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Analizando
La deshumanización en la literatura

Luis Fernández Cuervo*
El Diario de Hoy
lfcuervo@tutopia.com

El leer afina el gusto y la elección, pero en el leer, como en el comer, no todo es provechoso; algunos libros pueden estar vacíos de alimento.

Señalé en mi artículo anterior la necesidad imperiosa de leer, y de leer mucho. Y lo remachaba con una frase contundente que a más de uno le habrá parecido exagerada: “El que no lee ni escribe bien no puede tener sino los rudimentos más elementales del pensar, lo que significa una impotencia grande para resolver los demás problemas del subdesarrollo”.

Sigo firme en la validez de esa idea pero desde luego ahí no termina la cosa. Porque, aceptado que hay que leer, se plantean después espinosas preguntas. Una de ellas puede ser: –Bien, de acuerdo, hay que leer, pero ¿qué leer? ¿Da lo mismo cualquier libro? ¿Considera usted que la lectura de cualquier libro puede ser beneficiosa? Y la verdad es que a eso no tengo más remedio que contestar que no, que en realidad más que la cantidad leída es importante la calidad. El leer mucho afina el gusto y la elección, pero en el leer, como en el comer, no todo es provechoso; algunos libros pueden estar vacíos de todo alimento o incluso ser venenosos.

Si limitamos el problema a la literatura actual, lo terrible es que muchísima de ella no sirve para salir del subdesarrollo, porque tiene esa enfermedad adentro.

No conozco al escritor francés Jean Dutourd pero me encuentro, en un libro de otro autor, esta su terrible condena general envuelta en un elogio particular: “La fauna literaria internacional cuenta con numerosas especies de animales: muchos zorros, bastantes pavos, una infinidad de papagayos, numerosos asnos e incluso algún viejo león cargado de honores que hace decenios que no sale de caza. Solzhenitsyn no forma parte de este zoo. Es un hombre, especie rarísima que ya Pascal no conseguía encontrar casi nunca detrás de un libro. Un hombre y un cristiano. Ha sido, en este siglo de esclavos, alguien que ha dado testimonio de los hijos de Dios. En Rusia, amenazado por toda suerte de peligros, obligado a vivir de caridad, sin poder publicar lo que escribía, era mucho más libre que todos nosotros, que contamos todo lo que se nos pasa por la cabeza, que escribimos las obscenidades más repulsivas y que, encima, nos quejamos de la censura”.

La obscenidad es uno de los puntos, llegada hasta la pornografía. Pero no es eso el único mal. Está también ese repudio generalizado a todo lo heroico, a lo virtuoso, a lo noble y aun a lo simplemente humano. Se comenzó con los antihéroes y después se ha ido a más; abundan ahora en la literatura los títeres deshuesados en narraciones de carpintería donde el autor empuña el martillo y descarga martillazos sobre la cabeza de sus personajes hasta hundirlos y aplastarlos.

Hay un odio a todo lo que de alegre, de luminoso, de felicidad tiene la vida. Escritores amargados, sin amor, revolcándose en sus miserables y pequeñas pasiones y desgracias, pasiones y desgracias sin hondura humana, sin verdadera categoría literaria. Abundan los bombos mutuos y las facilidades de honores y de premios sobre todo si la fauna literaria se declara de izquierdas, revolucionaria, amoral, agnóstica o atea y de sexualidad lo más bajera, turbia o patológica que se le ocurra. El escribir bien, dominar la técnica, es algo que indudablemente ha seguido progresando con los siglos.

Cualquier escritor de cierta categoría escribe ahora, en cuanto a la forma, mejor que Dickens, que Balzac o que Dostoievski, pero ¿tienen su categoría, su hondura literaria y humana? Desde luego que no. Pocos escritores actuales se escapan de esa infección de deshumanización, de vaciamiento, que desde los albores del Siglo XX se ha ido extendiendo, primero por las Bellas Artes –la pintura y la escultura principalmente– y después por la literatura, incluyendo el teatro que, con “el teatro del absurdo” parece estar afectado de una especie de SIDA exterminador, del cual no se sabe si sobrevivirá.

El ser humano puede tener problemas pero no es un problema, sino un misterio. ¿Lo saben ver los literatos actuales? El verdadero ser humano es un ser religioso –con religiosidad positiva o negativa–; es un ser moral –donde el bien y el mal presentan batalla dentro y fuera de él–; es una libertad que debe labrarse su destino, a veces cómicamente, la mayor de las veces, de forma dramática. El ser humano es un ser que decide, como muy bien lo dijo Víctor Frankl. Para bien o para mal, pero siempre tiene que decidir y con decisiones que, al final, serán de manera absoluta, labrándose su felicidad o desgracia eternas.

Así, con esas dimensiones lo encontramos en Sófocles, en Virgilio, en Dante, en Cervantes, en Shakespeare, en Goethe y, más cerca de nuestros días en Julien Green, en Bernanos, en Unamuno, en Thomas Mann, en Chesterton, en C.S. Lewis, en Tolkien y en unos pocos más. En algunos, como en Graham Greene o en John Steinbeck, más en sus primeras obras, que en las últimas, reflejando su decadencia humana. En Hemingway, más en la última –“El viejo y el mar”– cuando se enfrenta con el drama de su propio valor como escritor y como hombre.

Nadie puede dar lo que no tiene. Si el escritor ha arrancado de su vida la dimensión religiosa y moral; si se esfuerza además en negar y negarse la existencia de la libertad constitutiva, esencial; si al sexo lo ha extirpado de su lugar en el amor personal, exitoso o conflictivo, para dejarlo en un pasatiempo banal, sin problemas, ajeno a toda dimensión moral o sumergido en una degeneración patológica; si todo eso ocurre, por muy buenas que sean sus cualidades técnicas, estilísticas, al final allí se ha frustrado el valor literario porque se ha matado lo humano, en su obra y en su vida.

Aquello podrá entretener, incluso deslumbrar con luces de artificio retórico, pero a la postre aquello es algo deleznable, pasajero, de éxito fugaz, porque está vacío o sólo lleno de inmundicia.
*Dr. en Medicina y columnista de El Diario de Hoy.

 

 

 

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