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Buenos modales
“EL QUE NO ES AGRADECIDO NO ES BIEN NACIDO”

Teresa Guevara de López*
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com

Los salvadoreños creen que democracia, libertad y autonomía equivalen a hacer y decir lo que a cada uno le ronque la gana, aunque se falte al respeto a los demás.

“El que no es agradecido no es bien nacido”, decían en la Edad Media para expresar el valor que se daba a la gratitud, porque la palabra “malnacido” equivalía a un insulto muy fuerte. Todavía hoy cuando se está perdiendo el respeto hacia las personas, se enseña a los niños las palabras mágicas “por favor” y “gracias”, aunque al crecer se les olvidan.

En nuestro país, el 3 de mayo se celebró el Día de la Cruz, tradición encantadora de palmas y flores, con la cruz adornada en los patios con frutas olorosas, que hay que adorar “para que no baile el diablo” y que recuerda nuestro pasado indígena y español. Excelente iniciativa la del Patronato para la Integración de la Mujer al Desarrollo el establecer esa fecha como Día de la Gratitud. Porque, a pesar de todas las voces agoreras, los salvadoreños tenemos muchas razones para dar gracias a Dios, si nos examinamos a profundidad y comparamos nuestra realidad con la de tantos otros países latinoamericanos.

Es triste observar cómo el agradecimiento parece estar entrando en la categoría de especie en vías de extinción, ya que lo normal es exigir, con insultos y violencia, hasta aquello a lo que no tenemos derecho y para lo que no hemos trabajado. Es una realidad palpable que los buenos modales, que tanta importancia tuvieron en la educación de los mayores, hoy han desaparecido totalmente, de lo cual se deriva la violencia insoportable que amenaza con terminar con nuestra existencia.

Y es que los buenos modales son un elemento indispensable para poder convivir pacíficamente, pues son normas de conducta que establecen los límites del ejercicio de la libertad personal y el respeto a los derechos ajenos, porque están basados en la regla de oro de “no hagas a otro lo que no quieras que hagan contigo”.

Los salvadoreños creen que democracia, libertad y autonomía equivalen a hacer y decir lo que a cada uno le ronque la gana, aunque se falte al respeto a los demás. La cachucha es una prenda muy práctica para cubrirse la cabeza y protegerse del sol, pero se ha convertido en prolongación de la anatomía de los estudiantes. La usan en las aulas universitarias, en los teatros, en actividades sociales y hasta en las iglesias, llegando al colmo de acercarse a comulgar con cachucha. Pero no tienen la culpa de que los adultos no les hayan explicado que un hombre, por respeto, debe descubrirse al entrar, al saludar a una persona mayor o a una mujer, durante el canto del Himno Nacional por respeto a la patria y en las iglesias por respeto a Dios.

Los buenos modales brillan por su ausencia en el vocabulario cada vez más soez que se escucha a todo nivel. Palabras como señora o señorita se han sustituido por un vulgar “doñita, corazón, amor y reina”, que tienen sentido únicamente en el lenguaje del amor, pero no como saludo. El uso indiscriminado del insolente “buenas” en lugar del discreto buenos días, buenas tardes o buenas noches. El peinarse en público hasta en restaurantes, cines, iglesias y reuniones. (El triste recuerdo de un ex presidente de la República que se peinó durante la ceremonia de su toma de posesión).

Los malos modales están fuera de lugar en un mundo multicultural y globalizado, cuando las mejores empresas extranjeras impulsan la etiqueta corporativa, vestuario, lenguaje corporal, vocabulario, modales en la mesa y otros aspectos que facilitan la convivencia en beneficio del arte de hacer negocios.

Y si la falta de educación y los malos modales son ofensivos en los ciudadanos comunes y corrientes, qué impresión más triste causan los funcionarios públicos que hacen gala de grosería y vulgaridad permitiéndose, en aras de la libertad de expresión y de la democracia, llegar a la ofensa personal y al insulto premeditado, únicamente porque el otro no es del color de mi partido.
El triste ejemplo de don Schafik, que se dio el lujo de faltar a las más elementales leyes del protocolo, en la solemne sesión plenaria de inauguración de la nueva Asamblea Legislativa, saludando al presidente Flores en último lugar, tal vez por ignorar que el respeto no se debe a la persona, sino al cargo que ostenta, como la máxima autoridad de la República, elegido libremente por la mayoría de los salvadoreños.

Ojalá que el tan conspicuo funcionario madure en el año que le queda, porque sería triste que si logra sentarse en la tan ansiada silla presidencial, diera rienda suelta a su temperamental actitud adolescente e insultara de igual forma a representantes de países soberanos porque no le caen bien.
Hay que revivir los buenos modales, cuya ausencia es la causa de la violencia social que estamos padeciendo.

*Columnista de El Diario de Hoy.

 

 

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