| |

Analizando
La deshumanización en la literatura
El
leer afina el gusto y la elección, pero en el leer, como
en el comer, no todo es provechoso; algunos libros pueden estar
vacíos de alimento.
Señalé en mi artículo anterior la necesidad
imperiosa de leer, y de leer mucho. Y lo remachaba con una frase
contundente que a más de uno le habrá parecido exagerada:
El que no lee ni escribe bien no puede tener sino los rudimentos
más elementales del pensar, lo que significa una impotencia
grande para resolver los demás problemas del subdesarrollo.
Sigo firme en la validez de esa idea pero desde luego ahí
no termina la cosa. Porque, aceptado que hay que leer, se plantean
después espinosas preguntas. Una de ellas puede ser: Bien,
de acuerdo, hay que leer, pero ¿qué leer? ¿Da
lo mismo cualquier libro? ¿Considera usted que la lectura
de cualquier libro puede ser beneficiosa? Y la verdad es que a eso
no tengo más remedio que contestar que no, que en realidad
más que la cantidad leída es importante la calidad.
El leer mucho afina el gusto y la elección, pero en el leer,
como en el comer, no todo es provechoso; algunos libros pueden estar
vacíos de todo alimento o incluso ser venenosos.
Si limitamos el problema a la literatura actual, lo terrible es
que muchísima de ella no sirve para salir del subdesarrollo,
porque tiene esa enfermedad adentro.
No conozco al escritor francés Jean Dutourd pero me encuentro,
en un libro de otro autor, esta su terrible condena general envuelta
en un elogio particular: La fauna literaria internacional
cuenta con numerosas especies de animales: muchos zorros, bastantes
pavos, una infinidad de papagayos, numerosos asnos e incluso algún
viejo león cargado de honores que hace decenios que no sale
de caza. Solzhenitsyn no forma parte de este zoo. Es un hombre,
especie rarísima que ya Pascal no conseguía encontrar
casi nunca detrás de un libro. Un hombre y un cristiano.
Ha sido, en este siglo de esclavos, alguien que ha dado testimonio
de los hijos de Dios. En Rusia, amenazado por toda suerte de peligros,
obligado a vivir de caridad, sin poder publicar lo que escribía,
era mucho más libre que todos nosotros, que contamos todo
lo que se nos pasa por la cabeza, que escribimos las obscenidades
más repulsivas y que, encima, nos quejamos de la censura.
La obscenidad es uno de los puntos, llegada hasta la pornografía.
Pero no es eso el único mal. Está también ese
repudio generalizado a todo lo heroico, a lo virtuoso, a lo noble
y aun a lo simplemente humano. Se comenzó con los antihéroes
y después se ha ido a más; abundan ahora en la literatura
los títeres deshuesados en narraciones de carpintería
donde el autor empuña el martillo y descarga martillazos
sobre la cabeza de sus personajes hasta hundirlos y aplastarlos.
Hay un odio a todo lo que de alegre, de luminoso, de felicidad tiene
la vida. Escritores amargados, sin amor, revolcándose en
sus miserables y pequeñas pasiones y desgracias, pasiones
y desgracias sin hondura humana, sin verdadera categoría
literaria. Abundan los bombos mutuos y las facilidades de honores
y de premios sobre todo si la fauna literaria se declara de izquierdas,
revolucionaria, amoral, agnóstica o atea y de sexualidad
lo más bajera, turbia o patológica que se le ocurra.
El escribir bien, dominar la técnica, es algo que indudablemente
ha seguido progresando con los siglos.
Cualquier escritor de cierta categoría escribe ahora, en
cuanto a la forma, mejor que Dickens, que Balzac o que Dostoievski,
pero ¿tienen su categoría, su hondura literaria y
humana? Desde luego que no. Pocos escritores actuales se escapan
de esa infección de deshumanización, de vaciamiento,
que desde los albores del Siglo XX se ha ido extendiendo, primero
por las Bellas Artes la pintura y la escultura principalmente
y después por la literatura, incluyendo el teatro que, con
el teatro del absurdo parece estar afectado de una especie
de SIDA exterminador, del cual no se sabe si sobrevivirá.
El ser humano puede tener problemas pero no es un problema, sino
un misterio. ¿Lo saben ver los literatos actuales? El verdadero
ser humano es un ser religioso con religiosidad positiva o
negativa; es un ser moral donde el bien y el mal presentan
batalla dentro y fuera de él; es una libertad que debe
labrarse su destino, a veces cómicamente, la mayor de las
veces, de forma dramática. El ser humano es un ser que decide,
como muy bien lo dijo Víctor Frankl. Para bien o para mal,
pero siempre tiene que decidir y con decisiones que, al final, serán
de manera absoluta, labrándose su felicidad o desgracia eternas.
Así, con esas dimensiones lo encontramos en Sófocles,
en Virgilio, en Dante, en Cervantes, en Shakespeare, en Goethe y,
más cerca de nuestros días en Julien Green, en Bernanos,
en Unamuno, en Thomas Mann, en Chesterton, en C.S. Lewis, en Tolkien
y en unos pocos más. En algunos, como en Graham Greene o
en John Steinbeck, más en sus primeras obras, que en las
últimas, reflejando su decadencia humana. En Hemingway, más
en la última El viejo y el mar cuando
se enfrenta con el drama de su propio valor como escritor y como
hombre.
Nadie puede dar lo que no tiene. Si el escritor ha arrancado de
su vida la dimensión religiosa y moral; si se esfuerza además
en negar y negarse la existencia de la libertad constitutiva, esencial;
si al sexo lo ha extirpado de su lugar en el amor personal, exitoso
o conflictivo, para dejarlo en un pasatiempo banal, sin problemas,
ajeno a toda dimensión moral o sumergido en una degeneración
patológica; si todo eso ocurre, por muy buenas que sean sus
cualidades técnicas, estilísticas, al final allí
se ha frustrado el valor literario porque se ha matado lo humano,
en su obra y en su vida.
Aquello podrá entretener, incluso deslumbrar con luces de
artificio retórico, pero a la postre aquello es algo deleznable,
pasajero, de éxito fugaz, porque está vacío
o sólo lleno de inmundicia.
*Dr. en Medicina y columnista de
El Diario de Hoy.
|
|