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Patrimonio a punto de morir

El patrimonio cultural de San Miguel Tepezontes, en La Paz, es la elaboración de petates de tule. Por fortuna aún existen mujeres que se preocupan por preservar esa costumbre.

José Osmín Monge
El Diario de Hoy
vida@elsalvador.com

Señoras elaborando petates de cule.
Fotos EDH/ Maritza Santos

Enclavado entre verdes montañas, lejos del bullicio y de la contaminación se encuentra el pequeño y apacible pueblo de San Miguel Tepezontes.

Sus calles limpias, sus ríos de frescas aguas y su gente amable y trabajadora han convertido a esta población en un lugar envidiable.

Los terremotos del 2001 la golpearon con fuerza, pero pese a ello la tecnología y el desarrollo poco a poco han abierto brecha y se han introducido en la vida de sus pobladores.

Aunque el modernismo no ha entrado de lleno al pueblo, éste ya está haciendo de las suyas. Muestra de ello es la casi desaparición del principal patrimonio del lugar: la elaboración de petates de tule.

Hoy en día son raras y contadas las personas que se dedican a la fabricación de estos artículos, los cuales —hasta hace un par de décadas— eran indispensables en los hogares del área rural.
Sólo algunas ancianas se dedican a esos menesteres y lo hacen no sólo para ganarse algunos dólares, sino también para mantener viva esa tradición.

Trabajo del pasado

Una de las pocas artesanas del lugar es doña María Adela Martínez de García, quien a lo largo de su vida ha hecho de ese trabajo todo un arte.

Hace mucho tiempo su pequeña casa fue convertida en un taller, y ha sido en él donde ha manufacturado miles de esteras.

Sentada en el suelo sobre una carpeta de plástico se puede encontrar a doña Adela, entrelazando con pericia las largas hebras de tule. En medio de la oscuridad de la habitación, sus manos habilidosas y tostadas por el sol van dando forma a los lienzos de rústica textura, los cuales al completarse su elaboración se tornan de colores beige y verde claro.

“Este trabajo me lo enseñó mi mamá. Yo estaba cipota cuando comencé a hacer petates”, expresa doña Adela, de 61 años.

Señoras elaborando petates de cule.
Fotos EDH/ Maritza Santos

Según la señora de García, en la actualidad las personas del pueblo se niegan a realizar ese trabajo, ya que lo consideran muy agotador y de pocas ganancias.

“A la gente no le gusta hacer petates; los jóvenes no se esfuerzan por aprender, prefieren dedicarse a otros trabajos”, expresa doña Adela.

Tejedora de recuerdos


Otra de las mujeres petateras es doña Rosa Pérez de García, de 73 años, quien asegura que la producción de estos objetos ha bajado considerablemente en los últimos 15 años.

Por motivos de salud esta anciana ha disminuido su trabajo; ahora, en lugar de tejer la fajas de tule entreteje sus viejos recuerdos. Añora los tiempos en los que ella y su mamá vendían por mayor sus petates en Zacatecoluca y San Pedro Nonualco.

“Los tiempos han cambiado. A la semana yo hacía tres petates; ahora ya no hago mucho porque estoy enferma”, comenta doña Rosa.

Otro de los factores que ha influido en la poca producción de petates en ese pueblo es el alto costo del material de elaboración. “El manojo de tule valía 15 colones, ahora cuesta ¢150”, dice doña Rosa.

Sin embargo, todos esos problemas no han disminuido los deseos de preservar ese patrimonio. Unas 25 mujeres del pueblo, entre ellas doña Adela y doña Rosa, continúan afanadas entretejiendo el tule y esforzándose cada día para que esa tradición no se muera.

Colchón de campesinos

Debido a la frescura del material, los petates todavía son usados con frecuencia en algunos hogares salvadoreños, sobre todo en el área rural.

Se utilizan para acolchonar camas de pita y de correas de cuero; también se emplean sobre colchones.
Los hay de diferentes tamaños, pero los más comunes son los que miden diez cuartas de largo y seis de ancho.
Los precios varían según el tamaño; los más comunes cuestan entre 20 y 25 colones.
En San Miguel Tepezontes todavía hay gente que se dedica al cultivo del tule. Ellas distribuyen el material entre las pocas personas que tejen petates.

 

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