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Tema
para reflexionar
Historia de una silla de ruedas
Nuestra
fe en Cristo Jesús nos permite expresar públicamente:
Gracias Señor por el hermano de la silla de ruedas, pues donde
tú le tienes ahora, ya no necesita de ella. Quien la tenga...
puede quedarse con ella.
Nunca le conocí personalmente, ya que ni su nombre recuerdo.
Asistía a los cultos de mi iglesia con regularidad; se sentaba
a mi izquierda mientras predicaba, casi en todos los servicios.
Era un paralítico en una silla de ruedas. No le llamo pobre,
pues los que pertenecemos al Reino de Dios nunca somos pobres. Lo
que sucede es que muchos ignoran las riquezas espirituales que nos
brinda la presencia de Jesús en nuestras vidas.
Era un hermano en Cristo, robusto y fuerte de sus brazos. Me imagino
que esa fortaleza provenía de empujar esa silla de ruedas
a la que estaba confiando.
Cada vez que yo entraba por el costado de la iglesia, por fuerza
pasaba saludándolo. ¿Cómo llegó a esa
silla? No lo sé, aunque confieso que en repetidas ocasiones
me vi tentado a interrogarlo. Su Biblia e himnario estaban siempre
en sus manos. Cuando desde mi púlpito yo mencionaba alguna
cita bíblica, él corría las páginas
con destreza hasta encontrarla.
En esta última Navidad pude notar que dentro del grupo de
discapacitados que con regularidad se congregaban con nosotros,
el mencionado hermano no se encontraba. Mi corazón se dio
a sí mismo múltiples explicaciones de lo que le podría
haber sucedido; mi temor aumentó en forma desproporcional,
y no fue sino hasta finales de enero de 2003 que me lo encontré
bajando la cuesta sobre la 73a. Av. Sur, que finaliza en una de
las entradas principales de nuestra iglesia.
Mi corazón saltó de alegría, me acerqué
a él y lo vi maltrecho, enfermizo y demacrado; además,
noté con claridad que esa no era su silla de ruedas. En buen
samaritano salvadoreño le pregunté: ¿Qué
le pasó hermano, ya no lo he visto en los servicios de la
iglesia? Bajando su rostro, muy humillado me dijo: ¡Viera
pastor, el 31 de diciembre, cuando regresaba de mi querida iglesia,
me asaltaron unos malhechores, que creyeron que yo venía
de pedir dinero de la calle, y me lo exigían, pero yo sólo
llevaba dos dólares, pues traje cuatro al culto, puse dos
en la ofrenda y los otros dos eran para mi cena. Me golpearon, me
tomaron en peso y me tiraron sobre el pavimento; me patearon y me
robaron mi silla de ruedas. Esta que ahora cargo me la han alquilado.
No lo dejé hablar más, y le expliqué que nos
haríamos cargo de su situación, que no se me perdiera
de vista, que su vida cambiaría de ese momento en adelante.
Al comenzar la liturgia de nuestro servicio religioso, me tocó
dar los anuncios y mencioné la necesidad que teníamos
de una buena silla de ruedas, y narré sin muchos detalles
la historia de la silla de ruedas del hermano.
A alguien tocó el Señor Jesús esa noche, pues
un señor muy elegante, blanco, muy saludable, vino a la mañana
siguiente, muy temprano a las puertas de nuestra iglesia, y dijo
con voz muy autoritaria: ¡Esta silla la pidió el hermano
Toby anoche, por favor sin comentarios, y se marchó en su
vehículo 4X4.
Pero no dejamos el problema a medias. Me las arreglé para
que trabajara con nosotros, pero... ¿de qué? era
un hombre en una silla de ruedas. A mis oídos llegó
la noticia de que en el departamento de circulación de nuestro
periódico Jerusalén, teníamos problemas
con la entrega de las copias de cortesía que se envían
a personalidades.
Ahí lo pusimos a trabajar, con su seguro social y todos los
beneficios que proporciona nuestra corporación. Mi hermano
estaba de lo más feliz, un discapacitado trabajando para
su Señor Jesucristo.
Una mañana del mes de abril del presente año sonó
el teléfono, y una persona que se identificó como
una vendedora ambulante del mercado del centro de la ciudad me dio
una noticia que conmovió mi fe: ¿Hablo con el
pastor Toby? Con el mismo le contesté, todavía
sonriente.
Pues venga me dijo, que a su empleado en silla
de ruedas le acaban de asestar cuatro balazos y se está muriendo.
Me apresuré lo más que pude hasta llegar al sitio
donde me habían indicado que lo encontraría, pero
ya no le encontré, sólo estaba la silla de ruedas
ensangrentada.
¿Qué había sucedido? Le intentaron robar de
nuevo su silla de ruedas, pero esta vez él se negó,
según testigos presenciales, pues les dijo a sus agresores:
¡Esta (la silla) no se las doy, pues mi Señor Jesús
me la ha regalado! Y le dispararon a mansalva.
Cuando su vida comenzaba a tener un rumbo, si se puede llamar normal,
Dios permite que una persona, probablemente discapacitada desde
su nacimiento, fuese asesinada con toda barbarie.
Ahora resulta que el Seguro Social está investigando su muerte
y, según parece, quieren negarle a su pobre familia la pensioncita
a que tienen derecho. Nos preguntamos: ¿Cuándo Jesús
vuelva a la tierra hallará justicia?
Después de todo este incidente de la muerte de mi hermano
en Cristo, encomendé a uno de mis colaboradores que fuese
al lugar de los hechos a recoger la silla de ruedas, pues nos podría
servir para otro discapacitado de nuestra iglesia, pero de nuevo
la silla se la habían robado. ¿Cuál fue la
culpa de este pobre hombre? Estar confinado a una silla de ruedas,
lo cual lo hacía más vulnerable a la violencia social
en que vivimos en nuestro amado El Salvador.
*Pastor.
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