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Buenos
modales
EL QUE NO ES AGRADECIDO NO ES BIEN NACIDO
Los
salvadoreños creen que democracia, libertad y autonomía
equivalen a hacer y decir lo que a cada uno le ronque la gana, aunque
se falte al respeto a los demás.
El que no es agradecido no es bien nacido, decían
en la Edad Media para expresar el valor que se daba a la gratitud,
porque la palabra malnacido equivalía a un insulto
muy fuerte. Todavía hoy cuando se está perdiendo el
respeto hacia las personas, se enseña a los niños
las palabras mágicas por favor y gracias,
aunque al crecer se les olvidan.
En nuestro país, el 3 de mayo se celebró el Día
de la Cruz, tradición encantadora de palmas y flores, con
la cruz adornada en los patios con frutas olorosas, que hay que
adorar para que no baile el diablo y que recuerda nuestro
pasado indígena y español. Excelente iniciativa la
del Patronato para la Integración de la Mujer al Desarrollo
el establecer esa fecha como Día de la Gratitud. Porque,
a pesar de todas las voces agoreras, los salvadoreños tenemos
muchas razones para dar gracias a Dios, si nos examinamos a profundidad
y comparamos nuestra realidad con la de tantos otros países
latinoamericanos.
Es triste observar cómo el agradecimiento parece estar entrando
en la categoría de especie en vías de extinción,
ya que lo normal es exigir, con insultos y violencia, hasta aquello
a lo que no tenemos derecho y para lo que no hemos trabajado. Es
una realidad palpable que los buenos modales, que tanta importancia
tuvieron en la educación de los mayores, hoy han desaparecido
totalmente, de lo cual se deriva la violencia insoportable que amenaza
con terminar con nuestra existencia.
Y es que los buenos modales son un elemento indispensable para poder
convivir pacíficamente, pues son normas de conducta que establecen
los límites del ejercicio de la libertad personal y el respeto
a los derechos ajenos, porque están basados en la regla de
oro de no hagas a otro lo que no quieras que hagan contigo.
Los salvadoreños creen que democracia, libertad y autonomía
equivalen a hacer y decir lo que a cada uno le ronque la gana, aunque
se falte al respeto a los demás. La cachucha es una prenda
muy práctica para cubrirse la cabeza y protegerse del sol,
pero se ha convertido en prolongación de la anatomía
de los estudiantes. La usan en las aulas universitarias, en los
teatros, en actividades sociales y hasta en las iglesias, llegando
al colmo de acercarse a comulgar con cachucha. Pero no tienen la
culpa de que los adultos no les hayan explicado que un hombre, por
respeto, debe descubrirse al entrar, al saludar a una persona mayor
o a una mujer, durante el canto del Himno Nacional por respeto a
la patria y en las iglesias por respeto a Dios.
Los buenos modales brillan por su ausencia en el vocabulario cada
vez más soez que se escucha a todo nivel. Palabras como señora
o señorita se han sustituido por un vulgar doñita,
corazón, amor y reina, que tienen sentido únicamente
en el lenguaje del amor, pero no como saludo. El uso indiscriminado
del insolente buenas en lugar del discreto buenos días,
buenas tardes o buenas noches. El peinarse en público hasta
en restaurantes, cines, iglesias y reuniones. (El triste recuerdo
de un ex presidente de la República que se peinó durante
la ceremonia de su toma de posesión).
Los malos modales están fuera de lugar en un mundo multicultural
y globalizado, cuando las mejores empresas extranjeras impulsan
la etiqueta corporativa, vestuario, lenguaje corporal, vocabulario,
modales en la mesa y otros aspectos que facilitan la convivencia
en beneficio del arte de hacer negocios.
Y si la falta de educación y los malos modales son ofensivos
en los ciudadanos comunes y corrientes, qué impresión
más triste causan los funcionarios públicos que hacen
gala de grosería y vulgaridad permitiéndose, en aras
de la libertad de expresión y de la democracia, llegar a
la ofensa personal y al insulto premeditado, únicamente porque
el otro no es del color de mi partido.
El triste ejemplo de don Schafik, que se dio el lujo de faltar a
las más elementales leyes del protocolo, en la solemne sesión
plenaria de inauguración de la nueva Asamblea Legislativa,
saludando al presidente Flores en último lugar, tal vez por
ignorar que el respeto no se debe a la persona, sino al cargo que
ostenta, como la máxima autoridad de la República,
elegido libremente por la mayoría de los salvadoreños.
Ojalá que el tan conspicuo funcionario madure en el año
que le queda, porque sería triste que si logra sentarse en
la tan ansiada silla presidencial, diera rienda suelta a su temperamental
actitud adolescente e insultara de igual forma a representantes
de países soberanos porque no le caen bien.
Hay que revivir los buenos modales, cuya ausencia es la causa de
la violencia social que estamos padeciendo.
*Columnista de El Diario de Hoy.
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