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Breve
análisis
La misión secular de Europa
En
estos momentos, Europa ha puesto su mira en vínculos políticos
que, durante algún tiempo, serán imposibles de establecer.
La economía y la política han sido aliados incómodos
en el proceso de unificación europea. Desde que las industrias
europeas del carbón y del acero se fusionaron en un intento
por evitar guerras futuras en el continente, el proyecto europeo
frecuentemente se ha apoyado en los intereses económicos
para impulsarse hacia adelante.
Ahora, sin embargo, los nuevos miembros se adhieren principalmente
por razones políticas y geoestratégicas. El cambio
de motivación exige ajustes en la imagen que tiene la Unión
Europea (EU) de sí misma, ajustes que van más allá
de las ideas que están circulando actualmente en la convención
que redacta una Constitución para la UE.
Por supuesto, la prosperidad económica que la unificación
europea ha generado atrae a los nuevos miembros, pero la atracción
que ejerce la UE va mucho más allá de las cuestiones
económicas. La Unión es asimismo una enorme zona gobernada
por leyes, algunas de las cuales se refieren a la producción
y los intercambios comerciales, pero también por otras que
establecen y protegen los derechos individuales.
Debido a eso, los vecinos de la UE se han sentido atraídos
magnéticamente a esta zona de paz y prosperidad. La primera
ampliación, en 1973, incluyó a Inglaterra, Irlanda
y Dinamarca, y se basó principalmente en consideraciones
económicas. Pero todas las oleadas subsiguientes de expansión
tuvieron como motivación principal, si no es que única,
razones políticas.
Grecia es un buen ejemplo. Después de la dictadura de los
coroneles, Grecia buscó su rehabilitación internacional
mediante la membresía en la Comunidad Europea, cuya aprobación
a su vez contribuyó a consolidar el frágil régimen
democrático nuevo. La transformación modernizadora
que se da actualmente en Grecia se debe en gran parte a la membresía
del país en la UE.
En buena medida, lo mismo se aplica a España y Portugal.
Mientras fueron dictaduras fascistas, sus candidaturas fueron rechazadas,
pero se les aceptó cuando sus regímenes cambiaron.
Como en el caso de Grecia, estaba en juego la consolidación
democrática.
La inclusión de los siguientes tres países, Suecia,
Finlandia y Austria, supuso menos problemas económicos. Buscaron
la membresía principalmente por razones geoestratégicas:
consolidar su seguridad. La neutralidad les impedía convertirse
en candidatos mientras existiera la Unión Soviética.
Una vez que la caída de la Unión Soviética
se lo permitió, esos países se adhirieron.
La motivación de los candidatos que se unirán en el
2004 es análoga. El único caso en que el interés
principal por ser miembro es económico (el acceso al gran
mercado común) es el de Malta. Para Chipre, la membresía
es, ante todo, una forma de destrabar el impasse entre las comunidades
turca y griega de la isla. En lo que respecta a los ocho países
que recientemente se liberaron del dominio soviético, su
prioridad es la consolidación democrática. Los tres
estados bálticos y Eslovenia también quieren reforzar
sus identidades nacionales, recientemente restablecidas.
Ciertamente, el potencial de la UE para inducir dinamismo económico,
cuyos mejores ejemplos son Irlanda y Grecia, atrae nuevos miembros.
Pero la crisis de Iraq dio a los países de Europa oriental
una oportunidad para confirmar la absoluta prioridad que para ellos
tiene la estabilidad estratégica, por lo que antepusieron
sus relaciones con los EE.UU. a las preocupaciones sobre la solidaridad
política europea.
En estos momentos, Europa ha puesto su mira en vínculos políticos
que, durante algún tiempo, serán imposibles de establecer.
Las 25 naciones tienen experiencias históricas, situaciones
geográficas y sensibilidades estratégicas profundamente
distintas. Así, el objetivo más anunciado (diseñar
y poner en práctica una política exterior común)
se antoja demasiado ambicioso para tener éxito.
Muchos de los valores de Europa (el respeto a la vida humana, el
deseo de proteger a los débiles y los oprimidos, el trato
igual a las mujeres, el compromiso con el Estado de Derecho) surgieron
en el curso de una larga historia en la que la influencia del cristianismo
fue muy importante. Pero Europa también logró un equilibrio
productivo entre la Iglesia y el Estado.
En Europa, la soberanía pertenece al pueblo y no fluye desde
un poder trascendental. La libertad de pensamiento es absoluta,
como lo es la libertad de culto. Las mujeres no tienen que sufrir
un estatus inferior por mandato divino en relación a los
hombres. La representación política tiene que ser
plural. Los poderes públicos no deben depender o consultar
a ninguna autoridad religiosa.
Profundizar este conjunto de nuestros valores, poner a prueba el
grado al que son compartidos es condición necesaria para
generar nuevos valores y dar a nuestra Unión la identidad
y la cohesión que un día nos permitirá proponer
al resto del mundo los valores seculares europeos.
*Ex-Primer Ministro de Francia, es
diputado en el Parlamento Europeo.
Copyright: Project Syndicate/Instituto para las Ciencias Humanas.
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