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Nunca es demasiado tarde
Reflexiones de un padre orgulloso

Salvador Castellanos*
scastellanos@el salvador.com

He aprendido que nunca es tarde para retomar nuestra misión como padres, la de brindar a nuestros hijos seguridad y un modelo de vida.

Los dolores de parto comenzaron justo cuando el cometa Halley estaba más cerca de la Tierra. Transcurrido el tiempo que me tomó apurarme una caja de cigarrillos, nació mi primer hijo, Rodrigo. Apenas pude contemplarlo unos instantes detrás del grueso vidrio de la sala de recién nacidos, pues por la radio de dos vías me urgían correr hacia el volcán de San Salvador, donde la guerrilla y el Ejército se estaban dando “de alma”.

Una amarillenta foto, en la que se me ve con unos jeans desteñidos, camisa guerrera, cabello largo y la compañía de mi inseparable camarógrafo, Nelson “El Pollo” Castillo, inmortalizan esa ocasión, en la que, bajo una lluvia de balas, sólo alcanzaba a rogar a Dios que me concediera acunar en mis brazos al retoño que acababa de conocer sólo de vista.

Marcelo llegó con menor zozobra. La guerra todavía estaba en su apogeo, pero ese día, quizá por estar muy cercana la Navidad y alguna tregua vigente, no hubo llamadas por la radio ni enfrentamientos que cubrir. Tuve tiempo para tomar de la mano y acariciar la frente sudorosa de mi esposa antes de ingresar a la sala de partos.

Y luego, ya en la habitación del hospital, deshacerme en impaciencia mientras el nuevo miembro de la familia era aseado y engalanado para el encuentro. Su presencia llenó la habitación de luz.

Regordete, blanco como la nieve y con el pelo tan dorado como el sol que tanto disfruta, igualito a su madre, que exhausta por el trabajo de parto, pero extasiada, dejó que se le prendiera de su pecho, sellando el vínculo que ni los años o la distancia pueden romper.

Los días que precedieron al nacimiento de Andrea no fueron los más sosegados, poco antes de su alumbramiento estalló la ofensiva final. Dentro de la abultada barriga que la cobijaba, la pobre soportó bombardeos, ametrallamientos, noches de desvelo y la angustia que vivíamos a causa de las amenazas a muerte que me prodigaban a través de la cadena nacional de radio. Quizá por ello, negándose a venir a semejante caos, su parto resultó más largo y complicado que el de sus hermanos. Con bata verde y mascarilla, fui testigo maravillado de su dificultoso nacimiento y de la cuota de dolor que aportó su madre, hasta que, con un llanto estridente, la pequeña finalmente saludó a la vida.

Ahora, cuando las canas tratan de imponerse en los cabellos de mi esposa y los míos, no puedo menos que maravillarme de cómo aquellos “pedacitos de gente”, como les bautizó su mamá, se han convertido en algo mucho más grande. Rodrigo y Marcelo hace tiempo que me sobrepasaron en estatura, mientras que “Andreita” se ha vuelto una joven hermosa, que no me deja más opción que tragar grueso cuando me dicen suegro.

Muy atrás quedaron las pachas y los pañales, las noches de tormenta en las que nuestra cama se convertía en refugio para tres asustados chiquillos; tampoco hay más raspones por los cuales cantar “sana sana, colita de rana”, o los días del padre en la parvularia, para los que había que ataviar a bomberos, Matías Delgado y princesas.

Mi vida tampoco es tan alocada como entonces; he comprendido la futilidad de llenarme los pulmones de alquitrán o hacer volar mi imaginación con una hierba mágica; la reflexión ha tomado su lugar, junto al agradecimiento sincero con Dios, por permitirme recibir tal enseñanza.
Y es que la paternidad me reveló el significado y la vivencia del verdadero amor, el mismo que se entrega sin límite o interés, y se va acentuando con la primera sonrisa, los primeros pasos, el primer “papá”.

No me ha faltado dolor, pues he debido reconocer que grandiosos momentos se perdieron, cuando egoístamente le di prioridad al trabajo o a los amigos.
Me tomó tiempo comprender que los hijos son nuestro reflejo, y que en sus errores, y en la forma que enfrentan sus vidas, podemos encontrar nuestros propios defectos y aciertos.

Afortunadamente, también he aprendido que nunca es tarde para retomar nuestra misión como padres, la de brindar a nuestros hijos seguridad y un modelo de vida.
Nunca es demasiado temprano o demasiado tarde para recobrar el tiempo perdido y sanar las heridas. Siempre es el momento adecuado de decir: te amo hijo mío.

*Columnista de El Diario de Hoy.

 

 

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