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La columna nacional
La calidad de vida no depende exclusivamente de la economía

Roberto López-Geissmann*
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com

Que no te vengan pues los campeones reduccionistas con la trampa de que nuestra forma de vida ya está discutida y la tenemos clara.

Es impresionante el economicismo que se ha desatado en nuestro ambiente político. Pareciera que no existe otro tema de interés para el pueblo salvadoreño.

¿Qué entiendo por “economicismo”? A una posición reduccionista que lleva a tomar como de única importancia (no de primera, entre otras, como debe ser) el factor económico dentro de la sociedad, lo que lleva a pensar, analizar, juzgar, decidir y actuar en función de este.

Pero, ¿qué puede ser más importante que la canasta básica, la salud, la vivienda y la educación, todo lo cual no se logra sino con el dinero y es, por tanto, económico? —dirán—. Absolutamente cierto —contestaría—, pero erróneamente planteado.

Sofísticamente, es decir, con lógica pero usando premisas falsas. Como es suponer que el dinero lo es todo.

Porque si bien vemos, hemos elevado lo “básico” a una caterva de gustos, frivolidades y necesidades superfluas que nos encarecen la existencia mucho más allá de la neta realidad... y podríamos así comentar otros rubros. Claro que esta argumentación no pretende cubrir la verdadera y real pobreza existente, sino subrayar que la misma se agudiza ante una “cultura” nefasta de consumismo desatado, al que nadie pone coto.

Todavía más importante es caer en la cuenta de que, como exponían los filósofos de la antigüedad, para vivir la buena vida hay que vivir una vida buena. Esto significa que ha de entenderse la calidad de vida como un entorno integral de relaciones en el que la persona interactúa con otras en respeto y paz, permitiéndole intentar y realizar las actuaciones que deseé dentro de un Estado de Derecho respetuoso de la ley y que persiga la justicia. Y parece que no hemos entendido bien los alcances prácticos de lo anterior.

Cuando usted “redondea” el cambio del dólar, encareciendo la vida, da pauta para que “el victimizado” haga lo propio en otra instancia; si usted se “tira” un semáforo en rojo está invitando a que lo hagan otros y aumentando la posibilidad de accidentes fatales; si suma en un cine, “encarama” los pies en la butaca de enfrente o habla fuerte y sin parar, simplemente está arruinando la calidad del espectáculo que los demás observan; los particulares y funcionarios que están llamados a intervenir en estas y otras situaciones y no lo hacen son igualmente responsables de estar arruinando la forma de vida de todos los salvadoreños.

Porque de qué le sirve a usted tener un empleo regular o su empresita si corre el peligro de que lo asalten en todos lados, si los comerciantes —por avidez– viven subiendo los precios artificialmente, si el vecino lo desvela con música estridente, si le “chocan” el carro los cafres del servicio “colectivo”, si no le entregan reparados los electrodomésticos (o el vehículo, o el traje o vestido, todo, en fin) el día que se le había prometido, si todo el mundo llega super tarde a todo tipo de citas, si la vivienda que le entregan está plagada de defectos y es diferente a lo que habían pactado, si sus empleados le roban en todo lo que pueden, si la calidad de los productos (de todo tipo) impide lograr buenos productos finales, si su patrón procura evadir todas las obligaciones legales que puede, si no puedes realizar el bello turismo interno por temor a que te atraquen o te maten, si los cobros de ciertos servicios públicos están organizadamente realizados para “quebrarte” incluso en lo que no has consumido, si la ola de limosneros con garrote crece imparablemente, si todo en fin jala para abajo, en los modales, el vestir, el hablar y hasta los gestos.

Volviendo al principio, toda esta triste forma de vida no se corrige con que tu ganes el doble de lo que estás ganando (o adquieras un empleo digno) —lo que es necesario además—, pero lo que quiero destacar es que existen montañas de procesos culturales, de relaciones entre la gente en la ciudad, de cortesía, de ética, de tolerancia, de moderación, desmasificadores, que produzcan un renacer a la dignidad y el trato personal cara a cara, que se pueden y deben promover para elevar —en este sentido— nuestro nivel de vida.

Que no te vengan pues los campeones reduccionistas con la trampa de que nuestra forma de vida ya está discutida y la tenemos clara, y que lo único que tenemos que hacer es mejorar la economía. Aparte de ello y por encima de ello hay mucho que discutir.

*Lic. en Ciencias Políticas.

 

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