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Tabaco versus SIDA: una comparación

Luis Fernández Cuervo*
El Diario de Hoy
lfcuervo@tutopia.com
Los fumadores pasan a ser, así, como en la religión judía, una especie de “chivo expiatorio” desterrado al desierto.

No deja de extrañarme la distinta actitud que la Organización Mundial de la Salud (OMS) tiene ante el consumo del tabaco y la pandemia terrible del SIDA.

Parece como si, por una extrañísima confusión, todas las graves acusaciones y todo el peso de la lucha que debería hacerse contra el SIDA se haya trasladado contra los fumadores. Un psiquiatra podría darnos tal vez la explicación. A mí me asalta la sospecha de que se busca tranquilizar una mala conciencia, haciendo contra el tabaco lo que debería hacerse —pero no se atreven a hacer— contra el SIDA. Los fumadores pasan a ser, así, como en la religión judía, una especie de “chivo expiatorio” desterrado al desierto, cargando con los pecados de otros.

Efectivamente, los 192 estados miembros de la OMS acaban de firmar un duro plan internacional de lucha contra “las devastadoras consecuencias del consumo de tabaco y la exposición al tabaco”, con restricciones aún más fuertes contra la publicidad, incremento de los impuestos y advertencias sanitarias en los paquetes de cigarrillos. “La expansión de la epidemia de tabaco” —recalca la OMS— “es un problema mundial con consecuencias serias para la salud pública”. Subrayo “devastadora”, “exposición” y “epidemia” para llamar la atención sobre lo injusto de esta terminología.

El fumar no ha devastado ninguna región ni país. El SIDA sí lo está haciendo. El tabaco no es una epidemia, es un vicio de efectos perjudiciales a largo plazo. El SIDA es una epidemia con efectos mortales a muy corto plazo. El SIDA mata al que lo tiene y al que convive sexualmente con él. Los que conviven con los fumadores pueden sufrir molestias o agravarse en los síntomas si padecen enfermedad respiratoria, pero no se ha demostrado —por mucho que lo pretenden los antitabaco— que produzcan ninguna enfermedad mortal.

En esta lucha creciente se ha ido arrinconando progresivamente a los fumadores, echándoles de los aviones, los aeropuertos, los bares y restaurantes, las oficinas, los centros educativos, etc. En Nueva York, su alcalde ha promulgado una ley que prohíbe fumar en todos los bares y restaurantes de la “Gran Manzana”, con fuertes multas para los infractores. Eso debe haber hecho feliz a la directora de la OMS, que dice que “cuanto mayores sean las prohibiciones para fumar en lugares públicos, más aumentará el rechazo social al uso del tabaco”.

Nadie centra la lucha contra el tabaco en recomendar el filtro o la boquilla —aunque algo protege—. En eso hacen bien. En cambio contra el SIDA, toda la campaña de la OMS y otras entidades se han centrado en el uso del preservativo —que también algo protege—. Pero en eso hacen muy mal, pues allí donde llegan la propaganda y el reparto de preservativos es donde crece el número de sidosos.

Los fumadores, por lo visto, son viciosos que no merecen consideración ni respeto en su perversa conducta, porque atentan con sus humos contra la sociedad; en cambio, los que practican el libertinaje sexual, incluyendo las aberraciones, aunque se expongan o contagien de SIDA, están ejerciendo un sagrado derecho que debe ser respetado. Sabido es que el SIDA se descubrió en EE.UU. en tres varones homosexuales y que fue, en los primeros años, una plaga de homosexuales y drogadictos. No tardaron algunos de ellos, bisexuales, en propagarlo, a propósito, a las mujeres para que su culpabilidad en la epidemia quedara ocultada.

El primer sidoso identificado en El Salvador también fue un homosexual. ¿Han sido oficialmente discriminados por eso los homosexuales? Todo lo contrario, en todo el mundo han ido ganando derechos a difundir su “orgullo gay”. Aquí mismo, cualquiera que pase por su sede legal en San Salvador podrá ver la fachada de “Entre amigos” pintada de un amarillo chillón, con anuncio gigante de una marca de condones.

Por tanto, los fumadores deben ser discriminados y perseguidos; los homosexuales y sidosos, protegidos.

Si un fumador empedernido contrae cáncer puede demandar judicialmente a la empresa tabacalera, haciéndola culpable. En Estados Unidos, así, han obtenidos suculentas indemnizaciones millonarias. (¡¿?!). ¡Como si un fumador no supiera, desde hace más de cincuenta años, que el tabaco podía producirle cáncer! Pero si un promiscuo sexual que usa condón contrae el SIDA, no tiene derecho a demandar ni al laboratorio que lo fabricó ni a las numerosas entidades que hacen propaganda del preservativo como “sexo seguro”. Curioso, muy curioso.

¿O extraño?

Sin embargo, poco a poco se ha ido filtrando en algunas informaciones de prensa una verdad más esperanzadora: En unos pocos países, la infección del SIDA ha ido disminuyendo. El caso más llamativo, Uganda. The International Herald Tribune (4-3-03) señala que la tasa de nuevas infecciones en ese país comenzó a bajar a finales de los ochenta. Cuando la epidemia comenzó a frenarse había muy pocos preservativos. Lo que sucedía era que, desde 1986, con una campaña de bajo coste, se difundió un cambio de fondo en la conducta sexual. El mensaje fue éste: “Deja de tener varias parejas. Se fiel. Adolescentes, esperad hasta el matrimonio para tener relaciones sexuales”.

En 1995, según un estudio financiado por EE.UU., el 95% de los ugandeses declaraban haber tenido relaciones sexuales con una o con ninguna persona en el año anterior. El cambio más radical en la conducta sexual fue entre jóvenes de 15 a 19 años y, entre estos, el mayor descenso en la tasa de infección y de muertes por SIDA. En vista de ello, EE.UU. destina cada vez más fondos a este tipo (¿novedoso?) de campañas preventivas.

A Peter Piot, presidente de UNAIDS (la sección de la ONU contra el SIDA), le preguntaron años atrás que si la gente guardara la abstinencia prematrimonial y después la fidelidad matrimonial el SIDA dejaría de ser un peligro. Respondió algo así como “sí, desde luego, pero eso no es un asunto mío”. ¿Podrá ahora seguir diciendo lo mismo? Y en El Salvador ¿nos vamos enterando de lo que sirve y lo que no sirve en la lucha contra el SIDA? Señores,... ¡más vale tarde que nunca!

*Dr. en Medicina y columnista de El Diario de Hoy.

 

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