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Punto de vista
SILENCIOSA ESCLAVITUD

Carlos Mayora Re*
El Diario de Hoy
e-mail: carlos@mayora.org

Hoy quiero escribir acerca de un tipo de esclavitud velada, sutil, silenciosa, y quizá por ello más peligrosa y denigrante que aquellas evidentes. Me refiero a esa esclavitud a la que se somete a millones de niños en el mundo: la esclavitud del trabajo infantil.

Durante siglos, buena parte de la humanidad compartió el gravísimo error de considerar a algunas personas -por el color de su piel, por su religión, por su nivel social o sencillamente por ser distintas- como de segunda categoría, y por esto a legitimar su condición de esclavos.

Gracias al esfuerzo de muchos, y a la influencia de algunos valores cristianos, poco a poco las naciones fueron desterrando la esclavitud, hasta el punto de que, actualmente, ninguna nación civilizada estipula en su aparato legal leyes que amparen esta injusticia.

Sin embargo, la marginación no ha perdido vigencia, y ahora -al haber desaparecido la esclavitud formal-, todavía se siguen haciendo distinciones peyorativas, ya no sólo por el color de la piel o la religión, sino también por el sexo o la edad de las personas.

Hoy quiero escribir acerca de un tipo de esclavitud velada, sutil, silenciosa, y quizá por ello más peligrosa y denigrante que aquellas evidentes. Me refiero a esa esclavitud a la que se somete a millones de niños y niñas en el mundo: la esclavitud del trabajo infantil.

Se preguntará el lector qué mosca me habrá picado para escribir sobre tema tan poco tratado en la opinión pública. Pues bien, no me ha picado ninguna mosca especial, pero hace unos días apareció Martín (el nombre es ficticio, pues prefiero llamarle de algún modo y no el “presunto menor” como podría escribir algún reportero) en el lugar donde trabajo: un flaco y descalzo muchachito de unos trece años, que acompañaba como ayudante a un albañil que hacía unos trabajos ocasionales. Pero además de la aparición de Martín, también se dio otra circunstancia, pues me enteré de que el 12 de junio es el día mundial dedicado a combatir el trabajo infantil, y así, las dos cosas sumadas, me pareció interesante tocar el tema.

Como es de esperarse, en el mundo existen actualmente iniciativas (protocolos) que promueven que los países ratifiquen leyes y agendas orientadas a la erradicación del trabajo infantil. La más importante es la convención de la Organización Internacional del Trabajo que desde 1999 promueve -a nivel de los gobiernos que la ratifiquen- acciones legales concretas en contra del trabajo infantil. A la fecha, más de 132 países se han comprometido a luchar por algo tan justo como evitar que los menores de edad trabajen, en detrimento de su educación formal y en perjuicio de su salud y situación familiar.

Me parece que una acción gubernamental es muy necesaria, pero la acción libre de los ciudadanos, en la lucha para la erradicación de ese problema, puede ser también muy efectiva. Y aquí aparece nuevamente Martín en escena.

La verdad es que era impactante ver a un niño trabajando cuando por su edad y circunstancias lo más lógico era que estuviera en las aulas de una escuela. Al principio, cuando preguntamos qué pasaba resultó que el menor tenía como escrita en la frente una sentencia: “Este cipote es un vago, y como no quiere estudiar, mejor que ayude en su casa ganándose algunos centavos”. Sin embargo, la pregunta no había sido contestada, y abría las puertas a una cuestión más de fondo: ¿Es vago porque no quiere estudiar o lo es porque no puede estudiar?

La sorpresa era que de querer, quería. Pero no podía. Y no podía porque se llevaba muy mal con algunas personas en la escuela donde estaba inscrito, no tenía ningún medio para hacerse con el necesario uniforme y los útiles escolares y, lo más importante, nadie le había echado una mano. Una persona se interesó por él, le preguntó qué le pasaba y, al oír su historia, se propuso ayudarle: averiguó qué problemas tenía en la escuela, habló con el director y logró que lo reubicaran; le compró zapatos, libros, útiles y uniformes, y lo animó a recomenzar sus estudios abandonados.

Ahora resulta que el “cipote vago” se ha encarrilado de nuevo. Todo por el interés de alguien que superó el prejuicio de que todo niño sucio y mal vestido es un vago, o de que todo vago lo es porque quiere.

Si alguien nos dijera que la erradicación del trabajo infantil en El Salvador depende de nosotros, quizá nos echaríamos a reír... pues para la gran mayoría de las personas es un tema que nos supera ampliamente. Sin embargo, de lo que sí podemos ocuparnos es de ayudar con acciones concretas a esos niños y niñas necesitados -y con rostro y nombre propio-, que quizá pasan a nuestro lado todos los días.

*Ing. Industrial, Dr. en Filosofía y columnista de El Diario de Hoy.

 

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