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Sobre
bioética actual
Las tonterías de los sabios
La
ciencia y la tecnología no pueden tener patente de
corso y se deben regular y someter, como cualquier otra actividad
humana.
Unas recientes declaraciones de Watson y Crick, los descubridores
del ADN, estructura fundamental de los genes humanos, me han recordado
lo que el filósofo José Ortega y Gasset decía
de los especialistas en su célebre libro ya otras veces
comentado por mí La revolución de las
masas. Hablando del hombre-masa, Ortega incluía dentro
de este tipo humano a los científicos, que sabiendo mucho
de su especialidad, se atrevían a opinar de otras cosas ajenas
a ese saber suyo. El especialista decía Ortega
sabe muy bien su mínimo rincón de universo; pero ignora
de raíz todo el resto. (...) Quien quiera puede
observar la estupidez con que piensan, juzgan y actúan en
política, en arte, en religión y en los problemas
generales de la vida y el mundo, los hombres de ciencia. Los
señores Watson y Crick y sus osadas declaraciones viene a
confirmarlo.
Comencemos por James Watson. Con motivo del quincuagésimo
aniversario de ese descubrimiento (fue el 25 de abril de 1953),
dice que ahora por primera vez tenemos las herramientas para modificar
la naturaleza genética de los seres humanos y que eso
no tiene que ser a priori algo negativo. Hasta ahí
va bien y nadie le diría lo contrario. El problema está
en saber cuándo esas modificaciones son buenas y cuándo
son malas.
Ahí surgen serias alternativas éticas. Pero Watson
se anima y va a más diciendo sorprendentemente que las restricciones
legales para la clonación humana y experimentar con células-madres
embrionarias se basan en motivos puramente religiosos.
Pero con esa afirmación tan peregrina no están de
acuerdo muchos científicos, sean creyentes o no creyentes.
La experimentación en células-madres ha resultado
muy exitosa en células madres de adulto o de cordón
umbilical, lo cual no da objeción ética de nadie.
En cambio, experimentar con las células madres de embrión,
además de que han dado muy malos resultados técnicos,
supone matar al embrión humano que precisamente es un ser
humano, entre otras razones, por la evidencia científica
de que tiene lo que ningún otro ser vivo tiene: un genoma
humano. Y castigar con la pena de muerte a un ser humano inocente
e indefenso repugna a toda persona de mente clara y de buen corazón.
En cuanto a la clonación humana, está prohibida por
múltiples gobiernos europeos y de otros continentes, y no
precisamente por razones religiosas, sino por razones sociales,
humanas y de sentido común.
Debería el Sr. Watson escuchar a Francis Fukuyama o leer
su libro El fin del hombre. Fukuyama no es hombre religioso,
pero tiene serias reservas de tipo filosófico y ético
sobre la clonación y otras manipulaciones de la biotecnología,
pues pueden modificar nuestra naturaleza en un sentido muy negativo
para toda la humanidad. Por lo tanto, dice Fukuyama, de acuerdo
con muchos otros pensadores, el uso bueno o malo que se haga de
la biotecnología es algo que nos compete a todos, cualquiera
que sean nuestras creencias o increencias.
En cuanto a Francis Crick, tal vez estimulado por el ramplón
cientificismo de su compañero, decidió superarle.
Dice que una de las razones que lo movió a investigar sobre
el ADN era demostrar lo erróneo de la religión que,
según él, se basa en la diferencia entre las cosas
vivas y las no vivas y en el fenómeno de la conciencia humana
(¡!), lo cual demuestra que no tiene ni idea de lo que es
una religión que merezca el nombre de tal.
Pero Crick, sin pestañear, añade que después
de descubrimientos como el suyo, la hipótesis de Dios
está más bien desacreditada (¿?). Me temo que
así el que se desacredita es él pues la verdad es
que si se compara el ambiente científico de 1953 con el de
2003 es evidente que ha crecido el número de los científicos
creyentes o con un mayor aprecio y respeto por las creencias religiosas.
Ni el descubrimiento del ADN ni el desciframiento del genoma ni
ningún adelanto científico suponen ningún problema,
al menos para los científicos cristianos. Hoy hemos aprendido
a deslindar ambos campos.
Además, también sabemos diferenciar las ciencias empíricas
que se limitan a lo que puede comprobarse experimentalmente
del cientificismo que es esa pobre visión del mundo
que sólo cree en lo que le dice la ciencia; sabemos
así admitir la evolución en los seres vivos que
es una teoría científica muy razonable, pero
eso no supone tener que creer en el evolucionismo que es una
mala ideología con pretensiones filosóficas.
Francis Colins, sucesor de Watson en la dirección del Proyecto
Genoma Humano, que, como otros muchos científicos es cristiano
practicante, ha podido decir que: No se debe suponer que la
postura tan enérgicamente defendida por Watson y Crick representa
la opinión de todos los científicos.
Es cierto que estamos avanzando enormemente en el poder que el hombre
tiene sobre las finas estructuras, materiales y de funcionamiento
que hacen posible la vida, pero como acertadamente dijo el escritor
inglés C.S.
Lewis en The abolition of man: Todo poder conquistado
por el hombre es también un poder ejercido sobre el hombre.
De ahí que, le guste o no a gente del tipo de Watson y Crick,
la ciencia y la tecnología no pueden tener patente
de corso y se deben regular y someter, como cualquier otra
actividad humana, a los imperativos de la ética racional,
a lo que es moralmente bueno o moralmente malo para todos, si queremos
que nuestro mundo no termine realizando la pesadilla de El
mundo feliz de Aldous Huxley, sino que progrese siendo cada
vez más humano.
* Dr. en Medicina y columnista de
El Diario de Hoy.
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