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Meditando
¿Padre de la patria, yo?
No
todos estamos capacitados para resistir y perseverar, e incluso
los que creemos estarlo tenemos frecuentemente que acudir a alguna
fórmula eficaz.
No tenía noticias de ella desde hacía mucho tiempo
y es lógico que su llamada me sorprendiera. Diversas circunstancias
nos habían separado desde la adolescencia, y luego, como
suele suceder, el ejercicio de ocupaciones muy distantes y un poco
de desinterés impidieron entre nosotros cualquier posibilidad
de encuentro.
Al cabo de tantos años, escuchar de nuevo su voz me resultaba
particularmente emotivo, sobre todo porque nunca he creído
ocupar ningún puesto relevante en los recuerdos de infancia
de otras personas.
Pero no duró mucho la alegría. Tras las preguntas
que la elemental curiosidad imponía: Bueno, ¿y
ya te casaste? ¿Tenés hijos? ¿Qué fue
de aquella amiga tuya a la que nunca le caí bien?,
la voz al otro lado de la línea me permitió adivinar
por qué de pronto, como por arte de magia, algunas memorias
a mi alrededor han empezado súbitamente a refrescarse: Por
cierto, me he enterado que ahora sos Padre de la Patria,
y quise molestarte para....
Por supuesto, la alusión a tan inmerecida paternidad dio
pie a un intercambio de bromas, pero debo confesar que la llamada
de mi amiga perdió su encanto inicial. No pude evitar preguntarme
si aquel telefonazo se habría verificado en circunstancias
distintas.
¡Padre de la Patria!. Pocos títulos hay
en el medio político que se presten a más ambigüedades,
sarcasmos e intereses infundados. Pocos hay también que expresen
con mayor exactitud el grado de hinchazón que genera el poder,
por mínimo que sea, en cierta clase de espíritus.
Los oropeles, bien lo sé, van de la mano con las responsabilidades
públicas. La falta de una digna oficina puede ser compensada,
en muchos personajes que conozco, por el honor de una
mesa exclusiva en el mejor restaurante de la ciudad. Para ellos
no importa lo que el cargo implica, sino lo que el cargo ofrece;
en otras palabras, creerse el puesto les parece más
atractivo que merecérselo.
Y debo confesar que ahora los entiendo más. Ahora compruebo
que no es fácil desplegar carácter en un ambiente
que está acondicionado para ahogarlo. Ahora entiendo cuán
tentador puede ser, a la luz de tantos flashes, perder de vista
la fugacidad de un cargo. Ahora descubro cuán fácil
es, parado ante decenas de micrófonos, olvidar que la desmedida
atención que hoy se brinda a nuestras palabras no otorga
brillantez ni consistencia a nuestra opinión.
Interiorizar que el puesto que ocupas no le está agregando
nada al ser humano que eres, o que la balanza divina suele inclinarse
por el peso de las acciones y no por el peso de los títulos
sean estos de Diputado, Alcalde o
Presidente, pueden ser ejercicios de conciencia
poco llamativos en una atmósfera cargada de mezquindades.
Y la Asamblea Legislativa, como cualquiera otra institución
terrenal, tiene esa atmósfera.
La autoafirmación diaria de no ceder a las tentaciones exige
una madurez y una disciplina muy particulares, porque las cáscaras
de guineo están a la vuelta del primer arrullo a nuestra
vanidad. No todos estamos capacitados para resistir y perseverar,
e incluso los que creemos estarlo tenemos frecuentemente que acudir
a alguna fórmula eficaz. Yo suelo poner en práctica
la de cierto cantante que una vez declaró a la prensa: Cuando
empiezo a creer que el mundo gira alrededor mío, recuerdo
que los cementerios están llenos de gente que creyó
lo mismo.
Los cargos, a fin de cuentas, son tan efímeros como la vida
misma. Si ni siquiera los dones personales más evidentes
nos son concedidos con garantía de duración, ¿qué
razones tenemos para actuar como si nuestras funciones fueran vitalicias?
La inmodestia es la inútil concesión que hacemos a
las circunstancias. Y ya sabemos que el control de las circunstancias
no estará siempre en nuestras manos.
En su deliciosa columna del periódico ABC de España,
José Luis Martín Descalzo escribió alguna vez
que no siempre los personajes más admirados y respetados
son los que sostienen el mundo, sino aquellos que humildemente,
en el anonimato del trabajo diario, contribuyen con su entrega y
alegría a la construcción de mejores sociedades. "En
cuanto a los otros", nos dice el padre Martín, ¡pobrecitos!
¡Bastante castigo tienen con haberse creído importantes!.
*Escritor y diputado.
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