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Tema
para meditar
La verdadera riqueza
No
necesitamos ser todo lo que el mundo y nuestro interior nos pide
que seamos, sino sólo lo que Dios quiere de nosotros.
La difícil situación económica está
presente en la mayoría de nuestras conversaciones. Pocos
son los que no se quejan de la carestía de la vida. Pero
mientras lo común es que culpemos al gobierno o la crisis
mundial de nuestra condición, resulta extraño que
nos dediquemos a reflexionar cómo influye nuestro estilo
de vida.
Veamos: hace algunos años, el hogar promedio poseía
un televisor. Actualmente, es común que cada miembro de la
familia tenga su propio aparato. Hasta hace poco, la norma era un
teléfono por casa, hoy muchos cuentan con varias líneas
y extensiones, incluso en el cuarto de baño. El celular se
ha convertido en un artículo de primera necesidad.
Tampoco pueden faltar una computadora con acceso a la Internet,
el cable, el microondas, los juegos de vídeo, el VHS y últimamente
el DVD.
La comida hogareña del domingo ha sido suplantada por la
pizza, el pollo y la hamburguesa. En lugar de una caminata por el
parque o una tertulia entre amigos, hay que ir al cine o al concierto
de moda. Para bajar de peso no basta comer menos, hay que ir a un
nutricionista, consumir productos light y afiliarse
a un gimnasio.
La ropa y accesorios deben ser de marcas reconocidas, y el corte
de pelo estar a cargo de un estilista. Hay que poseer varias tarjetas
de crédito, automóvil y, así, la lista de necesidades
básicas se multiplica al infinito.
No estoy en contra de los deseos de superación o de los adelantos
tecnológicos que facilitan nuestra existencia; tampoco estoy
promoviendo una actitud de avaricia, que igualmente nos vuelve esclavos
de lo material. Pero quiero llamar su atención a que quizá,
parte de su problema, se debe a su actual estilo de consumo.
Pregúntese: ¿Sus posesiones están de acuerdo
con sus necesidades y posibilidades? ¿Manifiesta usted una
actitud compulsiva por acumular bienes? ¿Le mueve un deseo
de ostentación? ¿Ha llegado hasta el punto de que
nada le resulta suficiente?
El Papa Juan Pablo II dice que La gente está dominada
por el ansia frenética de poseer bienes materiales, y esta
afanosa búsqueda de bienestar impide ver las necesidades
de los demás. El ensayista francés Patrice de
Plunkett escribe: El materialismo marxista ha retrocedido,
pero esta marea baja nos descubre una nueva playa desierta: la del
materialismo occidental.
Ambos se refieren a un padecimiento común hoy en día,
que nos aleja de Dios, la familia y los amigos; que nos mantiene
siempre trabajando para conseguir más; que nos impide ajustarnos
a menos, porque es signo de fracaso personal; que nos impulsa al
consumo superfluo, a la idolatría del dinero y del placer,
el cual está destruyendo nuestras vidas emocionales y económicas.
Esta enfermedad que se llama consumismo, y que no es otra cosa que
un orden social y económico basado en la creación
sistemática del deseo de poseer bienes materiales y éxito
personal en cada vez más grandes cantidades, sólo
puede ser sanada con un cambio interior, desarrollando una adecuada
escala de valores, practicando la moderación, el espíritu
de servicio y la solidaridad.
El consumista no necesita de un trabajo mejor o de mayores ingresos,
requiere del amor y la esperanza que le permitirán alcanzar
una realización auténtica y la confianza en el futuro
que hoy le aterroriza.
Si usted se pregunta dónde puede adquirir esos valores, permítame
decirle que, en lo personal, es en el cristianismo y especialmente
en la figura de Jesús, donde he podido identificar las enseñanzas
que fomentan el carácter para resistir los deseos del consumismo
y la fuente de todo amor y esperanza.
Principios como la búsqueda de la voluntad de Dios en nuestras
vidas, la autonegación de nuestros propios deseos, la oración,
el servicio y el compartir resultan fundamentos importantes en este
proceso.
No es necesario ser virtuoso para lograr el cambio, basta reconocer
y aceptar nuestra necesidad para comenzar a experimentar lo que
es estar en las manos de Dios y no en las manos de las circunstancias.
No necesitamos ser todo lo que el mundo y nuestro interior nos pide
que seamos, sino sólo lo que Dios quiere de nosotros. Acérquese
a él, no se arrepentirá.
*Columnista de El Diario de Hoy.
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