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Un
ejemplo a seguir
La
voz de las urnas
Es
evidente que de esta experiencia electoral podemos deducir algunas
conclusiones de útil aplicación para nuestra situación
política nacional.
La bola de cristal ha vuelto a fallar. Las predicciones de ese
instrumento casi mágico conocido como "sondeo a pie
de urna" se quedaron cortas y sucumbieron ante la palpitante
sensatez del electorado español.
La voz de las urnas silenció el ansiado grito de victoria
de los socialistas (PSOE) y de sus secuaces de Izquierda Unida (IU).
En otras palabras, no se cumplieron del todo los malos augurios
que presagiaban una estrepitosa derrota del Partido Popular (PP)
en las recientes elecciones municipales y autonómicas de
España. Por el contrario, el partido del presidente José
María Aznar salió prácticamente ileso y con
pocos rasguños que lamentar en esta reñida contienda.
Vayamos por partes.
No había pasado una hora del cierre de la votación
y con sólo un pequeño porcentaje de votos escrutados,
cuando el portavoz del PSOE, José Blanco, acariciaba la victoria
de su partido con un pletórico tono triunfalista. Qué
caprichoso es el destino, un par de horas después, la tendencia
se había revertido ligeramente a favor del PP en varias provincias
y localidades, algunas ya casi dadas por perdidas en las proyecciones
preliminares.
Uno a uno, a medida que avanzaba el escrutinio, los sondeos iniciales
se fueron desplomando como un castillo de naipes. Comunidades autónomas
de la talla de Valencia, Castilla León, Baleares y Navarra
eran aseguradas por el partido oficial, al igual que importantes
capitales de provincia como Madrid, Oviedo, Pamplona y otras joyas
de la corona. Al final, el impacto de los resultados se hacía
notar en las caras largas de los líderes de la oposición,
que seguían insistiendo en la victoria. Todos decían
haber ganado, hasta los candidatos ilegalizados de AuB y Batasuna,
plataforma radical de la izquierda separatista vasca y brazo político
de ETA, respectivamente, alegaban que sus miles de votos nulos representaban
una victoria ante el poder centralista de los partidos nacionales.
Es cierto que en el consolidado nacional el PSOE consiguió
una diferencia favorable de alrededor de cien mil votos y que ganó
con relativa facilidad ciertos reductos socialistas como Barcelona,
Sevilla y Extremadura; sin embargo, no consiguió arrebatarle
al PP numerosas ciudades claves de Andalucía ni la mayoría
absoluta que éste logró en sus feudos políticos
más estratégicos frente a la elección presidencial
del próximo año. Es más, esta victoria pírrica
del principal partido de oposición sabe a derrota, porque
las encuestas de intención de voto le otorgaban, antes de
los comicios, una ventaja de al menos medio millón de votos
en todo el país.
Ya nadie oculta que esto ha significado una refrescante victoria
moral para el PP, tras haber sorteado un mar de obstáculos
en los meses previos a la campaña, entre los que sobresalen
las incisivas críticas a la gestión oficial por la
catástrofe ecológica provocada por el hundimiento
del buque petrolero Prestige frente a las costas de
Galicia y la férrea oposición de colectivos de izquierda
contra la implicación política del gobierno español
en la crisis de Iraq. Sin embargo, los populares saben que este
crédito político no es eterno, pues estos apretados
resultados representan una llamada de atención por los errores
políticos cometidos y un renovado voto de confianza a la
gestión gubernamental del presidente Aznar.
Es evidente que de esta experiencia electoral podemos deducir algunas
conclusiones de útil aplicación para nuestra peculiar
situación política nacional. Primordialmente, debemos
reconocer que la cordura de buena parte del electorado español
prevaleció ante el discurso hueco, carente de sentido y antagónico
que pregonó la oposición durante la campaña.
Además, ya se ve que no es prudente precipitarse a cantar
victoria antes de tiempo. Los verdaderos ganadores siempre saben
ser humildes ante las contradicciones aparentes. Es decir que a
pesar de tanto maleficio en contra, el Partido Popular salió
airoso y remozado de esta coyuntura.
En segundo lugar, el PP le debe en gran medida estos resultados
al emblemático Aznar. El jefe de gobierno se
volcó activamente durante la campaña electoral de
su partido para evitar una eventual derrota. En efecto, cuando las
cosas parecían más cuesta arriba para preservar el
poder en municipios y provincias, por el desgaste natural de casi
ocho años de gobierno nacional, surge la figura decisiva
de su líder político para recuperar la
credibilidad del partido y reconciliarse con muchos disgustados
correligionarios. En quince días de campaña, el presidente
Aznar visitó un puñado de ciudades de la geografía
española, participó intensamente en mítines
multitudinarios y también dio la cara en entrevistas y anuncios
publicitarios. En fin, intervino en favor de su partido con más
frecuencia en los medios y con mayor consistencia en el mensaje,
que el mismísimo líder de la oposición José
Luis Rodríguez Zapatero.
En tercer lugar, cualquier oposición debe saber que con un
mensaje negativo, un discurso acusador y una postura crítica
ante todo lo que hizo o dejó de hacer el gobierno no se ganan
limpiamente unas elecciones. Por el contrario, vemos con interés
cómo una campaña proselitista que sabe combinar propuestas
y medidas concretas, que fomentan la creación de empresas,
estimulan el empleo y favorecen a las familias, conecta abiertamente
con el electorado. Eso hizo el PP y parece que su estrategia le
ha funcionado. Por eso tiene sentido que los políticos escuchen
con atención la insondable voz de las urnas.
*Doctorando en Comunicación
Pública de la Universidad de Navarra, España.
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