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La nota del día
Rumbo al caos desdolarizando

Aquí ha tenido éxito la dolarización por un motivo básico: que desde hace más de setenta años, El Salvador mantiene una forma de “caja de convertibilidad” que exige ser muy prudente en el manejo de la moneda.

Desde que inició la dolarización, los comunistas vienen anunciando que pretenden volver al colón aunque continúe circulando el dólar. Su granítico e inalterable desconocimiento sobre asuntos monetarios les impide ver que es imposible mantener en circulación dos monedas cuya tasa de cambio se mantiene por decreto: “La mala moneda termina por expulsar a la moneda buena” (ley de Gresham), pues la gente guardaría sus dólares para gastar los colones.

Y al salir de circulación los dólares, se vienen abajo los impedimentos para ponerse a imprimir billetes y desbocar en una inflación descontrolada. Es eso precisamente lo que ocurrió en Argentina.

Cuando eso sucede, la gente comienza a retirar los depósitos que tiene en los bancos para colocarlos en el exterior o “meterlos en el colchón”. Casi con seguridad, de caernos la desgracia, en cuestión de semanas, el país se hundiría en la bancarrota.

Aquí ha tenido éxito la dolarización por un motivo básico: que desde hace más de setenta años, El Salvador mantiene una forma de “caja de convertibilidad” que exige ser muy prudente en el manejo de la moneda.

Aun en el peor período de nuestra historia, los años de la gran demencia, la moneda apenas se desvalorizó de dos cincuenta por dólar a cerca de nueve por dólar, lo que contrasta con el estrepitoso derrumbe del córdoba nicaragüense, que pasó de seis por dólar a veinticinco millones por dólar. Aquí tendríamos una mezcla de locura a lo Chávez, con inflación desenfrenada.

No se requiere ser profeta para saber con total certeza lo que la desdolarización acarrearía. El primer efecto sería la destrucción de la confianza que ahora hay respecto al país.

De inmediato se reducirían o eliminarían las inversiones foráneas, mientras los productores locales actuarían con suma prudencia en eso de ampliar operaciones, construir, invertir, gastar en inventarios o adquirir compromisos en dólares.

La incertidumbre generada empujaría de inmediato los intereses hacia arriba, mientras los precios de bienes y servicios marcharían a la cola. Quienes ahora pagan un cinco, ocho o diez por ciento por casas, automóviles o bienes diversos, tendrán que pagar más, o perderán sus bienes al no poder continuar sirviendo la deuda.

Cómo el loco terminaría cuerdo

Por otra parte, la construcción de nuevas viviendas se paralizaría, aparejado a la reducción del movimiento comercial. Eso, a su vez, obligaría a reducir la plantilla laboral, con el consiguiente desempleo.

Mientras desciende con creciente velocidad la economía privada, ocurre lo inverso con la burocracia. Cada nuevo funcionario contrata parientes, compinches y correligionarios inflando las planillas, como ahora en las municipalidades bajo control efemelenista.

Pero los ingresos del gobierno se van reduciendo, lo que pone presión sobre la autoridad monetaria. La solución desesperada es imprimir dinero; una vez que comienzan a hacerlo, nada detiene el alud.

Al par de meses, los salvadoreños comenzarán a recordar con nostalgia el régimen pescadil de hace poco más de veinte años.

Lo que hasta hoy pareció locura y corrupción intratable, pasará a verse como modelo de prudencia, buen gobierno y ramillete de probos varones. Sólo pensar en los nombres de potenciales ministros de Economía y Hacienda es para meterse en la Internet a averiguar los requisitos migratorios de Australia.

 

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