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Breve
análisis
Una nueva opinión mundial
El
G8, si bien no es un gobierno mundial, constituye, no obstante,
la agrupación de mayor influencia global.
Una nueva opinión se ha generado en el mundo ante los desaciertos
de algunos organismos e instituciones internacionales al administrar
lo económico, lo político y lo militar en el globo.
Desde la caída del Muro de Berlín se tiende a cuestionar
la misión de los distintos organismos internacionales en
la conducción de los asuntos mundiales. El sistema internacional
se enfrenta en la actualidad al tema de la hegemonía militar
ejercida por EE.UU.
La globalización, percibida por algunos países en
desarrollo como un proceso adverso a su propio desarrollo y cultura,
ha levantado progresivamente una fuerte ola de protestas en el planeta.
Violentos enfrentamientos marcan en la actualidad las reuniones
de los organismos financieros multilaterales. La opinión
pública mundial adversa las consecuencias de la globalización
y se identifica con diversos movimientos sociales agrupados en la
llamada altermundialización.
El Grupo de los Ocho o G8, integrado por un pequeño número
Estados, representa a las naciones más privilegiadas del
mundo. Recientemente celebró en Evián, Francia, su
vigésima octava reunión en medio de un violento clima
de protestas. La agenda no ha podido distanciarse del tema de la
guerra en Iraq y sus posibles consecuencias. Desde su creación,
el G8 ha centrado su atención en la evolución de la
economía mundial y su correspondiente administración,
así como en el papel de las instituciones internacionales.
El G8, si bien no es un gobierno mundial, constituye, no obstante,
la agrupación de mayor influencia global integrada por los
principales países industrializados.
Desde 1975, los encuentros a nivel de jefes de Estado y de Gobierno,
así como de ministros, han marcado una creciente influencia
en las decisiones globales, gracias a la multiplicidad de contactos
que realizan sus expertos en los distintos organismos internacionales.
Ello ha generado una intensa dinámica de cooperación
entre las democracias industrializadas en el seno
de los organismos internacionales. Huelga añadir que las
decisiones tomadas por estos países tienen incidencia global,
sobreponiéndose con frecuencia a los intereses sectoriales
de países en desarrollo.
A instancias del presidente francés Valery Giscard d
Estaing, se congregan los jefes de Estado y de Gobierno de EE.UU.,
Reino Unido, Alemania, Japón, sumándose posteriormente
los de Italia y Canadá. Se constituye así el G7, convirtiéndose
éste en G8 al ser invitada la federación rusa por
el ex presidente Clinton.
Al institucionalizarse los encuentros y decisiones del G8, se convierte
en cierta forma en una institución mundial. Su origen responde
a la necesidad de compartir convicciones y responsabilidades similares
en torno a la estabilidad de las economías. Se trata de propiciar
la prosperidad tanto en el mundo industrializado como en los países
en desarrollo. El G8 se ha convertido hoy en día en una institución
mundial permanente.
Los miembros del G8 han cerrado filas en torno a temas de incidencia
mundial, tales como la recesión de los años 70, las
crisis monetarias y petroleras, el derrumbamiento del sistema soviético
y el surgimiento de EE.UU. como primera potencia mundial.
La guerra declarada en forma unilateral por EE.UU., y apoyada por
la coalición en contra de Iraq, ha generado posturas diferentes
en el seno de este club de países privilegiados.
Las decisiones adoptadas por el G8 en la fase neoliberal de la mundialización
apuntan hacia la disciplina fiscal, la estabilización, la
liberalización financiera y comercial, la apertura total
de las economías ante la inversión directa, la privatización
y la supresión de los obstáculos a la libre competencia,
así como la protección de los derechos de propriedad
intelectual de las multinacionales. Estos conceptos han quedado
recogidos desde 1990 en el llamado Consenso de Washington,
formulado por el economista John Williamsom.
La aplicación de las políticas propuestas por el G8
se suelen canalizar a través de las instituciones financieras
internacionales, tales como el Fondo Monetario Internacional y el
Banco Mundial.
La institución mundial ha contribuido a cierta regulación
política de la economía, estableciendo un marco institucional
y proyectando una visión a mediano y largo plazo.
Últimamente se ha abierto un espacio en el G8, permitiendo
la participación de dirigentes de países en desarrollo.
Se reconoce así la necesidad de integrar visiones del mundo
entre países ricos y países pobres. Temas tales como
el endeudamiento de países pobres a raíz de la caída
de los productos de materia prima, los elevados índices de
pobreza y el combate al terrorismo mundial exigen esfuerzos integrados.
Hace unos días en Evián fueron invitados el presidente
Vicente Fox, de México, e Ignacio da Silva, de Brasil. Anteriormente,
el presidente Francisco Flores tuvo oportunidad de exponer las preocupaciones
de Centroamérica ante los países del G8.
Se trata de un foro mundial que no ha demostrado capacidad para
detener conflictos ni guerras. En otra perspectiva, el G8 ha debilitado
ciertamente al sistema de Naciones Unidas, el cual, por imperfecto
que sea, sigue siendo el más idóneo para el mundo
en que vivimos y ante el cual El Salvador debe fortalecer su participación.
*Columnista de El Diario de Hoy.
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