá vendían
por mayor sus petates en Zacatecoluca y San Pedro Nonualco.
Los tiempos han cambiado. A la semana yo hacía tres
petates; ahora ya no hago mucho porque estoy enferma, comenta
doña Rosa.
Otro de los factores que ha influido en la poca producción
de petates en ese pueblo es el alto costo del material de elaboración.
El manojo de tule valía 15 colones, ahora cuesta ¢150,
dice doña Rosa.
Sin embargo, todos esos problemas no han disminuido los deseos de
preservar ese patrimonio. Unas 25 mujeres del pueblo, entre ellas
doña Adela y doña Rosa, continúan afanadas
entretejiendo el tule y esforzándose cada día para
que esa tradición no se muera.
Colchón de campesinos
Debido a la frescura del material, los petates todavía son
usados con frecuencia en algunos hogares salvadoreños, sobre
todo en el área rural.
Se utilizan para acolchonar camas de pita y de correas de cuero;
también se emplean sobre colchones.
Los hay de diferentes tamaños, pero los más comunes
son los que miden diez cuartas de largo y seis de ancho.
Los precios varían según el tamaño; los más
comunes cuestan entre 20 y 25 colones.
En San Miguel Tepezontes todavía hay gente que se dedica
al cultivo del tule. Ellas distribuyen el material entre las pocas
personas que tejen petates.
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