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Breve análisis
La misión secular de Europa

Michel Rocard*
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com

En estos momentos, Europa ha puesto su mira en vínculos políticos que, durante algún tiempo, serán imposibles de establecer.

La economía y la política han sido aliados incómodos en el proceso de unificación europea. Desde que las industrias europeas del carbón y del acero se fusionaron en un intento por evitar guerras futuras en el continente, el “proyecto europeo” frecuentemente se ha apoyado en los intereses económicos para impulsarse hacia adelante.

Ahora, sin embargo, los nuevos miembros se adhieren principalmente por razones políticas y geoestratégicas. El cambio de motivación exige ajustes en la imagen que tiene la Unión Europea (EU) de sí misma, ajustes que van más allá de las ideas que están circulando actualmente en la convención que redacta una Constitución para la UE.

Por supuesto, la prosperidad económica que la unificación europea ha generado atrae a los nuevos miembros, pero la atracción que ejerce la UE va mucho más allá de las cuestiones económicas. La Unión es asimismo una enorme zona gobernada por leyes, algunas de las cuales se refieren a la producción y los intercambios comerciales, pero también por otras que establecen y protegen los derechos individuales.

Debido a eso, los vecinos de la UE se han sentido atraídos magnéticamente a esta zona de paz y prosperidad. La primera ampliación, en 1973, incluyó a Inglaterra, Irlanda y Dinamarca, y se basó principalmente en consideraciones económicas. Pero todas las oleadas subsiguientes de expansión tuvieron como motivación principal, si no es que única, razones políticas.

Grecia es un buen ejemplo. Después de la dictadura de los coroneles, Grecia buscó su rehabilitación internacional mediante la membresía en la Comunidad Europea, cuya aprobación a su vez contribuyó a consolidar el frágil régimen democrático nuevo. La transformación modernizadora que se da actualmente en Grecia se debe en gran parte a la membresía del país en la UE.

En buena medida, lo mismo se aplica a España y Portugal. Mientras fueron dictaduras fascistas, sus candidaturas fueron rechazadas, pero se les aceptó cuando sus regímenes cambiaron. Como en el caso de Grecia, estaba en juego la consolidación democrática.

La inclusión de los siguientes tres países, Suecia, Finlandia y Austria, supuso menos problemas económicos. Buscaron la membresía principalmente por razones geoestratégicas: consolidar su seguridad. La neutralidad les impedía convertirse en candidatos mientras existiera la Unión Soviética. Una vez que la caída de la Unión Soviética se lo permitió, esos países se adhirieron.

La motivación de los candidatos que se unirán en el 2004 es análoga. El único caso en que el interés principal por ser miembro es económico (el acceso al gran mercado común) es el de Malta. Para Chipre, la membresía es, ante todo, una forma de destrabar el impasse entre las comunidades turca y griega de la isla. En lo que respecta a los ocho países que recientemente se liberaron del dominio soviético, su prioridad es la consolidación democrática. Los tres estados bálticos y Eslovenia también quieren reforzar sus identidades nacionales, recientemente restablecidas.

Ciertamente, el potencial de la UE para inducir dinamismo económico, cuyos mejores ejemplos son Irlanda y Grecia, atrae nuevos miembros. Pero la crisis de Iraq dio a los países de Europa oriental una oportunidad para confirmar la absoluta prioridad que para ellos tiene la estabilidad estratégica, por lo que antepusieron sus relaciones con los EE.UU. a las preocupaciones sobre la solidaridad política europea.
En estos momentos, Europa ha puesto su mira en vínculos políticos que, durante algún tiempo, serán imposibles de establecer. Las 25 naciones tienen experiencias históricas, situaciones geográficas y sensibilidades estratégicas profundamente distintas. Así, el objetivo más anunciado (diseñar y poner en práctica una política exterior común) se antoja demasiado ambicioso para tener éxito.

Muchos de los valores de Europa (el respeto a la vida humana, el deseo de proteger a los débiles y los oprimidos, el trato igual a las mujeres, el compromiso con el Estado de Derecho) surgieron en el curso de una larga historia en la que la influencia del cristianismo fue muy importante. Pero Europa también logró un equilibrio productivo entre la Iglesia y el Estado.

En Europa, la soberanía pertenece al pueblo y no fluye desde un poder trascendental. La libertad de pensamiento es absoluta, como lo es la libertad de culto. Las mujeres no tienen que sufrir un estatus inferior por mandato divino en relación a los hombres. La representación política tiene que ser plural. Los poderes públicos no deben depender o consultar a ninguna autoridad religiosa.

Profundizar este conjunto de nuestros valores, poner a prueba el grado al que son compartidos es condición necesaria para generar nuevos valores y dar a nuestra Unión la identidad y la cohesión que un día nos permitirá proponer al resto del mundo los valores seculares europeos.

*Ex-Primer Ministro de Francia, es diputado en el Parlamento Europeo.
Copyright: Project Syndicate/Instituto para las Ciencias Humanas.

 

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