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Desde las entrañas de la Tierra

De por sí el día era caluroso, la roja puerta corrió sobre el riel dejando abierto un cuartito con una luz opaca.

Lito Montalvo
El Diario de Hoy
nacional@elsalvador.com

Entramos. Primero se cerró la puerta corrediza roja y luego una reja también corrediza. El casco lo sentía pesado y muy ajustado a mi cabezota.
Mi fiel compañero y amigo, Diego, iba callado, quizá también con temor.

El ascensor empezó a descender, la primera puerta se quedó arriba tapando el hueco, mientras la reja corrediza nos permitía ver la gris roca rugosa y casi uniforme sobre la cual descendíamos a razón de un metro cada tres o cuatro segundos.

Uno, dos, tres, quince, cuarenta... íbamos contando los números pintados en rojo sobre la roca a medida que nos metíamos a las entrañas de la Tierra, mientras gruesas gotas de sudor bajaban escurridizas por las intimidades de nuestro cuerpo.

¿Será así el camino al infierno? Al fin se detuvo, corrió la reja protectora, y después una puerta también roja permitió que entrara por nuestro sentido del oído un ruido ensordecedor.

Me puse unos tapones especiales que me habían proporcionado. Lo primero que vi fue una enorme rueda diez veces mi tamaño. La rueda estaba cubierta por una envoltura verde y un enorme eje la hacía girar.

El ruido era el rey dentro de una enorme cueva iluminada donde cuatro gigantescas ruedas giraban uniformemente. No podíamos hablar porque el ruido ahogaba nuestras palabras, así que nos limitábamos a ver, oír, olfatear la humedad y por supuesto a no tocar.

Sólo una de las cinco ruedas enormes no estaba funcionando, mejor dicho estaba desarmada mostrando sus entrañas, como tripas. La vimos, pero no entendimos.

Después entramos a un cuarto con aire acondicionado donde había una docena de pantallas de televisión, con números e imágenes que tampoco entendimos por más que las personas encargadas trataron de explicarnos.

El ruido se quedó afuera y pudimos quitarnos los tapones protectores. Nos dijeron que estábamos a 60 metros bajo tierra y que nuestro río más caudaloso estaba sobre nuestras cabezas. Millones de toneladas de agua.

Instintivamente miramos hacia arriba tratando de imaginarnos la inmensidad del agua, como también esperando no encontrar una pequeña grieta. Todo estaba perfecto, menos el ruido que se había quedado afuera esperando que abriéramos la puerta para penetrar.

Nos explicaron y después vimos cómo las poderosas aguas mueven gigantescas turbinas que a la vez permiten el accionar las ruedas que les contaba, las cuáles producen la invisible energía.

Y penetramos aún más profundo, a la parte trasera de las turbinas, donde las aguas salen furiosas, como buscando la libertad que las lleve al mar.

¡Púchica!, que fuerza la del agua, qué impresionantes torbellinos salen de los túneles, pero, más que todo, qué impresionante la visión de aquellos hombres, como el coronel Óscar Osorio, que con futurista determinación decidieron, hace más de cincuenta años, domar al río Lempa y obligarlo a mover las turbinas del progreso.

Una placa nos recuerda los nombres de aquellos que hicieron posible oradar la roca, de aquellos hombres que se han ido y que con el correr del tiempo quedarán sólo en la historia, y quizás ni en ella.

¿Cuánta agua habrá pasado por esas aspas que mueven las turbinas, que dan vuelta a los generadores que producen la energía, que mueven las máquinas donde se sienta una operaria que hace una camisa que un gringo lucirá en Nueva York?

¿Conoce usted el río Lempa? ¿cuánta fuerza tiene? ¿cómo lo utilizamos? Seguro que no.
Pero el Lempa no sólo da energía, también da peces, veleros, turismo, y paisajes sin límites.
Las represas detienen las aguas del río y las encauzan por túneles. Ahora el nivel de las aguas está en su punto más bajo, pero cuando suban y lleguen a la cuota más alta, se abrirán las compuertas que dejarán salir libremente las aguas sobrantes.

Ahora, las represas sirven también de puentes que le dan vida a municipios en otros olvidados, como Guarjila, Dulce Nombre de Jesús, donde serpenteantes caminos, ahora pavimentados, permiten visitar lo más recóndito del lindo departamento de Chalatenango.

¿Les gustaría, queridos lectores, acompañarme a un recorrido por esos parajes? Donde todavía hay venados, donde hay nutrias, donde anidan las garzas, donde la belleza color esmeralda está en todos los rincones salpicados de retorcidos y centenarios conacastes. Donde el día se hace corto y la bella naturaleza alimenta nuestro espíritu retornando más jóvenes. Pues... les tengo una buena noticia, muy pronto empezaremos los Cel-tur.

Porque el río es nuestro, lo mismo que las centrales hidroeléctricas y ¡qué pena! No las conocemos.

En un futuro cercano se ofrecerán excursiones para entrar a las entrañas de la Tierra y ver cómo se produce la energía.

Este nuevo tipo de turismo eco-eléctrico estará a disposición de los salvadoreños, y recuerden que antes de ir a conocer otros lugares, conozcamos lo que tenemos debajo de nuestras narices, que nada tienen que envidiar de otros países, que es nuestro y que está libre de SARS.
Esperen noticias o escríbanme para información.

 

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