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Tomando
la palabra
CUANDO LO PALPABLE NO ES TANGIBLE
Los
creadores de miseria (desde Duarte hasta los diputados
gangueros) han tratado de robarnos un patrimonio nacional: nuestra
idiosincrasia.
Según el diccionario, palpable es sinónimo
de tangible, pero no es así, según las
críticas opositoras al Informe a la nación,
del presidente Flores, sobre su cuarto año de gobierno. Allí,
las cifras, los registros, los hechos concretos, plenamente palpables,
se convirtieron -por arte de la maledicencia política- en
intangibles. ¡En humo!
No podía esperarse otra cosa de la oposición, claro.
Pero los ciudadanos conscientes debemos sentirnos orgullosos y satisfechos
de todo lo que se ha logrado.
¡Ahora, esta señora va a defender al Presidente!.
Sí, ¡y a todo su equipo! Es de justicia que, así
como acusamos y criticamos, también reconozcamos cuánto
hemos logrado, en especial cuando arrancamos desde un piso tan bajo
y teniendo que superar tantos desastres, nacionales y mundiales.
El informe presidencial sustenta con cifras, plenamente comprobables
por organismos no oficiales, todo lo que allí se enumera.
Es una detallada rendición de cuentas sobre lo ejecutado
y un llamado de atención sobre lo mucho que aún nos
falta, por lo que, de ninguna manera, debemos detenernos ahora que
ya arrancamos.
Personalmente, las frases me dicen más que las cifras: Hemos
construido nuestros puentes, nuestras familias, nuestro tejido social;
el futuro en libertad es nuestro mayor tesoro. (Aquí,
el término apropiado sería reconstruido,
porque hemos hecho de nuevo lo que destruyeron turbas apátridas
y violentas, ¡las mismas que lo hacen ahora, desde la Asamblea
o en las calles!).
No vendemos paraísos, trabajamos sobre nuestras realidades
y entregamos productos tangibles que todos debemos atesorar y defender.
Son estas frases de aliento una invitación al trabajo, al
desarrollo, a proseguir hasta la meta, ¡esa debe ser nuestra
actitud! Pero, ¿es así?
Definitivamente, no. Hay mucho descontento, negativismo, rencor.
Y esto se debe analizar y atenderse. Lo positivo es que ya se está
haciendo, hasta el punto de que el Presidente creó la figura
de Comisionada Presidencial, para ocuparse, específicamente,
del área social de su gobierno.
Eso demuestra que señalar errores contribuye a que todo mejore,
cuando nos dirigen personas responsables y capaces. Pero es decepcionante
-e injusto- que se les echen culpas ajenas.
Tomemos como ejemplo el problema de la salud, como ha
dado en llamarse a lo que no es más que una estratagema para
desestabilizar el país, crear caos, ahuyentar la inversión,
fomentar el desempleo e impedir que se cumplan las metas programadas.
Nuestro sistema de salud necesita (desde hace años) una reforma
estructural. Es un clamor general. Cuando el gobierno presentó
a la Asamblea su proyecto para hacerlo, se lanzó una ofensiva
en contra; el Presidente retiró los documentos y accedió
a todo lo que, dentro de la ley, podía otorgarse a los médicos
huelguistas.
¿Cesó el problema? No, se acrecentó. Vimos
violencia, odio de clases, maltrato de pacientes, abandono de niños
enfermos, destrucción, atentados contra propiedades públicas
y privadas, obstaculización de tránsito, etc. Todo
eso, para impedir la privatización, lo cual está
garantizado por ley y, además, nadie tiene interés
en hacerlo.
Estos delincuentes (puesto que sus acciones son delictivas), encima,
pretenden que se les pague por lo que no han trabajado, cuando lo
justo sería que se les juzgara y ajustara cuentas por los
graves daños causados, en especial a los enfermos. Pero,
¡al contrario!
Se culpa al Presidente por toda esa debacle, que él ha tratado
de solucionar. ¿Por qué? Porque los salvadoreños,
por desgracia, nos hemos olvidado de razonar, asumimos, inmediata
y totalmente, cualquier crítica o acusación, sin intentar
siquiera formarnos un criterio propio -leyendo, escuchando, averiguando-.
¿Cuántos habremos leído el mensaje presidencial,
por ejemplo, para poder comparar qué dicen unos y otros?
¡Demasiado esfuerzo! Es más fácil que otro piense
por uno.
Los creadores de miseria (desde Duarte hasta los diputados
gangueros) han tratado de robarnos un patrimonio nacional: nuestra
idiosincrasia. Castigando al ciudadano productivo y responsable
y premiando a quienes no cumplen (desde los buseros hasta los morosos
por afición), quieren sustituir nuestra vocación de
trabajo por la de zánganos, ambicionando poseer aquello que
no hemos ganado trabajando.
Por favor, ¡reaccionemos! No permitamos que los cantos de
sirena nos despersonalicen y hagan cambiar el rumbo. No echemos
por la borda todo lo palpable y tangible que tanto nos ha costado.
Las bases son firmes, el camino está trazado, no nos
detengamos, no nos retrasemos.
*Columnista de El Diario de Hoy.
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