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Un ejemplo a seguir
La voz de las urnas

Raúl M. Alas*
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com

Es evidente que de esta experiencia electoral podemos deducir algunas conclusiones de útil aplicación para nuestra situación política nacional.

La bola de cristal ha vuelto a fallar. Las predicciones de ese instrumento casi mágico conocido como "sondeo a pie de urna" se quedaron cortas y sucumbieron ante la palpitante sensatez del electorado español.

La voz de las urnas silenció el ansiado grito de victoria de los socialistas (PSOE) y de sus secuaces de Izquierda Unida (IU). En otras palabras, no se cumplieron del todo los malos augurios que presagiaban una estrepitosa derrota del Partido Popular (PP) en las recientes elecciones municipales y autonómicas de España. Por el contrario, el partido del presidente José María Aznar salió prácticamente ileso y con pocos rasguños que lamentar en esta reñida contienda. Vayamos por partes.

No había pasado una hora del cierre de la votación y con sólo un pequeño porcentaje de votos escrutados, cuando el portavoz del PSOE, José Blanco, acariciaba la victoria de su partido con un pletórico tono triunfalista. Qué caprichoso es el destino, un par de horas después, la tendencia se había revertido ligeramente a favor del PP en varias provincias y localidades, algunas ya casi dadas por perdidas en las proyecciones preliminares.

Uno a uno, a medida que avanzaba el escrutinio, los sondeos iniciales se fueron desplomando como un castillo de naipes. Comunidades autónomas de la talla de Valencia, Castilla León, Baleares y Navarra eran aseguradas por el partido oficial, al igual que importantes capitales de provincia como Madrid, Oviedo, Pamplona y otras joyas de la corona. Al final, el impacto de los resultados se hacía notar en las caras largas de los líderes de la oposición, que seguían insistiendo en la victoria. Todos decían haber ganado, hasta los candidatos ilegalizados de AuB y Batasuna, plataforma radical de la izquierda separatista vasca y brazo político de ETA, respectivamente, alegaban que sus miles de votos nulos representaban una victoria ante el poder centralista de los partidos nacionales.

Es cierto que en el consolidado nacional el PSOE consiguió una diferencia favorable de alrededor de cien mil votos y que ganó con relativa facilidad ciertos reductos socialistas como Barcelona, Sevilla y Extremadura; sin embargo, no consiguió arrebatarle al PP numerosas ciudades claves de Andalucía ni la mayoría absoluta que éste logró en sus feudos políticos más estratégicos frente a la elección presidencial del próximo año. Es más, esta victoria pírrica del principal partido de oposición sabe a derrota, porque las encuestas de intención de voto le otorgaban, antes de los comicios, una ventaja de al menos medio millón de votos en todo el país.

Ya nadie oculta que esto ha significado una refrescante victoria moral para el PP, tras haber sorteado un mar de obstáculos en los meses previos a la campaña, entre los que sobresalen las incisivas críticas a la gestión oficial por la catástrofe ecológica provocada por el hundimiento del buque petrolero “Prestige” frente a las costas de Galicia y la férrea oposición de colectivos de izquierda contra la implicación política del gobierno español en la crisis de Iraq. Sin embargo, los populares saben que este crédito político no es eterno, pues estos apretados resultados representan una llamada de atención por los errores políticos cometidos y un renovado voto de confianza a la gestión gubernamental del presidente Aznar.

Es evidente que de esta experiencia electoral podemos deducir algunas conclusiones de útil aplicación para nuestra peculiar situación política nacional. Primordialmente, debemos reconocer que la cordura de buena parte del electorado español prevaleció ante el discurso hueco, carente de sentido y antagónico que pregonó la oposición durante la campaña. Además, ya se ve que no es prudente precipitarse a cantar victoria antes de tiempo. Los verdaderos ganadores siempre saben ser humildes ante las contradicciones aparentes. Es decir que a pesar de tanto maleficio en contra, el Partido Popular salió airoso y remozado de esta coyuntura.

En segundo lugar, el PP le debe en gran medida estos resultados al “emblemático” Aznar. El jefe de gobierno se volcó activamente durante la campaña electoral de su partido para evitar una eventual derrota. En efecto, cuando las cosas parecían más cuesta arriba para preservar el poder en municipios y provincias, por el desgaste natural de casi ocho años de gobierno nacional, surge la figura decisiva de su “líder político” para recuperar la credibilidad del partido y reconciliarse con muchos disgustados correligionarios. En quince días de campaña, el presidente Aznar visitó un puñado de ciudades de la geografía española, participó intensamente en mítines multitudinarios y también dio la cara en entrevistas y anuncios publicitarios. En fin, intervino en favor de su partido con más frecuencia en los medios y con mayor consistencia en el mensaje, que el mismísimo líder de la oposición José Luis Rodríguez Zapatero.

En tercer lugar, cualquier oposición debe saber que con un mensaje negativo, un discurso acusador y una postura crítica ante todo lo que hizo o dejó de hacer el gobierno no se ganan limpiamente unas elecciones. Por el contrario, vemos con interés cómo una campaña proselitista que sabe combinar “propuestas y medidas concretas”, que fomentan la creación de empresas, estimulan el empleo y favorecen a las familias, conecta abiertamente con el electorado. Eso hizo el PP y parece que su estrategia le ha funcionado. Por eso tiene sentido que los políticos escuchen con atención la “insondable” voz de las urnas.
*Doctorando en Comunicación Pública de la Universidad de Navarra, España.

 

 

 

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