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Tema para meditar
La verdadera riqueza

Salvador Castellanos*
El Diario de Hoy
e-mail: scastellanos@el salvador.com

No necesitamos ser todo lo que el mundo y nuestro interior nos pide que seamos, sino sólo lo que Dios quiere de nosotros.

La difícil situación económica está presente en la mayoría de nuestras conversaciones. Pocos son los que no se quejan de la carestía de la vida. Pero mientras lo común es que culpemos al gobierno o la crisis mundial de nuestra condición, resulta extraño que nos dediquemos a reflexionar cómo influye nuestro estilo de vida.

Veamos: hace algunos años, el hogar promedio poseía un televisor. Actualmente, es común que cada miembro de la familia tenga su propio aparato. Hasta hace poco, la norma era un teléfono por casa, hoy muchos cuentan con varias líneas y extensiones, incluso en el cuarto de baño. El celular se ha convertido en un artículo de “primera necesidad”. Tampoco pueden faltar una computadora con acceso a la Internet, el cable, el microondas, los juegos de vídeo, el VHS y últimamente el DVD.

La comida hogareña del domingo ha sido suplantada por la pizza, el pollo y la hamburguesa. En lugar de una caminata por el parque o una tertulia entre amigos, hay que ir al cine o al concierto de moda. Para bajar de peso no basta comer menos, hay que ir a un nutricionista, consumir productos “light” y afiliarse a un gimnasio.

La ropa y accesorios deben ser de marcas reconocidas, y el corte de pelo estar a cargo de un estilista. Hay que poseer varias tarjetas de crédito, automóvil y, así, la lista de “necesidades básicas” se multiplica al infinito.

No estoy en contra de los deseos de superación o de los adelantos tecnológicos que facilitan nuestra existencia; tampoco estoy promoviendo una actitud de avaricia, que igualmente nos vuelve esclavos de lo material. Pero quiero llamar su atención a que quizá, parte de su problema, se debe a su actual estilo de consumo.

Pregúntese: ¿Sus posesiones están de acuerdo con sus necesidades y posibilidades? ¿Manifiesta usted una actitud compulsiva por acumular bienes? ¿Le mueve un deseo de ostentación? ¿Ha llegado hasta el punto de que nada le resulta suficiente?

El Papa Juan Pablo II dice que “La gente está dominada por el ansia frenética de poseer bienes materiales, y esta afanosa búsqueda de bienestar impide ver las necesidades de los demás”. El ensayista francés Patrice de Plunkett escribe: “El materialismo marxista ha retrocedido, pero esta marea baja nos descubre una nueva playa desierta: la del materialismo occidental”.

Ambos se refieren a un padecimiento común hoy en día, que nos aleja de Dios, la familia y los amigos; que nos mantiene siempre trabajando para conseguir más; que nos impide ajustarnos a menos, porque es signo de fracaso personal; que nos impulsa al consumo superfluo, a la idolatría del dinero y del placer, el cual está destruyendo nuestras vidas emocionales y económicas.

Esta enfermedad que se llama consumismo, y que no es otra cosa que un orden social y económico basado en la creación sistemática del deseo de poseer bienes materiales y éxito personal en cada vez más grandes cantidades, sólo puede ser sanada con un cambio interior, desarrollando una adecuada escala de valores, practicando la moderación, el espíritu de servicio y la solidaridad.

El consumista no necesita de un trabajo mejor o de mayores ingresos, requiere del amor y la esperanza que le permitirán alcanzar una realización auténtica y la confianza en el futuro que hoy le aterroriza.

Si usted se pregunta dónde puede adquirir esos valores, permítame decirle que, en lo personal, es en el cristianismo y especialmente en la figura de Jesús, donde he podido identificar las enseñanzas que fomentan el carácter para resistir los deseos del consumismo y la fuente de todo amor y esperanza.

Principios como la búsqueda de la voluntad de Dios en nuestras vidas, la autonegación de nuestros propios deseos, la oración, el servicio y el compartir resultan fundamentos importantes en este proceso.

No es necesario ser virtuoso para lograr el cambio, basta reconocer y aceptar nuestra necesidad para comenzar a experimentar lo que es estar en las manos de Dios y no en las manos de las circunstancias. No necesitamos ser todo lo que el mundo y nuestro interior nos pide que seamos, sino sólo lo que Dios quiere de nosotros. Acérquese a él, no se arrepentirá.

*Columnista de El Diario de Hoy.

 

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