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Meditando
Preocupación y ocupación de todos
Hay
que aprovechar todos los grandes adelantos de la ciencia y de la
cultura para ser constructores corresponsables de nuestra patria.
Después de mi artículo anterior sobre Las empresas,
los empresarios, los trabajadores, quisiera recordar que el
bienestar de nuestro país y de todos nuestros conciudadanos
es preocupación y ocupación de TODOS los
salvadoreños. Si dejáramos esta responsabilidad en
manos de unos pocos -gobierno, instituciones, empresarios, maestros,
padres-, estaríamos haciendo como el avestruz: escondiendo
la cabeza en el hoyo de nuestra irresponsabilidad y de nuestra pereza.
La preocupación social deberá estar orientada al desarrollo
auténtico del hombre y de la sociedad, respetando y promoviendo
en toda su dimensión a la persona humana. Tenemos que observar
e interpretar los hechos según se van dando en la historia
del mundo y, especialmente, en la historia de nuestro país.
Tendríamos que -por medio de ellos- tomar conciencia cada
uno para que nosotros mismos vayamos dando respuestas adecuadas
en nuestro propio ambiente. Así como una piedra lanzada en
la superficie de un tranquilo lago va creando círculos concéntricos
cada vez más amplios, también nuestra influencia personal
-aunque parezca una piedra muy chica- podría ir cambiando
muchas cosas en El Salvador.
Hay que aprovechar todos los grandes adelantos de la ciencia y de
la cultura para ser constructores corresponsables de nuestra patria,
haciendo las necesarias y oportunas adaptaciones a nuestra idiosincrasia,
porque también ella se ve influenciada por el constante flujo
de los acontecimientos de la vida de los hombres y de las sociedades.
No podemos nunca considerar que es demasiado tarde. Hay que hacer
todos los esfuerzos necesarios, en especial en esta época
tan dramática de nuestro país y del mundo entero.
No podemos desanimarnos, a pesar de que nos parezca que los acontecimientos
van más rápidos que nunca y que nos sobrepasan, en
un movimiento cada vez más grande de continua aceleración.
Tenemos que sentir la necesidad de una concepción más
rica y diferenciada del desarrollo. Ser creativos para pensar y
desarrollar formas innovadoras de cambio. Tendríamos que
poner alma, corazón y vida al servicio de las necesidades
de nuestro pueblo.
No podemos olvidar que las alegrías y las tristezas, los
éxitos y los fracasos, y las esperanzas y las angustias de
los más desposeídos de nuestro pueblo deben ser las
de todos y cada uno de nosotros, sobre todo, de los que tienen más
capacidad intelectual y más recursos materiales, pues son
estos precisamente los medios que se necesitan para lograr el cambio.
La miseria, la ignorancia y el subdesarrollo son sólo otros
nombres que se aplican ahora a las tristezas y angustias de la mayoría,en
especial de los más pobres. Tenemos que esforzarnos por dar
horizontes de esperanza a estas multitudes. Pero no sólo
en la teoría sino en la práctica. Los que carecen
de bienes, de la cultura y de los adelantos y servicios ofrecidos
por el desarrollo son bastante más numerosos que los que
disfrutamos de ellos.
La conciencia del deber que tendríamos que tener los más
favorecidos debe impulsarnos a buscar los medios para sacar a nuestro
país del estado en que se encuentra. Y no sólo buscar
sino también sugerir y participar activamente. No lo olvidemos,
es un deber gravísimo desde todo punto de vista: social,
moral y religioso.
Los que -de alguna manera- estamos capacitados para hacerlo, tenemos
que señalar el carácter ético, cultural y moral
que nos corresponde a todos en la problemática relativa al
desarrollo cultural, social y moral de nuestro pueblo. La cuestión
social adquiere cada día una dimensión más
importante y más urgente. Cada uno debe tomar conciencia
de este hecho porque interpela directamente a nuestra conciencia
que es, precisamente, la fuente de nuestras decisiones morales.
Por consiguiente, tanto los gobernantes como los gobernados que
podamos hacerlo, tenemos la obligación moral de tomar en
consideración -en las decisiones de gobierno y en las personales-
la necesidad de conseguir el bien social en nuestro país,
pues todos nuestros actos tienen una interdependencia en la forma
de luchar para que miles de compatriotas logren salir de la miseria
y del subdesarrollo. Es una obligación moral. Es un deber
de solidaridad.
El verdadero desarrollo no puede consistir en una mera acumulación
de riquezas o en la mayor disponibilidad de los bienes y de los
servicios, si todo esto se obtiene a costa del subdesarrollo de
muchos y sin la debida consideración por la dimensión
social, cultural, moral y espiritual del ser humano.
*Columnista de El Diario de Hoy.
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