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Desde Washington
Sensibles cambios en Fuerzas Armadas de Argentina

Marcela Sánchez*
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com
Mientras una justificación clara sigue siendo esquiva, no escasean en Washington las opiniones sobre las consecuencias de la disposición presidencial.

Tras ganar una elección en la que el otro candidato simplemente no se presentó, Néstor C. Kirchner no perdió tiempo la semana pasada para imponer su autoridad como nuevo presidente de Argentina.

A escasos tres días de haber tomado posesión, provocó la renuncia de por lo menos la mitad de la cúpula militar al nombrar a generales leales pero de más bajo rango como comandantes de las fuerzas armadas.

Esta acción dramática y sin precedentes pareció inoportunamente capaz de reabrir viejas heridas en un momento en que el país requiere de una seria cirugía para reparar su crítico estado económico y político.

La decisión de Kirchner dejó a muchos en Washington con la cabeza a dos manos, sobre todo, si se tienen en cuenta los increíbles retos que enfrenta Argentina y el hecho de que la reputación de los militares ha ido recuperándose lentamente de los abusos y excesos del pasado.

Pero mientras una justificación clara sigue siendo esquiva, no escasean en Washington las opiniones sobre las consecuencias de la disposición presidencial.

Grupos de derechos humanos rápidamente acogieron la acción como una medida esencial para reafirmar la subordinación militar a la autoridad civil. Esperan, además, que termine con la impunidad de los oficiales responsables de las atrocidades de la “Guerra sucia”, que llevó al asesinato o desaparición de cerca de 9,000 argentinos en los años 70 y 80.

Oficiales y expertos militares estadounidenses, por otra parte, temen que revierta años de esfuerzos para reformar a las fuerzas armadas argentinas. Si los militares sustituidos salieron porque estaban demasiado apegados al rival de Kirchner o demasiado interesados en influir decisiones judiciales contra militares acusados por los antiguos abusos, Kirchner simplemente ha cambiado un tipo de politización por otro. Estaría enviando el mensaje de que congraciarse con él protegerá sus empleos.

Ambas visiones parecen atrapadas en el más distante y ahora menos relevante pasado. Más que un acto para romper finalmente con él o de hecho regresar a él, los discursos de Kirchner la semana pasada sugieren, en cambio, un plan para construir unas nuevas fuerzas armadas para el futuro.

Parece tener una visión de fuerzas militares con papeles cívicos en cierta forma comparables a aquellos de la Guardia Nacional y el Cuerpo de Ingenieros del Ejército en Estados Unidos.

Ante probablemente la tarea de reconstrucción más apremiante que enfrenta un país latinoamericano hoy en día, Kirchner podría estar incorporándose a las filas de otros líderes sin dinero que han encontrado en los cuarteles un recurso barato, rápido y obediente para ayudar a poner en marcha urgentes prioridades de desarrollo. El presidente venezolano Hugo Chávez ya lo ha intentado. El presidente brasileño Luiz Inacio Lula da Silva lo está planeando.

Aunque el gobierno en Washington se ha mantenido fundamentalmente en silencio frente a las acciones de Kirchner, ha defendido la participación militar en actividades no militares por más de una década, particularmente a favor de mayores aportes en la lucha contra el tráfico de drogas.

Incluso, después de lanzar su guerra global contra el terrorismo, Washington ha mantenido y en algunos casos aumentado la financiación de actividades cívicas del Comando Sur estadounidense junto con contrapartes en Latinoamérica, destinadas a construir escuelas y caminos o proveer servicios de salud, entre otros.

Algunos de los beneficiados a menudo han visto estos programas con sospecha, pero gobiernos latinoamericanos podrían ahora integrarlos a una estrategia de desarrollo mucho más amplia.

El fin de las dictaduras y conflictos internos en varios países latinoamericanos en los 80 y 90 llevó a los gobiernos democráticos a marginar y a reducir los rangos y presupuestos militares. Si a eso se agregan los aprietos económicos actuales, a los líderes militares de hoy les encantaría aceptar nuevas órdenes —incluso órdenes no exactamente en armonía con su misión tradicional— para subsistir.

Dichas transiciones hacia funciones tradicionales de gobiernos civiles no están libres de riesgo. Aquellos que aplaudieron la acción de Kirchner como progresista o la criticaron por politizar a las fuerzas armadas, probablemente estarían de acuerdo en que un plan que convoque el apoyo militar sin una estrategia clara para suspenderlo sería problemático. Soldados entrenados para matar no son reclutas ideales para deberes cívicos, lo cual los dejaría, dicho sea de paso, más expuestos a clientelismo y corrupción.

Más aún, la llamada a filas de militares para funciones no militares podría quitarle valor a su misión principal de seguridad. Algunos analistas estadounidenses dicen que eso ya está ocurriendo en Venezuela, donde Chávez, un ex teniente coronel del Ejército, ha prácticamente convertido a las fuerzas armadas en una institución multiusos al servicio de su gobierno, mientras las fronteras venezolanas permanecen vulnerables a incursiones guerrilleras y paramilitares desde Colombia.

En un país con la historia de Argentina, cualquier cambio que se le haga al rol militar requiere un debate público serio, especialmente en un momento en que las dificultades económicas con seguridad harían que empresas privadas y sindicatos laborales se vuelvan recelosos ante la posibilidad de perder, con dicho arreglo, potenciales oportunidades de trabajo.

Kirchner ha mostrado rápidamente que como presidente es, en efecto, comandante en jefe. Pero necesitará mucho más que líderes militares leales para convertir a sus fuerzas armadas en una herramienta eficaz, legítima y progresista.

*Columnista del Washington Post.

 

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