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Meditando
¿Padre de la patria, yo?

Federico Hernández Aguilar*
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com

No todos estamos capacitados para resistir y perseverar, e incluso los que creemos estarlo tenemos frecuentemente que acudir a alguna fórmula eficaz.

No tenía noticias de ella desde hacía mucho tiempo y es lógico que su llamada me sorprendiera. Diversas circunstancias nos habían separado desde la adolescencia, y luego, como suele suceder, el ejercicio de ocupaciones muy distantes y un poco de desinterés impidieron entre nosotros cualquier posibilidad de encuentro.

Al cabo de tantos años, escuchar de nuevo su voz me resultaba particularmente emotivo, sobre todo porque nunca he creído ocupar ningún puesto relevante en los recuerdos de infancia de otras personas.
Pero no duró mucho la alegría. Tras las preguntas que la elemental curiosidad imponía: —“Bueno, ¿y ya te casaste? ¿Tenés hijos? ¿Qué fue de aquella amiga tuya a la que nunca le caí bien?”, la voz al otro lado de la línea me permitió adivinar por qué de pronto, como por arte de magia, algunas memorias a mi alrededor han empezado súbitamente a refrescarse: “Por cierto, me he enterado que ahora sos ‘Padre de la Patria’, y quise molestarte para...”.

Por supuesto, la alusión a tan inmerecida paternidad dio pie a un intercambio de bromas, pero debo confesar que la llamada de mi amiga perdió su encanto inicial. No pude evitar preguntarme si aquel telefonazo se habría verificado en circunstancias distintas.

“¡Padre de la Patria!”. Pocos títulos hay en el medio político que se presten a más ambigüedades, sarcasmos e intereses infundados. Pocos hay también que expresen con mayor exactitud el grado de hinchazón que genera el poder, por mínimo que sea, en cierta clase de espíritus.

Los oropeles, bien lo sé, van de la mano con las responsabilidades públicas. La falta de una digna oficina puede ser compensada, en muchos personajes que conozco, por el “honor” de una mesa exclusiva en el mejor restaurante de la ciudad. Para ellos no importa lo que el cargo implica, sino lo que el cargo ofrece; en otras palabras, “creerse” el puesto les parece más atractivo que merecérselo.

Y debo confesar que ahora los entiendo más. Ahora compruebo que no es fácil desplegar carácter en un ambiente que está acondicionado para ahogarlo. Ahora entiendo cuán tentador puede ser, a la luz de tantos flashes, perder de vista la fugacidad de un cargo. Ahora descubro cuán fácil es, parado ante decenas de micrófonos, olvidar que la desmedida atención que hoy se brinda a nuestras palabras no otorga brillantez ni consistencia a nuestra opinión.

Interiorizar que el puesto que ocupas no le está agregando nada al ser humano que eres, o que la balanza divina suele inclinarse por el peso de las acciones y no por el peso de los títulos —sean estos de “Diputado”, “Alcalde” o “Presidente”—, pueden ser ejercicios de conciencia poco llamativos en una atmósfera cargada de mezquindades. Y la Asamblea Legislativa, como cualquiera otra institución terrenal, tiene esa atmósfera.
La autoafirmación diaria de no ceder a las tentaciones exige una madurez y una disciplina muy particulares, porque las cáscaras de guineo están a la vuelta del primer arrullo a nuestra vanidad. No todos estamos capacitados para resistir y perseverar, e incluso los que creemos estarlo tenemos frecuentemente que acudir a alguna fórmula eficaz. Yo suelo poner en práctica la de cierto cantante que una vez declaró a la prensa: “Cuando empiezo a creer que el mundo gira alrededor mío, recuerdo que los cementerios están llenos de gente que creyó lo mismo”.

Los cargos, a fin de cuentas, son tan efímeros como la vida misma. Si ni siquiera los dones personales más evidentes nos son concedidos con garantía de duración, ¿qué razones tenemos para actuar como si nuestras funciones fueran vitalicias? La inmodestia es la inútil concesión que hacemos a las circunstancias. Y ya sabemos que el control de las circunstancias no estará siempre en nuestras manos.

En su deliciosa columna del periódico ABC de España, José Luis Martín Descalzo escribió alguna vez que no siempre los personajes más admirados y respetados son los que sostienen el mundo, sino aquellos que humildemente, en el anonimato del trabajo diario, contribuyen con su entrega y alegría a la construcción de mejores sociedades. "En cuanto a los otros", nos dice el padre Martín, “¡pobrecitos! ¡Bastante castigo tienen con haberse creído importantes!”.
*Escritor y diputado.

 

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