| |

Desde
las entrañas de la Tierra
De
por sí el día era caluroso, la roja puerta corrió
sobre el riel dejando abierto un cuartito con una luz opaca.
Entramos.
Primero se cerró la puerta corrediza roja y luego una reja
también corrediza. El casco lo sentía pesado y muy
ajustado a mi cabezota.
Mi fiel compañero y amigo, Diego, iba callado, quizá
también con temor.
El ascensor empezó a descender, la primera puerta se quedó
arriba tapando el hueco, mientras la reja corrediza nos permitía
ver la gris roca rugosa y casi uniforme sobre la cual descendíamos
a razón de un metro cada tres o cuatro segundos.
Uno, dos, tres, quince, cuarenta... íbamos contando los números
pintados en rojo sobre la roca a medida que nos metíamos
a las entrañas de la Tierra, mientras gruesas gotas de sudor
bajaban escurridizas por las intimidades de nuestro cuerpo.
¿Será así el camino al infierno? Al fin se
detuvo, corrió la reja protectora, y después una puerta
también roja permitió que entrara por nuestro sentido
del oído un ruido ensordecedor.
Me puse unos tapones especiales que me habían proporcionado.
Lo primero que vi fue una enorme rueda diez veces mi tamaño.
La rueda estaba cubierta por una envoltura verde y un enorme eje
la hacía girar.
El ruido era el rey dentro de una enorme cueva iluminada donde cuatro
gigantescas ruedas giraban uniformemente. No podíamos hablar
porque el ruido ahogaba nuestras palabras, así que nos limitábamos
a ver, oír, olfatear la humedad y por supuesto a no tocar.
Sólo una de las cinco ruedas enormes no estaba funcionando,
mejor dicho estaba desarmada mostrando sus entrañas, como
tripas. La vimos, pero no entendimos.
Después entramos a un cuarto con aire acondicionado donde
había una docena de pantallas de televisión, con números
e imágenes que tampoco entendimos por más que las
personas encargadas trataron de explicarnos.
El ruido se quedó afuera y pudimos quitarnos los tapones
protectores. Nos dijeron que estábamos a 60 metros bajo tierra
y que nuestro río más caudaloso estaba sobre nuestras
cabezas. Millones de toneladas de agua.
Instintivamente miramos hacia arriba tratando de imaginarnos la
inmensidad del agua, como también esperando no encontrar
una pequeña grieta. Todo estaba perfecto, menos el ruido
que se había quedado afuera esperando que abriéramos
la puerta para penetrar.
Nos explicaron y después vimos cómo las poderosas
aguas mueven gigantescas turbinas que a la vez permiten el accionar
las ruedas que les contaba, las cuáles producen la invisible
energía.
Y penetramos aún más profundo, a la parte trasera
de las turbinas, donde las aguas salen furiosas, como buscando la
libertad que las lleve al mar.
¡Púchica!, que fuerza la del agua, qué impresionantes
torbellinos salen de los túneles, pero, más que todo,
qué impresionante la visión de aquellos hombres, como
el coronel Óscar Osorio, que con futurista determinación
decidieron, hace más de cincuenta años, domar al río
Lempa y obligarlo a mover las turbinas del progreso.
Una placa nos recuerda los nombres de aquellos que hicieron posible
oradar la roca, de aquellos hombres que se han ido y que con el
correr del tiempo quedarán sólo en la historia, y
quizás ni en ella.
¿Cuánta agua habrá pasado por esas aspas que
mueven las turbinas, que dan vuelta a los generadores que producen
la energía, que mueven las máquinas donde se sienta
una operaria que hace una camisa que un gringo lucirá en
Nueva York?
¿Conoce usted el río Lempa? ¿cuánta
fuerza tiene? ¿cómo lo utilizamos? Seguro que no.
Pero el Lempa no sólo da energía, también da
peces, veleros, turismo, y paisajes sin límites.
Las represas detienen las aguas del río y las encauzan por
túneles. Ahora el nivel de las aguas está en su punto
más bajo, pero cuando suban y lleguen a la cuota más
alta, se abrirán las compuertas que dejarán salir
libremente las aguas sobrantes.
Ahora, las represas sirven también de puentes que le dan
vida a municipios en otros olvidados, como Guarjila, Dulce Nombre
de Jesús, donde serpenteantes caminos, ahora pavimentados,
permiten visitar lo más recóndito del lindo departamento
de Chalatenango.
¿Les gustaría, queridos lectores, acompañarme
a un recorrido por esos parajes? Donde todavía hay venados,
donde hay nutrias, donde anidan las garzas, donde la belleza color
esmeralda está en todos los rincones salpicados de retorcidos
y centenarios conacastes. Donde el día se hace corto y la
bella naturaleza alimenta nuestro espíritu retornando más
jóvenes. Pues... les tengo una buena noticia, muy pronto
empezaremos los Cel-tur.
Porque el río es nuestro, lo mismo que las centrales hidroeléctricas
y ¡qué pena! No las conocemos.
En un futuro cercano se ofrecerán excursiones para entrar
a las entrañas de la Tierra y ver cómo se produce
la energía.
Este nuevo tipo de turismo eco-eléctrico estará a
disposición de los salvadoreños, y recuerden que antes
de ir a conocer otros lugares, conozcamos lo que tenemos debajo
de nuestras narices, que nada tienen que envidiar de otros países,
que es nuestro y que está libre de SARS.
Esperen noticias o escríbanme para información.
|
|