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Maras, Feministas y descuartizamientos

Evangelina del Pilar de Sol*
editorial@elsalvador.com

Normalmente, si un país va a tener un gobierno estable, las diferencias y los acuerdos entre los distintos sectores tienen que estar bien balanceados, y en esta balanza permanece la base de la democracia.

Recientemente, en un programa televisivo, debatieron varias feministas recalcitrantes de género con la presidenta de la Fundación “Sí a la Vida”. Tema: El excelente reportaje de El Diario de Hoy sobre el aborto.

En éste se mostró una encuesta efectuada en la calle a más de una decena de jóvenes para opinar sobre el aborto. Todos expresaron que es un asesinato y que todo bebé tiene derecho a la vida. La única jovencita que mostró cierta duda en el caso de violación dijo que, si ella fuera la víctima, tendría al bebé y lo daría en adopción, porque, añadió, el niño no tiene la culpa y tiene derecho a vivir.

La feminista en el panel, abogada de CEMUJER, mostró con claridad su disgusto ante la demostración de alta moral que impera aún en la mayoría de los jóvenes salvadoreños, acusando a los entrevistadores de una equivocada forma de plantear la pregunta, “pues”, agregó: “los jóvenes no tienen información veraz de lo que es el aborto”.

Este comentario confirma que para las feministas lo importante es que la mujer no sea “estereotipada” como madre, o esposa, porque según ellas la familia debe desaparecer; la mujer, si se embaraza, debe matar a su hijo en el vientre, porque éste no tienen derecho a usar nuestro cuerpo para desarrollarse. Para ellas matar, descuartizando al bebé, no tiene importancia.

El descuartizamiento del niño —que es la única información veraz que no tienen los jóvenes— lo ocultan. También ocultan que la mujer expone su vida en el aborto, o que puede quedar estéril en forma permanente por la perforación del útero, cosa común en cualquier clínica abortista por higiénica que sea, o por más bueno que sea el médico.

Es totalmente falso que estas feministas sólo buscan despenalizar el aborto en tres circunstancias (las que son igualmente criminales, porque nadie tiene derecho a matar), pues dichas circunstancias son usadas como medio para causar sentimientos “compasivos”, para justificar despenalizar toda forma de aborto y, por ende, el control natal en el país. “El fin justifica los medios”.

Esta posición feminista fue confirmada por la mencionada abogada cuando preguntó en el programa cómo podían las miembros de “Sí a la Vida” convencer a mujeres que no abortaran, al saber que traerían al mundo a niños que no po- drían tener una vida digna. Esto es una clara alusión a su anhelo de que las mujeres de escasos recursos tengan “derecho de matar a sus hijos”, si creen que no podrán darles una vida digna. Otra promoción feminista al aborto es el “derecho de la mujer a su cuerpo”.

La señora abogada tal vez no sabe que el Papa Juan Pablo II nació en las más deplorables condiciones de dignidad, las que posiblemente pocos niños en el mundo han conocido. Su familia en la extrema pobreza; su país en guerra, adonde lo más elemental para la supervivencia escaseaba. Su madre, con una precaria salud, lo deja huérfano a muy corta edad; su padre muere en dicha guerra, y su hermano mayor, quien se encargara de su hermanito, muere al poco tiempo. ¿Cuántos hombres y mujeres que pudieron alcanzar la estatura excepcional de Juan Pablo II habrán sido descuartizados en el vientre materno, con esa excusa malvada y baladí?

En estos últimos meses hemos visto horrorizados cómo las maras han descuartizado a jovencitas, acusadas de infidelidad. Ellas murieron trágicamente por practicar sus “derechos sexuales”, o sea el sexo indiscriminado —hasta con otras mujeres—, “para descubrir sus preferencias sexuales”, que promueven las feministas. Ahora éstas “se rasgan las vestiduras” ante el escándalo del abogado Nelson García, cuyas protagonistas son tan víctimas de García como de las perversas enseñanzas —desde los diez años—del libertinaje sexual del feminismo.

De la última víctima de los mareros, una jovencita llamada Rosa, descuartizada viva según testigos, cuentan cómo, cuando le iban cercenando sus miembros con una sierra eléctrica, se retorcía del dolor gimiendo —en un grito silencioso por el “tape” con que le taparon la boca—.

Exactamente igual sucede en el aborto. El verdugo abortista cercena los miembros del bebé uno por uno, hasta dejarlo totalmente descuartizado. Luego lo saca en pedazos.

En la película “El grito silencioso”, filmada con ultrasonografía en el vientre materno, se ve con claridad cómo el niño de doce semanas de gestación abre la boca desmesuradamente por el dolor. No hay diferencia entre ambos descuartizamientos. Estas feministas y todos los que promueven el aborto no difieren en nada con las sanguinarias maras.

Curiosamente, a la generalidad de estas pobres mujeres, su fealdad interior les repercute hacia su exterior. Sus odios, o resentimientos por no ser hombres, quieren trasladarlos a toda mujer viviente. No comprenden que es la belleza interior —que Dios da a todas las mujeres sin excepción para ser cultivada— la verdaderamente valiosa para volverlas atractivas en su exterior.

Con profunda satisfacción hemos leído la encuesta de CID GALLUP-El Diario de Hoy, del pasado viernes, que muestra el perfil de la mujer salvadoreña, quien coloca a Dios, con un 94%, como el valor más importante, seguido por la defensa de las virtudes y de la familia, reconociendo el privilegio divino de ser madres como el principal beneficio de haber nacido mujeres. Esta encuesta confirma el pensamiento mayoritario de nosotras, las mujeres normales.

*Columnista de El Diario de Hoy.

 

 

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