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UNA TEORIA DE TODO

THOMAS L. FRIEDMAN
The New York Times

Ahora que el presidente Bush se ha entrevistado con los líderes del mundo y busca conciliar las diferencias entre Estados Unidos y el resto del planeta, me encuentro viendo hacia atrás y preguntando: ¿Qué es es lo que ha estado ocurriendo aquí? Después del 11 de septiembre, la gente en Estados Unidos se preguntaba: “¿Por qué nos odian?”, refiriéndose al mundo musulmán. Después del debate de la guerra de Iraq, la pregunta ha crecido hasta convertirse en: “¿Por qué nos odian todos los demás?”.

Yo he tratado de trazar mi propia respuesta, que modestamente he llamado “Una teoría de todo”. La ofrezco aquí, aún más brevemente, con la esperanza de que la gente me escriba con comentarios o ataques para que así pueda seguir refinándola, convertirla en un libro escrito rápidamente y pagar con mis utilidades las colegiaturas de mi hija. Es la siguiente:

Durante la década de 1990, Estados Unidos se hizo, en una proporción geométrica, más poderoso -económica, militar y tecnológicamente- que cualquier otro país en el mundo, si es que no en la historia. Hablando en términos generales, esto se debió a que el desplome del imperio soviético, y la alternativa del capitalismo de libre mercado, coincidieron con la revolución de la tecnología del Internet en Estados Unidos.

El efecto neto de lo anterior fue que el poderío estadounidense, su cultura y sus ideas económicas acerca de cómo debe organizarse la sociedad llegaron a ser a tal grado dominantes (una hegemonía magnificada a través de la globalización) que Estados Unidos empezó a tocar en muchas formas la vida de la gente en todo el mundo, incluso “más que sus propios gobiernos”, como alguna vez me dijo un diplomático paquistaní. Sí, empezamos a tocar la vida de la gente -directa e indirectamente- más que sus propios gobiernos.

Primera manifestación


A medida que la gente se dio cuenta de esto, empezaron a organizarse contra ello en una forma muy primitiva. La primera manifestación de esto fue la protesta de 1999 en Seattle, que dio origen a un movimiento global. Seattle tuvo su lado idiota, pero lo que los manifestantes serios allí estaban diciendo era: “Tú, Estados Unidos, estás tocando mi vida más que mi propio gobierno. La estás tocando por la forma en que tu cultura se filtra en la mía, por la forma en que tus tecnologías están acelerando el cambio en todos los aspectos de mi vida, y por cómo tus reglas económicas me han sido ‘impuestas’. Yo quiero tener un voto en cuanto a la forma en que tu poder es ejercido, porque es una fuerza que ahora está modificando mi vida”.

¿Por qué las naciones no se organizan militarmente contra Estados Unidos? Michael Mandelbaum, autor de “Las ideas que conquistaron al mundo”, responde: “Una escuela promimente de relaciones internacionales -los realistas- argumenta que cuando una potencia hegemómica, como Estados Unidos, emerge en el sistema global, otras naciones naturalmente se reúnen para combatirla. Pero, dado que el mundo comprende básicamente que Estados Unidos es una potencia benigna, ese agrupamiento de otras naciones no tomó la forma de una guerra.

En lugar de eso, se convirtió en un esfuerzo por Gulliverizar a Estados Unidos, un esfuerzo por atarlo, recurriendo a las reglas de la Organización Mundial de Comercio, o de la Organización de las Naciones Unidas... y de esa forma exigir un voto en cuanto a determinar cómo se emplea el poderío de Estados Unidos”.

Hay otra razón para esta respuesta no militar. La emergencia de Estados Unidos como una hiperpotencia está ocurriendo en la era de la globalización, cuando las economías de todos los países se han mezclado tanto entre sí que China, Rusia, Francia o cualquier otro rival no puede golpear a Estados Unidos sin destruir a su propia economía.

Quiénes atacan


Los únicos que recurren a la violencia son los estados que podríamos llamar cimarrones o los protagonistas no estatales que no tienen apostado nada en el sistema, como Osama bin Laden. Básicamente, él está llevando a cabo una guerra civil contra la familia gobernante de Arabia Saudí. Pero, se dice a sí mismo: “Los gobernantes sauditas son insignificantes. Para destruirlos, es preciso atacar al poder hegemómico que los mantiene en pie, o sea Estados Unidos”.

En consecuencia, ocurrió el 11 de septiembre. Y es aquí donde la historia se torna realmente interesante. Porque súbitamente, el Dragón Mágico que llamaremos Puff -o sea, un poderío hegemómico estadounidense que toca a todos, tanto económica como culturalmente- se convirtió en Godzilla, una bestia herida y furiosa que toca a la gente militarmente.

Ahora, la gente está realmente asustada de nosotros, en un humor que se ha visto reforzado por el unilaterialismo del equipo de Bush. Con un zarpazo aplastamos a los Talibán. Después nos revolvemos y vamos contra Iraq. Y entonces el resto del mundo dice “¡Caramba! Ahora sí deseamos realmente opinar acerca de como debe utilizarse tu poder”. Eso fue sobre lo que realmente giró todo el debate sobre Iraq. La gente entendió que la de Iraq era una guerra de elección que los afectaría, así que deseaban ser parte de quien elegía. Pero Estados Unidos dijo: lo siento, si ustedes no pagan, no juegan.

“En la actualidad estamos en el punto”, dice Nayan Chanda, director de publicaciones del Centro Yale para el Estudio de la Globalización (cuyo sitio en la Red, yaleglobal.yale.edu está repleto de valiosos datos), “es que existe está ira reprimida del mundo contra Estados Unidos. Porque la gente se ha dado cuenta de que no va a tener la oportunidad de votar sobre la forma en que se use el poderío estadounidense, porque no pueden hacer nada al respecto, pero sin duda van a verse afectados por ello”.

Encontrar una forma estable de manejar esta situación será crítico para administrar las relaciones de Estados Unidos con el resto del mundo. ¿Tiene usted alguna idea? Quisiera enterarme de ella en thfrie@nytimes.com

 

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