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Aprovechémoslo
El invierno

Pedro Roque*
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com

El invierno es bueno, es una bendición que revive a la naturaleza con su infinito espectro de verdes claros y oscuros, realimenta el subsuelo de agua dulce, rellena los embalses y trae consigo vida para todos. Aprovechémoslo.

Ya lo tenemos con nosotros y, como siempre, trae consigo muchas cosas buenas y otras que no lo son tanto. Las buenas son las naturales del cambio de estación. Llueve y la tierra responde de inmediato, absorbiendo el agua y en su interior suceden una infinidad de fenómenos naturales. Se reinician ciclos de vida de muchos pequeños animales y microorganismos, y las raíces de las plantas absorben el agua y a través de su metabolismo la convierten en savia y sólo unas horas más tarde cambia el color de nuestro entorno, de unos verdes pálidos y amarillentos a una infinidad de verdes desde los más claros y brillantes hasta los oscuros, que transmiten una sensación de alegría y tranquilidad al cruzar cualquier monte o algunas de las carreteras cubiertas por las copas de los árboles de cada lado. En invierno, todo El Salvados se pone verde.

Los ríos en invierno tienen un poco más de agua y lo mismo los embalses. Tanto para los regadíos como para la generación eléctrica es muy bueno que suban los niveles. Cada centímetro de agua en el nivel de los embalses significa muchos kilovatios de electricidad para la comodidad de los hogares y la rentabilidad de las industrias.

Las semillas sembradas a tiempo empiezan a germinar después de las primeras lluvias y, además de la alimentación vegetal, el invierno hace que haya pasto para el ganado y con ello también nos asegura carne.

Pero también el invierno trae algunas cosas menos buenas. Inundaciones causadas por los propios desarreglos y arrebatos de la naturaleza, en parte como respuesta natural al mal uso que hemos hecho y continuamos haciendo de los recursos naturales. Hemos “pelado” cientos de miles de kilómetros cuadrados para construir ciudades y carreteras. La relación de uso y reforestación en todo el mundo, según escuché recientemente, está por debajo del diez por ciento, es decir, que por cada diez árboles que cortamos, sólo reforestamos uno, el diámetro del agujero de la capa de ozono es cada año un poco más grande, la contaminación del aire en las ciudades es creciente, la superpoblación genera cada día más desechos antinaturales como los plásticos y así poco a poco la naturaleza se vuelve contra nosotros.

Además de las inundaciones de origen natural, también vienen las que ya sabemos que son por culpa nuestra y que, siendo evitables, todos los años se presentan y generan una inmensidad de costos adicionales. Mencionaré algunos ejemplos:
Si usted después de una tormenta o al día siguiente de una gran lluvia pasa frente a una construcción, no importa si es de una carretera, una casa o un edificio particular o del Gobierno, observará cómo las corrientes han arrastrado muchas toneladas de arena, tierra y gravilla, que van a parar al sistema de alcantarillado, reduciendo su capacidad de conducción del agua o incluso taponándolo.

Y con las bolsas de basura sucede lo mismo. Para nuestra comodidad colocamos la basura en bolsas de plástico, que por la irregularidad de la hora en que pasa el tren de aseo, con frecuencia son arrastradas por las corrientes a las cunetas de las calles, y en algún lugar crean un taponamiento impresionante, que incluso inunda calles y barriadas.
¿Y qué más trae el invierno? Pues las enfermedades que propician la humedad y las aguas estacadas. Los zancudos se crían en el agua estancada y ya sabemos la lista de enfermedades que transmiten. Los resfriados después de una tormenta son muy frecuentes, y los tragantes y los canales de los techos de las casas también se tapan. En el invierno se descubren nuevas goteras que no teníamos el año pasado.

Como todo en esta vida, el invierno trae consigo cosas buenas y menos buenas, y para algunos es oportuno, y para otros, no. Bien dice el refrán “nunca llueve para todos”. Al constructor le gustaría que el invierno empiece cuando terminó de techar su obra, pero un retraso del invierno puede resultar fatal para el campesino, que ya sembró las semillas de su cultivo.
Otras cosas que se complican con la venida del invierno son las carreteras, que por las malas condiciones de evacuación del agua lluvia se convierten en pozos resbaladizos y peligrosos que no se sabe su profundidad. Hace tres semanas, en la obra frente al mercado nuevo de San Martín, después de una fuerte lluvia, se formó un “estanque” como de 100 metros de largo y casi medio metro de profundidad.

Las plantas crecen y tapan las señalizaciones de las carreteras y no se sabe quién es el responsable del mantenimiento. Si quiere siga usted con la lista de las consecuencias nocivas que acompañan al invierno.
Pero, ¿de verdad es el invierno el que trae estas consecuencias? No, es mentira, no es el invierno el malo.

Al saber que el invierno siempre viene y en las mismas fechas como ciclo natural, lo que nos causa los problemas es la falta de previsión y negligencia. Pregúntenle al constructor si es la primera vez que el agua arrastra la arena o erosiona el suelo de su obra. Les dirá que no.
Pregúntenle al alcalde si el año pasado se taparon las alcantarillas de los barrios de la zona baja de su ciudad. Les dirá que sí. Y pregúntese usted mismo si ya sabía que los zancudos se crían en el agua estancada o que si se moja se resfría. Se dará cuenta de que sí, que estas cosas elementales todos las sabemos. Sin embargo, la lluvia se lleva la tierra de las obras, las alcantarillas se taponan y más de la mitad de la gente se enferma después de una tormenta.
Conclusión: El invierno es bueno, es una bendición que revive a la naturaleza con su infinito espectro de verdes claros y oscuros, realimenta el subsuelo de agua dulce, rellena los embalses y trae consigo vida para todos.
Aprovechémoslo y alegrémonos que otra vez estamos en invierno.

*Ingeniero y columnista de El Diario de Hoy.

 

 

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