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Nunca
es demasiado tarde
Reflexiones de un padre orgulloso
He
aprendido que nunca es tarde para retomar nuestra misión
como padres, la de brindar a nuestros hijos seguridad y un modelo
de vida.
Los dolores de parto comenzaron justo cuando el cometa Halley estaba
más cerca de la Tierra. Transcurrido el tiempo que me tomó
apurarme una caja de cigarrillos, nació mi primer hijo, Rodrigo.
Apenas pude contemplarlo unos instantes detrás del grueso
vidrio de la sala de recién nacidos, pues por la radio de
dos vías me urgían correr hacia el volcán de
San Salvador, donde la guerrilla y el Ejército se estaban
dando de alma.
Una amarillenta foto, en la que se me ve con unos jeans desteñidos,
camisa guerrera, cabello largo y la compañía de mi
inseparable camarógrafo, Nelson El Pollo Castillo,
inmortalizan esa ocasión, en la que, bajo una lluvia de balas,
sólo alcanzaba a rogar a Dios que me concediera acunar en
mis brazos al retoño que acababa de conocer sólo de
vista.
Marcelo llegó con menor zozobra. La guerra todavía
estaba en su apogeo, pero ese día, quizá por estar
muy cercana la Navidad y alguna tregua vigente, no hubo llamadas
por la radio ni enfrentamientos que cubrir. Tuve tiempo para tomar
de la mano y acariciar la frente sudorosa de mi esposa antes de
ingresar a la sala de partos.
Y luego, ya en la habitación del hospital, deshacerme en
impaciencia mientras el nuevo miembro de la familia era aseado y
engalanado para el encuentro. Su presencia llenó la habitación
de luz.
Regordete, blanco como la nieve y con el pelo tan dorado como el
sol que tanto disfruta, igualito a su madre, que exhausta por el
trabajo de parto, pero extasiada, dejó que se le prendiera
de su pecho, sellando el vínculo que ni los años o
la distancia pueden romper.
Los días que precedieron al nacimiento de Andrea no fueron
los más sosegados, poco antes de su alumbramiento estalló
la ofensiva final. Dentro de la abultada barriga que la cobijaba,
la pobre soportó bombardeos, ametrallamientos, noches de
desvelo y la angustia que vivíamos a causa de las amenazas
a muerte que me prodigaban a través de la cadena nacional
de radio. Quizá por ello, negándose a venir a semejante
caos, su parto resultó más largo y complicado que
el de sus hermanos. Con bata verde y mascarilla, fui testigo maravillado
de su dificultoso nacimiento y de la cuota de dolor que aportó
su madre, hasta que, con un llanto estridente, la pequeña
finalmente saludó a la vida.
Ahora, cuando las canas tratan de imponerse en los cabellos de mi
esposa y los míos, no puedo menos que maravillarme de cómo
aquellos pedacitos de gente, como les bautizó
su mamá, se han convertido en algo mucho más grande.
Rodrigo y Marcelo hace tiempo que me sobrepasaron en estatura, mientras
que Andreita se ha vuelto una joven hermosa, que no
me deja más opción que tragar grueso cuando me dicen
suegro.
Muy atrás quedaron las pachas y los pañales, las noches
de tormenta en las que nuestra cama se convertía en refugio
para tres asustados chiquillos; tampoco hay más raspones
por los cuales cantar sana sana, colita de rana, o los
días del padre en la parvularia, para los que había
que ataviar a bomberos, Matías Delgado y princesas.
Mi vida tampoco es tan alocada como entonces; he comprendido la
futilidad de llenarme los pulmones de alquitrán o hacer volar
mi imaginación con una hierba mágica; la reflexión
ha tomado su lugar, junto al agradecimiento sincero con Dios, por
permitirme recibir tal enseñanza.
Y es que la paternidad me reveló el significado y la vivencia
del verdadero amor, el mismo que se entrega sin límite o
interés, y se va acentuando con la primera sonrisa, los primeros
pasos, el primer papá.
No me ha faltado dolor, pues he debido reconocer que grandiosos
momentos se perdieron, cuando egoístamente le di prioridad
al trabajo o a los amigos.
Me tomó tiempo comprender que los hijos son nuestro reflejo,
y que en sus errores, y en la forma que enfrentan sus vidas, podemos
encontrar nuestros propios defectos y aciertos.
Afortunadamente, también he aprendido que nunca es tarde
para retomar nuestra misión como padres, la de brindar a
nuestros hijos seguridad y un modelo de vida.
Nunca es demasiado temprano o demasiado tarde para recobrar el tiempo
perdido y sanar las heridas. Siempre es el momento adecuado de decir:
te amo hijo mío.
*Columnista de El Diario de Hoy.
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