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Breve análisis
Una nueva opinión mundial

Carmen María Gallardo Hernández*
Editorial
editorial@elsalvador.com

El G8, si bien no es un gobierno mundial, constituye, no obstante, la agrupación de mayor influencia global.

Una nueva opinión se ha generado en el mundo ante los desaciertos de algunos organismos e instituciones internacionales al administrar lo económico, lo político y lo militar en el globo. Desde la caída del Muro de Berlín se tiende a cuestionar la misión de los distintos organismos internacionales en la conducción de los asuntos mundiales. El sistema internacional se enfrenta en la actualidad al tema de la hegemonía militar ejercida por EE.UU.

La globalización, percibida por algunos países en desarrollo como un proceso adverso a su propio desarrollo y cultura, ha levantado progresivamente una fuerte ola de protestas en el planeta. Violentos enfrentamientos marcan en la actualidad las reuniones de los organismos financieros multilaterales. La opinión pública mundial adversa las consecuencias de la globalización y se identifica con diversos movimientos sociales agrupados en la llamada “altermundialización”.

El Grupo de los Ocho o G8, integrado por un pequeño número Estados, representa a las naciones más privilegiadas del mundo. Recientemente celebró en Evián, Francia, su vigésima octava reunión en medio de un violento clima de protestas. La agenda no ha podido distanciarse del tema de la guerra en Iraq y sus posibles consecuencias. Desde su creación, el G8 ha centrado su atención en la evolución de la economía mundial y su correspondiente administración, así como en el papel de las instituciones internacionales.

El G8, si bien no es un gobierno mundial, constituye, no obstante, la agrupación de mayor influencia global integrada por los principales países industrializados.

Desde 1975, los encuentros a nivel de jefes de Estado y de Gobierno, así como de ministros, han marcado una creciente influencia en las decisiones globales, gracias a la multiplicidad de contactos que realizan sus expertos en los distintos organismos internacionales. Ello ha generado una intensa dinámica de cooperación entre “las democracias industrializadas’’ en el seno de los organismos internacionales. Huelga añadir que las decisiones tomadas por estos países tienen incidencia global, sobreponiéndose con frecuencia a los intereses sectoriales de países en desarrollo.

A instancias del presidente francés Valery Giscard d’ Estaing, se congregan los jefes de Estado y de Gobierno de EE.UU., Reino Unido, Alemania, Japón, sumándose posteriormente los de Italia y Canadá. Se constituye así el G7, convirtiéndose éste en G8 al ser invitada la federación rusa por el ex presidente Clinton.

Al institucionalizarse los encuentros y decisiones del G8, se convierte en cierta forma en una institución mundial. Su origen responde a la necesidad de compartir convicciones y responsabilidades similares en torno a la estabilidad de las economías. Se trata de propiciar la prosperidad tanto en el mundo industrializado como en los países en desarrollo. El G8 se ha convertido hoy en día en una institución mundial permanente.

Los miembros del G8 han cerrado filas en torno a temas de incidencia mundial, tales como la recesión de los años 70, las crisis monetarias y petroleras, el derrumbamiento del sistema soviético y el surgimiento de EE.UU. como primera potencia mundial.

La guerra declarada en forma unilateral por EE.UU., y apoyada por la coalición en contra de Iraq, ha generado posturas diferentes en el seno de este club de países privilegiados.

Las decisiones adoptadas por el G8 en la fase neoliberal de la mundialización apuntan hacia la disciplina fiscal, la estabilización, la liberalización financiera y comercial, la apertura total de las economías ante la inversión directa, la privatización y la supresión de los obstáculos a la libre competencia, así como la protección de los derechos de propriedad intelectual de las multinacionales. Estos conceptos han quedado recogidos desde 1990 en el llamado “Consenso de Washington’’, formulado por el economista John Williamsom.

La aplicación de las políticas propuestas por el G8 se suelen canalizar a través de las instituciones financieras internacionales, tales como el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial.
La institución mundial ha contribuido a cierta regulación política de la economía, estableciendo un marco institucional y proyectando una visión a mediano y largo plazo.

Últimamente se ha abierto un espacio en el G8, permitiendo la participación de dirigentes de países en desarrollo. Se reconoce así la necesidad de integrar visiones del mundo entre países ricos y países pobres. Temas tales como el endeudamiento de países pobres a raíz de la caída de los productos de materia prima, los elevados índices de pobreza y el combate al terrorismo mundial exigen esfuerzos integrados.

Hace unos días en Evián fueron invitados el presidente Vicente Fox, de México, e Ignacio da Silva, de Brasil. Anteriormente, el presidente Francisco Flores tuvo oportunidad de exponer las preocupaciones de Centroamérica ante los países del G8.

Se trata de un foro mundial que no ha demostrado capacidad para detener conflictos ni guerras. En otra perspectiva, el G8 ha debilitado ciertamente al sistema de Naciones Unidas, el cual, por imperfecto que sea, sigue siendo el más idóneo para el mundo en que vivimos y ante el cual El Salvador debe fortalecer su participación.

*Columnista de El Diario de Hoy.

 

 

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