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El caserío está en un bosque salado
Temor a orillas de “Río Viejo” por las correntadas

Casi 300 familias quedan aisladas cuando llegan las lluvias y el río Viejo inunda el cantón Los Llanos.

Pedro Rodríguez
El Diario de Hoy
nacional@elsalvador.com
Una borda inconclusa. Cerca de cinco mil sacos no son suficientes para paliar el riesgo de inundaciones en el caserío “Río Viejo”, cantón Los Llanos. Foto: EDH/Mauricio Cáceres

La entrada del invierno impide conciliar el sueño a 84 familias de pescadores de “Río Viejo”, un caserío construido en el centro de un manglar, en el cantón El Llano, jurisdicción de San Luis La Herradura, en La Paz.

La congoja de los moradores aumenta con los pronósticos de un invierno que se espera tan copioso como en 1998, cuando la tormenta tropical “Mitch”, les dejó sin casa, animales y cultivos.

Los pescadores recuerdan una correntada jamás vista. Árboles de gran tamaño como ceibas y amates eran arrastrados con fuerza por la corriente hasta llegar a desviar el cauce del único afluente que atraviesa los poblados construidos dentro del bosque salado.

Río Viejo, La Borda, Belén, Orilla del Estero, El Cementerio y El Amate forman parte del cantón El Llano, en el Pacífico.

Muchos pobladores viven en un terreno de siete manzanas ‘robado’ al mar. Ahí construyeron los ranchos de paja ante la imperiosa necesidad de un lugar donde vivir y la carencia de dinero para comprar un “pedazo de tierra firme para sus hijos”.

Rafael Chávez, un nativo de la costa, tiene claro que las 264 familias del cantón continúan con vida porque Dios es grande.
“Sólo basta echar una mirada al cielo al caer la tarde, y ver los nubarrones de la tormenta, para que comience nuestra angustia”, comenta.

Con una piedra. Pescadores de las orillas de río Viejo protegen sus bienes del agua con lo primero que tienen a mano. Foto: EDH/Mauricio Cáceres

Aislados

Chávez describe que cuando cae una tormenta todo un día, el acceso a los caseríos es imposible porque el área vuelve a su estado natural: una zona pantanosa.

Es cuando sólo se puede llegar en helicóptero, en bestia o en camiones de la Fuerza Armada.

Los moradores quedan aislados y carecen de un albergue para la protección de niños, mujeres y ancianos. Además, muy pocas viviendas de ese asentamiento han sido construidas 70 centímetros por encima del nivel piso para “protegerse”.

Yanira Mercedes reside con su hija de cuatro años en el lugar donde el agua ‘salta’ del río. La vivienda está a menos 15 metros y carece de muro de protección.

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Una mano salvadora

Para Yanira, su vida permanece con pánico cada vez que llega el invierno, porque nadie de la comunidad sabe en qué momento crecerá el río y los tomará por sorpresa.

La joven madre de 18 años reconoce que, por las noches, cuando comienza los fuertes nortes, truenos y rayos, abriga a su hija y prepara una pequeña maleta para estar lista para correr.
“Para nosotros, las noches son eternas. No dormimos, nos asusta el ruido que produce la correntada, sobre todo cuando arrastra árboles de gran tamaño y animales”, concluye.

 

 

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