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Tema para reflexionar
Historia de una silla de ruedas

Edgar López Bertrand*
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com
Nuestra fe en Cristo Jesús nos permite expresar públicamente: Gracias Señor por el hermano de la silla de ruedas, pues donde tú le tienes ahora, ya no necesita de ella. Quien la tenga... puede quedarse con ella.

Nunca le conocí personalmente, ya que ni su nombre recuerdo. Asistía a los cultos de mi iglesia con regularidad; se sentaba a mi izquierda mientras predicaba, casi en todos los servicios.

Era un paralítico en una silla de ruedas. No le llamo pobre, pues los que pertenecemos al Reino de Dios nunca somos pobres. Lo que sucede es que muchos ignoran las riquezas espirituales que nos brinda la presencia de Jesús en nuestras vidas.

Era un hermano en Cristo, robusto y fuerte de sus brazos. Me imagino que esa fortaleza provenía de empujar esa silla de ruedas a la que estaba confiando.

Cada vez que yo entraba por el costado de la iglesia, por fuerza pasaba saludándolo. ¿Cómo llegó a esa silla? No lo sé, aunque confieso que en repetidas ocasiones me vi tentado a interrogarlo. Su Biblia e himnario estaban siempre en sus manos. Cuando desde mi púlpito yo mencionaba alguna cita bíblica, él corría las páginas con destreza hasta encontrarla.

En esta última Navidad pude notar que dentro del grupo de discapacitados que con regularidad se congregaban con nosotros, el mencionado hermano no se encontraba. Mi corazón se dio a sí mismo múltiples explicaciones de lo que le podría haber sucedido; mi temor aumentó en forma desproporcional, y no fue sino hasta finales de enero de 2003 que me lo encontré bajando la cuesta sobre la 73a. Av. Sur, que finaliza en una de las entradas principales de nuestra iglesia.

Mi corazón saltó de alegría, me acerqué a él y lo vi maltrecho, enfermizo y demacrado; además, noté con claridad que esa no era su silla de ruedas. En buen samaritano salvadoreño le pregunté: —¿Qué le pasó hermano, ya no lo he visto en los servicios de la iglesia? Bajando su rostro, muy humillado me dijo: —¡Viera pastor, el 31 de diciembre, cuando regresaba de mi querida iglesia, me asaltaron unos malhechores, que creyeron que yo venía de pedir dinero de la calle, y me lo exigían, pero yo sólo llevaba dos dólares, pues traje cuatro al culto, puse dos en la ofrenda y los otros dos eran para mi cena. Me golpearon, me tomaron en peso y me tiraron sobre el pavimento; me patearon y me robaron mi silla de ruedas. Esta que ahora cargo me la han alquilado.

No lo dejé hablar más, y le expliqué que nos haríamos cargo de su situación, que no se me perdiera de vista, que su vida cambiaría de ese momento en adelante. Al comenzar la liturgia de nuestro servicio religioso, me tocó dar los anuncios y mencioné la necesidad que teníamos de una buena silla de ruedas, y narré sin muchos detalles la historia de la silla de ruedas del hermano.

A alguien tocó el Señor Jesús esa noche, pues un señor muy elegante, blanco, muy saludable, vino a la mañana siguiente, muy temprano a las puertas de nuestra iglesia, y dijo con voz muy autoritaria: ¡Esta silla la pidió el hermano Toby anoche, por favor sin comentarios, y se marchó en su vehículo 4X4.

Pero no dejamos el problema a medias. Me las arreglé para que trabajara con nosotros, pero... ¿de qué? —era un hombre en una silla de ruedas—. A mis oídos llegó la noticia de que en el departamento de circulación de nuestro periódico “Jerusalén”, teníamos problemas con la entrega de las copias de cortesía que se envían a personalidades.

Ahí lo pusimos a trabajar, con su seguro social y todos los beneficios que proporciona nuestra corporación. Mi hermano estaba de lo más feliz, un discapacitado trabajando para su Señor Jesucristo.

Una mañana del mes de abril del presente año sonó el teléfono, y una persona que se identificó como una vendedora ambulante del mercado del centro de la ciudad me dio una noticia que conmovió mi fe: —¿Hablo con el pastor Toby? —Con el mismo —le contesté, todavía sonriente.

—Pues venga —me dijo—, que a su empleado en silla de ruedas le acaban de asestar cuatro balazos y se está muriendo. Me apresuré lo más que pude hasta llegar al sitio donde me habían indicado que lo encontraría, pero ya no le encontré, sólo estaba la silla de ruedas ensangrentada.

¿Qué había sucedido? Le intentaron robar de nuevo su silla de ruedas, pero esta vez él se negó, según testigos presenciales, pues les dijo a sus agresores: ¡Esta (la silla) no se las doy, pues mi Señor Jesús me la ha regalado! Y le dispararon a mansalva.

Cuando su vida comenzaba a tener un rumbo, si se puede llamar normal, Dios permite que una persona, probablemente discapacitada desde su nacimiento, fuese asesinada con toda barbarie.

Ahora resulta que el Seguro Social está investigando su muerte y, según parece, quieren negarle a su pobre familia la pensioncita a que tienen derecho. Nos preguntamos: ¿Cuándo Jesús vuelva a la tierra hallará justicia?

Después de todo este incidente de la muerte de mi hermano en Cristo, encomendé a uno de mis colaboradores que fuese al lugar de los hechos a recoger la silla de ruedas, pues nos podría servir para otro discapacitado de nuestra iglesia, pero de nuevo la silla se la habían robado. ¿Cuál fue la culpa de este pobre hombre? Estar confinado a una silla de ruedas, lo cual lo hacía más vulnerable a la violencia social en que vivimos en nuestro amado El Salvador.

*Pastor.

 

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