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La
nota del día
Una
década del museo Hawkins
Lo que se requiere es interés y un poco, o muchísima,
pasión por el saber y por la ciencia.
Diez años de fructífera labor cumplió el museo
Stephen Hawkins, institución abocada a instruir, informar
y deleitar a jóvenes y adultos en el mundo maravilloso de
la ciencia.
El museo, mediano en espacio pero muy grande en proyecciones y logros,
es el único en El Salvador dedicado a la ciencia; hay exhibiciones
relacionadas con la física, la astronomía, la ecología,
la luz y sonido, la electricidad y muchas otras disciplinas.
Los museos de esta clase, a causa de sus enormes limitaciones, no
hacen más que abrir ventanas a la imaginación, despertar
curiosidad, asombrarnos. Y es en los dos extremos del mundo físico
el átomo y los espacios intergalácticos
donde se nos revela la inmensidad y la complejidad de lo que nos
rodea. En las exhibiciones se pueden ver a escala los tamaños
y las distancias relativas del astro rey, la Tierra y los planetas
más cercanos.
El problema es que los jóvenes estudiantes que llegan al
museo no conocen el significado de la palabra escala,
lo que es una terrible limitante para llegar a entender de qué
trata la astronomía. Si se piensa que de ser la Vía
Láctea, nuestra galaxia, del tamaño de Estados Unidos,
necesitaríamos una lupa para ver la Tierra.
Colocando frente a nuestros ojos algunos enigmas de la naturaleza,
explicando fenómenos simples, advirtiendo sobre las amenazas
que se ciernen sobre la vida, hay una probabilidad de que un número
de visitantes se asombre, quiera saber más y en tal manera
se despierte en su espíritu el deseo de dedicar su vida a
saber y a investigar.
Los griegos pensaban que el asombro nos lleva de la mano a superiores
niveles de comprensión. Ellos se asombraban de la inmensidad
del firmamento, de lo regular de los fenómenos naturales,
de la furia desencadenada de mares y tormentas; el milagro no es
flotar por los aires, sino la existencia de la atmósfera,
de la luz, de nuestro cuerpo, del inexorable movimiento de las estrellas.
Sembrando semilla en almas jóvenes
El museo da una valiosísima lección a los maestros
y a quienes nos apasionan los grandes temas de la educación:
con materiales accesibles y baratos, las lecciones fundamentales
de la ciencia se pueden impartir en nuestras escuelas y hasta en
nuestros hogares.
Con baterías caseras, pedazos de metal, pintura, tijeras,
alambre y objetos desechados, maestros, padres de familia y los
mismos estudiantes pueden formar sus exhibiciones y, lo decimos
con muy respetuosa distancia, su propio museo Hawkins. En EL DIARIO
DE HOY publicamos experimentos simples que cualquier niño
puede hacer, y hay programas televisivos con igual fin.
Lo que se requiere es interés y un poco, o muchísima,
pasión por el saber y por la ciencia.
El museo se esfuerza por implantar la buena semilla en el alma de
los jóvenes que acuden al lugar.
En adición a lo que se expone, hay visitas guiadas, experimentos
colectivos, proyecciones de vídeos, charlas y folletos. Está
siempre la presencia, real o en espíritu, de Linda y John
Buchner y de los miembros de la fundación, que se ocupan
de manera permanente en mejorar contenidos y despertar entusiasmos
y alianzas. Se trabaja para seguir el avance vertiginoso de la ciencia,
que cada tres o cinco años duplica el conocimiento humano.
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