| |

Comentando
El aislamiento estadounidense.
A
los estadounidenses les cuesta admitir su nacionalismo, pues asocian
la palabra con nociones de superioridad étnica o racial que
dicen rechazar.
El problema de los jóvenes norteamericanos es que ni su
país es una isla autosuficiente que pueda prescindir de la
comunidad internacional ni el resto del mundo acepta adoptar sus
valores A mi paso por Viena, Austria, la semana pasada, leí
en un periódico local una crónica conmovedora acerca
de una escuela de primaria y secundaria que enfrenta un inusitado
e interesante problema de relaciones internacionales.
La Escuela Internacional Americana fue fundada originalmente para
educar a los hijos de diplomáticos y ejecutivos de empresa
norteamericanos y británicos que trabajan temporalmente en
Viena. Hoy, la escuela ha crecido y se ha diversificado. La matrícula
registra estudiantes de 56 países, incluyendo al país
anfitrión.
El problema, sin embargo, no es la internacionalización del
estudiantado. De hecho, antes de la guerra de Estados Unidos contra
Iraq, este problema no existía. Hoy, según dice James,
un chico norteamericano de 13 años, todo es diferente, pues
parece que todo el mundo odia a Estados Unidos. Básicamente,
son los americanos contra el resto del mundo.
Más allá del ocasional insulto o de las pequeñas
manifestaciones de otros estudiantes contra la política belicista
de Estados Unidos, lo que ha resultado inconcebible para los muchachos
estadounidenses es que cuando discuten en la clase temas de política
exterior, ellos siempre son una minoría enfrentada al resto
del mundo.
Los maestros rechazan la idea de que en la escuela se viva ahora
un clima antinorteamericano e insisten en que sus programas promueven
activamente la tolerancia racial y étnica. La raíz
del problema es que los chicos estadounidenses aprenden en sus casas
una visión del mundo que choca con la que los otros niños
oyen en sus hogares y al llegar a su escuela son confrontados por
la mayoría.
A pesar de las dificultades que los muchachos estadounidenses padecen,
ya algunos de ellos están sacando provecho de la experiencia.
Katie, por ejemplo, piensa que a pesar de los desacuerdos tus
mejores amigos no necesariamente tienen que ser americanos.
Esta semana, llegando a Umbría, en la provincia italiana,
leí en un diario estadounidense otra crónica sobre
la evolución del pensamiento de los jóvenes norteamericanos
que viven en Estados Unidos. El contraste es alucinante.
Una encuesta reciente hecha por la Universidad de Harvard, en la
que se entrevistó a 1,200 estudiantes de universidades norteamericanas,
encontró que dos tercios apoyaron la guerra contra Iraq,
viéndola como un claro ejemplo de guerra defensiva, no de
agresión.
Para estos jóvenes es evidente que la ruta en la que el presidente
George W. Bush ha embarcado al país es la correcta. Las aplastantes
victorias del ejército estadounidense en Afganistán
e Iraq han hecho resurgir la confianza de los jóvenes en
las fuerzas armadas y les han hecho sentir que cualquier ataque
que el país sufra en el futuro será respondido con
potencia devastadora. Es interesante notar que la fe en las fuerzas
armadas se ha incrementado al tiempo que la credibilidad de otras
instituciones como la iglesia, las corporaciones y el Congreso se
ha debilitado enormemente. También es evidente el resurgimiento
del nacionalismo de estos jóvenes, que se ven fuertes,
valientes, orgullosos de ser estadounidenses
y ven a Bush como a un héroe.
A los estadounidenses les cuesta admitir su nacionalismo, pues asocian
la palabra con nociones de superioridad étnica o racial que
dicen rechazar. Curiosamente, su nacionalismo se funda en la controvertida
noción de que sus ideales políticos son superiores.
Las instituciones políticas y los ideales americanos,
escribe Minxin Pei en la revista Foreign Policy, así
como los logros prácticos que se le atribuyen a estas instituciones
han convencido a los americanos que sus valores deberían
ser universales. El nacionalismo norteamericano, apunta Pei,
es diferente al de otros países porque es triunfalista, no
agraviado por viejas ofensas y, generalmente, orientado al futuro,
no al pasado.
El enorme problema para los jóvenes norteamericanos, sin
embargo, es que ni Estados Unidos es una isla autosuficiente que
pueda prescindir de la comunidad internacional ni el resto del mundo
acepta adoptar para sí los valores estadounidenses. Por más
que se sientan protegidos por el ejército más poderoso
del mundo, los jóvenes norteamericanos no podrán vivir
ensimismados. Lo que necesitan es salir al mundo para descubrir,
como les sucedió a los niños de la escuela internacional
de Viena, que el mundo es ancho y ajeno.
*Miembro del consejo editorial de
Los Angeles Times.
|
|