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Sobre bioética actual
Las tonterías de los sabios

Luis Fernández Cuervo*
El Diario de Hoy
lfcuervo@tutopia.com

La ciencia y la tecnología no pueden tener “patente de corso” y se deben regular y someter, como cualquier otra actividad humana.

Unas recientes declaraciones de Watson y Crick, los descubridores del ADN, estructura fundamental de los genes humanos, me han recordado lo que el filósofo José Ortega y Gasset decía de los especialistas en su célebre libro —ya otras veces comentado por mí— “La revolución de las masas”. Hablando del hombre-masa, Ortega incluía dentro de este tipo humano a los científicos, que sabiendo mucho de su especialidad, se atrevían a opinar de otras cosas ajenas a ese saber suyo. “El especialista —decía Ortega— sabe muy bien su mínimo rincón de universo; pero ignora de raíz todo el resto”. (...) “Quien quiera puede observar la estupidez con que piensan, juzgan y actúan en política, en arte, en religión y en los problemas generales de la vida y el mundo, los hombres de ciencia”. Los señores Watson y Crick y sus osadas declaraciones viene a confirmarlo.

Comencemos por James Watson. Con motivo del quincuagésimo aniversario de ese descubrimiento (fue el 25 de abril de 1953), dice que ahora por primera vez tenemos las herramientas para modificar la naturaleza genética de los seres humanos y que “eso no tiene que ser a priori algo negativo”. Hasta ahí va bien y nadie le diría lo contrario. El problema está en saber cuándo esas modificaciones son buenas y cuándo son malas.

Ahí surgen serias alternativas éticas. Pero Watson se anima y va a más diciendo sorprendentemente que las restricciones legales para la clonación humana y experimentar con células-madres embrionarias se basan en “motivos puramente religiosos”. Pero con esa afirmación tan peregrina no están de acuerdo muchos científicos, sean creyentes o no creyentes. La experimentación en células-madres ha resultado muy exitosa en células madres de adulto o de cordón umbilical, lo cual no da objeción ética de nadie.

En cambio, experimentar con las células madres de embrión, además de que han dado muy malos resultados técnicos, supone matar al embrión humano que precisamente es un ser humano, entre otras razones, por la evidencia científica de que tiene lo que ningún otro ser vivo tiene: un genoma humano. Y castigar con la pena de muerte a un ser humano inocente e indefenso repugna a toda persona de mente clara y de buen corazón.

En cuanto a la clonación humana, está prohibida por múltiples gobiernos europeos y de otros continentes, y no precisamente por razones religiosas, sino por razones sociales, humanas y de sentido común.


Debería el Sr. Watson escuchar a Francis Fukuyama o leer su libro “El fin del hombre”. Fukuyama no es hombre religioso, pero tiene serias reservas de tipo filosófico y ético sobre la clonación y otras manipulaciones de la biotecnología, pues pueden modificar nuestra naturaleza en un sentido muy negativo para toda la humanidad. Por lo tanto, dice Fukuyama, de acuerdo con muchos otros pensadores, el uso bueno o malo que se haga de la biotecnología es algo que nos compete a todos, cualquiera que sean nuestras creencias o increencias.

En cuanto a Francis Crick, tal vez estimulado por el ramplón cientificismo de su compañero, decidió superarle. Dice que una de las razones que lo movió a investigar sobre el ADN era demostrar lo erróneo de la religión que, según él, se basa en la diferencia entre las cosas vivas y las no vivas y en el fenómeno de la conciencia humana (¡!), lo cual demuestra que no tiene ni idea de lo que es una religión que merezca el nombre de tal.

Pero Crick, sin pestañear, añade que después de descubrimientos como el suyo, “la hipótesis de Dios está más bien desacreditada (¿?). Me temo que así el que se desacredita es él pues la verdad es que si se compara el ambiente científico de 1953 con el de 2003 es evidente que ha crecido el número de los científicos creyentes o con un mayor aprecio y respeto por las creencias religiosas. Ni el descubrimiento del ADN ni el desciframiento del genoma ni ningún adelanto científico suponen ningún problema, al menos para los científicos cristianos. Hoy hemos aprendido a deslindar ambos campos.

Además, también sabemos diferenciar las ciencias empíricas —que se limitan a lo que puede comprobarse experimentalmente— del cientificismo —que es esa pobre visión del mundo que sólo cree en lo que le dice la ciencia—; sabemos así admitir la evolución en los seres vivos —que es una teoría científica muy razonable—, pero eso no supone tener que creer en el evolucionismo —que es una mala ideología con pretensiones filosóficas—.

Francis Colins, sucesor de Watson en la dirección del Proyecto Genoma Humano, que, como otros muchos científicos es cristiano practicante, ha podido decir que: “No se debe suponer que la postura tan enérgicamente defendida por Watson y Crick representa la opinión de todos los científicos”.

Es cierto que estamos avanzando enormemente en el poder que el hombre tiene sobre las finas estructuras, materiales y de funcionamiento que hacen posible la vida, pero como acertadamente dijo el escritor inglés C.S.

Lewis en “The abolition of man”: “Todo poder conquistado por el hombre es también un poder ejercido sobre el hombre”. De ahí que, le guste o no a gente del tipo de Watson y Crick, la ciencia y la tecnología no pueden tener “patente de corso” y se deben regular y someter, como cualquier otra actividad humana, a los imperativos de la ética racional, a lo que es moralmente bueno o moralmente malo para todos, si queremos que nuestro mundo no termine realizando la pesadilla de “El mundo feliz” de Aldous Huxley, sino que progrese siendo cada vez más humano.

* Dr. en Medicina y columnista de El Diario de Hoy.

 

 

 

 

 

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