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Opinando
El problema de Guatemala

Rodrigo Chávez*
editorial@elsalvador.com

Lo que da progreso a Guatemala es su sector privado, que ha aprendido a vivir en este sistema.

Uno de los problemas más serios que tiene Guatemala es que, desde que inició su democracia en 1985, ha tenido un sistema de partidos políticos sumamente débil. En Guatemala, los partidos políticos nacen y mueren con rapidez. La principal causa de esta situación es que no tienen “voto duro”, es decir, los partidos de Guatemala no logran mantener un grupo de votantes fieles que los acompañen en sus momentos de crisis.

Al no tener “voto duro”, rápidamente pierden relevancia, y nuevos partidos emergen. Por ejemplo, desde 1985 hasta 1990, la Democracia Cristiana Guatemalteca (DCG) y la Unión del Centro Nacional ( UCN) eran los partidos predominantes. La DCG tenía el 38% de la votación, y la UCN, el 22%. En 1995, estos dos partidos obtenían, en coalición, el 12% de los votos y, posteriormente, en la elección del 2000, sólo el 2% del total de votos.

El MAS, partido de derecha, que gana las elecciones presidenciales en 1990, desaparece para la elección de 1995. El PAN, que gobernó entre 1996 y 2000, obtuvo el 36% de los votos en 1995 y el 30% en 1999. Actualmente, el PAN se encuentra dividido, y sus líderes fundadores, el ex presidente Alvaro Arzú y el ex canciller Eduardo Stein, fundaron otro partido. El FRG, partido en el gobierno, obtuvo el 22% de los votos en 1995 y el 48% en 1999. Sin embargo, las encuestas más recientes no le dan más del 10% de la intención de voto para la elección de noviembre de este año.

Esta situación es un obstáculo importante para la modernización de Guatemala. En un sistema político moderno, los partidos logran tener un “voto duro” importante y cuando sus caudillos históricos desaparecen, logran sucesiones de poder interno sin traumas. En el caso de Guatemala sucede lo contrario, los partidos no logran una sucesión exitosa del liderazgo de su líder histórico y, al no tener “voto duro”, se enfrentan a un electorado sin ninguna lealtad.

Esto causa los siguientes problemas para la sociedad guatemalteca:

1) Dificulta la continuidad de políticas públicas en el largo plazo.

2) Los temas cruciales para el progreso del país no logran tener un consenso nacional. Los desacuerdos permanentes en el tema del TLC entre el gobierno actual y el sector privado son ejemplos de esto.

3) Impide que políticas económicas que benefician a la población duren por un período prolongado.

A Guatemala le pasa cada cinco años lo que a Venezuela le tomó 40 años. En Venezuela, después de 40 años, el sistema de partidos colapsó, y esto dio pase al actual presidente autoritario Hugo Chávez. En Guatemala, su sistema de partidos colapsa cada cinco o diez años. Por ende, no debe sorprendernos la frustración permanente de los guatemaltecos con su sistema político.

Según Latinobarómetro, encuestadora internacional, el 64% de los guatemaltecos dice que no le importaría que un gobierno no democrático llegara al poder (es decir, no les importaría un Hugo Chávez guatemalteco). Los países que más apoyo mostraron a la democracia fueron Costa Rica y Uruguay, que cuentan con sistemas políticos bastante modernos.

Es muy claro que el sistema de partidos guatemalteco es un sistema electoral nada más. No es un sistema político moderno que sea capaz de dar beneficios a su población en un período prolongado de tiempo. Lo que da progreso a Guatemala es su sector privado, que ha aprendido a vivir en este sistema.

Por lo tanto, lo más importante es tener partidos poderosos y modernos que duren en el tiempo, y en una sociedad en transición a la modernidad, los métodos más democráticos no siempre son los mejores para la cohesión partidaria. Esto es especialmente cierto en América Latina, donde los partidos políticos son organizaciones donde la emoción muchas veces juega un papel más fuerte que la razón.
*Columnista de El Diario de Hoy.

 

 

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