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Punto
de vista
SILENCIOSA ESCLAVITUD
Hoy
quiero escribir acerca de un tipo de esclavitud velada, sutil, silenciosa,
y quizá por ello más peligrosa y denigrante que aquellas
evidentes. Me refiero a esa esclavitud a la que se somete a millones
de niños en el mundo: la esclavitud del trabajo infantil.
Durante siglos, buena parte de la humanidad compartió el
gravísimo error de considerar a algunas personas -por el
color de su piel, por su religión, por su nivel social o
sencillamente por ser distintas- como de segunda categoría,
y por esto a legitimar su condición de esclavos.
Gracias al esfuerzo de muchos, y a la influencia de algunos valores
cristianos, poco a poco las naciones fueron desterrando la esclavitud,
hasta el punto de que, actualmente, ninguna nación civilizada
estipula en su aparato legal leyes que amparen esta injusticia.
Sin embargo, la marginación no ha perdido vigencia, y ahora
-al haber desaparecido la esclavitud formal-, todavía se
siguen haciendo distinciones peyorativas, ya no sólo por
el color de la piel o la religión, sino también por
el sexo o la edad de las personas.
Hoy quiero escribir acerca de un tipo de esclavitud velada, sutil,
silenciosa, y quizá por ello más peligrosa y denigrante
que aquellas evidentes. Me refiero a esa esclavitud a la que se
somete a millones de niños y niñas en el mundo: la
esclavitud del trabajo infantil.
Se preguntará el lector qué mosca me habrá
picado para escribir sobre tema tan poco tratado en la opinión
pública. Pues bien, no me ha picado ninguna mosca especial,
pero hace unos días apareció Martín (el nombre
es ficticio, pues prefiero llamarle de algún modo y no el
presunto menor como podría escribir algún
reportero) en el lugar donde trabajo: un flaco y descalzo muchachito
de unos trece años, que acompañaba como ayudante a
un albañil que hacía unos trabajos ocasionales. Pero
además de la aparición de Martín, también
se dio otra circunstancia, pues me enteré de que el 12 de
junio es el día mundial dedicado a combatir el trabajo infantil,
y así, las dos cosas sumadas, me pareció interesante
tocar el tema.
Como es de esperarse, en el mundo existen actualmente iniciativas
(protocolos) que promueven que los países ratifiquen leyes
y agendas orientadas a la erradicación del trabajo infantil.
La más importante es la convención de la Organización
Internacional del Trabajo que desde 1999 promueve -a nivel de los
gobiernos que la ratifiquen- acciones legales concretas en contra
del trabajo infantil. A la fecha, más de 132 países
se han comprometido a luchar por algo tan justo como evitar que
los menores de edad trabajen, en detrimento de su educación
formal y en perjuicio de su salud y situación familiar.
Me parece que una acción gubernamental es muy necesaria,
pero la acción libre de los ciudadanos, en la lucha para
la erradicación de ese problema, puede ser también
muy efectiva. Y aquí aparece nuevamente Martín en
escena.
La verdad es que era impactante ver a un niño trabajando
cuando por su edad y circunstancias lo más lógico
era que estuviera en las aulas de una escuela. Al principio, cuando
preguntamos qué pasaba resultó que el menor tenía
como escrita en la frente una sentencia: Este cipote es un
vago, y como no quiere estudiar, mejor que ayude en su casa ganándose
algunos centavos. Sin embargo, la pregunta no había
sido contestada, y abría las puertas a una cuestión
más de fondo: ¿Es vago porque no quiere estudiar o
lo es porque no puede estudiar?
La sorpresa era que de querer, quería. Pero no podía.
Y no podía porque se llevaba muy mal con algunas personas
en la escuela donde estaba inscrito, no tenía ningún
medio para hacerse con el necesario uniforme y los útiles
escolares y, lo más importante, nadie le había echado
una mano. Una persona se interesó por él, le preguntó
qué le pasaba y, al oír su historia, se propuso ayudarle:
averiguó qué problemas tenía en la escuela,
habló con el director y logró que lo reubicaran; le
compró zapatos, libros, útiles y uniformes, y lo animó
a recomenzar sus estudios abandonados.
Ahora resulta que el cipote vago se ha encarrilado
de nuevo. Todo por el interés de alguien que superó
el prejuicio de que todo niño sucio y mal vestido es un vago,
o de que todo vago lo es porque quiere.
Si alguien nos dijera que la erradicación del trabajo infantil
en El Salvador depende de nosotros, quizá nos echaríamos
a reír... pues para la gran mayoría de las personas
es un tema que nos supera ampliamente. Sin embargo, de lo que sí
podemos ocuparnos es de ayudar con acciones concretas a esos niños
y niñas necesitados -y con rostro y nombre propio-, que quizá
pasan a nuestro lado todos los días.
*Ing. Industrial, Dr. en Filosofía y columnista de El Diario
de Hoy.
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