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La nota del día
Lecciones del SIDA para combatir el SARS

Si para China, Taiwan y Hong Kong ha sido una catástrofe el SARS, imaginemos lo que sería en un tercer mundo sin médicos ni medicinas.

Las lecciones que ha dejado el SIDA, son utilizadas para conjurar una amenaza mucho mayor, la del SARS. En China, y aunque se aplique en casos extremos, el gobierno ha decretado la pena de muerte para aquellos que sabiendo que padecen el mal, lo propaguen. En el caso del SIDA, no hay penas para los individuos que conscientemente continúen infectando a otros con el mal. El asunto se ve como un tema privado, e inclusive es prohibido exigir a alguien mostrar exámenes de sangre para obtener un empleo o para matrimoniarse.

La permisividad respecto al SIDA es causa, en gran parte, de que más de ochocientos mil individuos padezcan SIDA en el Caribe, la región más afectada después de África. De hecho, en los años ochenta se estableció que muchos de los infectados de SIDA que fueron apareciendo en Estados Unidos habían visitado unos burdeles de homosexuales en Haití. En ese entonces, el SIDA afectaba mayoritariamente a los homosexuales, lo que ya no es el caso.

En África, como decimos, el SIDA está diezmando a la población subsahariana, hasta el extremo de que hay grandes zonas donde una cuarta parte de los pobladores está infectada. Las víctimas principales, además de los contagiados que muy pronto mueren, son los niños, que quedan en el desamparo al ir desapareciendo sus padres, sus maestros e inclusive los que manejan las redes asistenciales, de por si muy precarias. El SIDA ha ido propagándose a lo largo de las rutas de los camioneros, que visitan los burdeles y dejan allí la infección, o la contraen. Apenas un pequeño porcentaje de la gente usa condón, como es usual en el tercer mundo.

Por su particular naturaleza, de que el contagio es por contacto directo y carnal, el SIDA se prestaba a ser aislado y erradicado en sus inicios, ya que no tiene la terrible virulencia del SARS, que hasta por los ductos de aire acondicionado se esparce. Una persona que no tenga llagas en la boca puede usar los cubiertos de un sidoso sin contagiarse; en cambio, basta que alguien estornude en un teatro para infectar a muchos de los presentes.

Una pesadilla sobre el tercer mundo

No se hizo nada para contener el SIDA porque las asociaciones de homosexuales veían toda medida de control como una invasión de su privacidad, o una forma de discriminarlos. Nadie, según su propia interpretación de la ley, está obligado a revelar con quiénes tuvo relaciones. Al ser así, las autoridades sanitarias no tienen manera de evitar que anden sidosos sueltos contagiando a personas inocentes. Esta aberrante postura ha impedido que en nuestro país se haga el examen de SIDA a violadores, o se separe a los sidosos del resto de reclusos en las cárceles. A medida que pasa el tiempo, el porcentaje de infectados irá en crecimiento.

El SARS se ha podido frenar hasta la fecha gracias a que las autoridades sanitarias intervinieron a tiempo, lo que ha desatado una carrera para descubrir vacunas y tratamientos antes de que por error se desborde y cause varios centenares de millones de muertos. Si para China, Taiwan y Hong Kong ha sido una catástrofe el SARS, imaginemos lo que sería en un tercer mundo sin médicos ni medicinas.

 

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