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El
caserío está en un bosque salado
Temor a orillas de Río Viejo por las correntadas
Casi
300 familias quedan aisladas cuando llegan las lluvias y el río
Viejo inunda el cantón Los Llanos.
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| Una borda inconclusa. Cerca de cinco mil
sacos no son suficientes para paliar el riesgo de inundaciones
en el caserío Río Viejo, cantón
Los Llanos. Foto: EDH/Mauricio Cáceres |
La entrada del invierno impide conciliar el sueño a 84 familias
de pescadores de Río Viejo, un caserío
construido en el centro de un manglar, en el cantón El Llano,
jurisdicción de San Luis La Herradura, en La Paz.
La congoja de los moradores aumenta con los pronósticos de
un invierno que se espera tan copioso como en 1998, cuando la tormenta
tropical Mitch, les dejó sin casa, animales y
cultivos.
Los pescadores recuerdan una correntada jamás vista. Árboles
de gran tamaño como ceibas y amates eran arrastrados con
fuerza por la corriente hasta llegar a desviar el cauce del único
afluente que atraviesa los poblados construidos dentro del bosque
salado.
Río Viejo, La Borda, Belén, Orilla del Estero, El
Cementerio y El Amate forman parte del cantón El Llano, en
el Pacífico.
Muchos pobladores viven en un terreno de siete manzanas robado
al mar. Ahí construyeron los ranchos de paja ante la imperiosa
necesidad de un lugar donde vivir y la carencia de dinero para comprar
un pedazo de tierra firme para sus hijos.
Rafael Chávez, un nativo de la costa, tiene claro que las
264 familias del cantón continúan con vida porque
Dios es grande.
Sólo basta echar una mirada al cielo al caer la tarde,
y ver los nubarrones de la tormenta, para que comience nuestra angustia,
comenta.
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| Con una piedra. Pescadores de
las orillas de río Viejo protegen sus bienes del agua
con lo primero que tienen a mano. Foto:
EDH/Mauricio Cáceres |
Aislados
Chávez describe que cuando cae una tormenta todo un día,
el acceso a los caseríos es imposible porque el área
vuelve a su estado natural: una zona pantanosa.
Es cuando sólo se puede llegar en helicóptero, en
bestia o en camiones de la Fuerza Armada.
Los moradores quedan aislados y carecen de un albergue para la protección
de niños, mujeres y ancianos. Además, muy pocas viviendas
de ese asentamiento han sido construidas 70 centímetros por
encima del nivel piso para protegerse.
Yanira Mercedes reside con su hija de cuatro años en el lugar
donde el agua salta del río. La vivienda está
a menos 15 metros y carece de muro de protección.
Para Yanira, su vida permanece con pánico cada vez que llega
el invierno, porque nadie de la comunidad sabe en qué momento
crecerá el río y los tomará por sorpresa.
La joven madre de 18 años reconoce que, por las noches, cuando
comienza los fuertes nortes, truenos y rayos, abriga a su hija y
prepara una pequeña maleta para estar lista para correr.
Para nosotros, las noches son eternas. No dormimos, nos asusta
el ruido que produce la correntada, sobre todo cuando arrastra árboles
de gran tamaño y animales, concluye.
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