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Punto
de vista
ETERNOS ADOLESCENTES
Una
cosa es considerar que el Estado tiene un papel regulador de las
relaciones entre las personas, y otra, que de su actuación
depende la vida de cada uno de nosotros. Por eso, quienes desconfían
por sistema de la libertad, siempre pretenden hacerse con el Estado:
para controlar, para mandar, para castigar.
Llega un momento en la vida en que todos perciben una sutil pero
importantísima diferencia entre lo que se hace y lo que se
debe hacer. Es cuando las personas empiezan a preguntarse: ¿Por
qué esto es bueno y esto es malo? ¿Por qué
mis padres se empeñan en controlarme? ¿Tienen derecho
a poner límites a mi libertad? ¿Es libertad una libertad
limitada?... Ese momento, cuando se descubre la libertad, es llamado
comúnmente adolescencia.
Dejar de ser adolescente no es sólo cuestión de edad,
sino ser capaz de comprometerse en un proyecto de vida y al mismo
tiempo dejar de echar a los demás las culpas de los fracasos,
es decir: se es adulto cuando se toman, responsablemente, las riendas
de la propia vida.
Pero esa capacidad para dirigir la propia vida no es algo espontáneo,
como si un día despertáramos conscientes de que ya
somos dueños de nuestro destino, porque tenemos perfectamente
claros nuestros objetivos, podemos supeditar nuestros deseos a nuestros
proyectos, manejamos el carácter y lo hemos modelado para
facilitar la convivencia, somos responsables de nuestras decisiones,
etc. No, no es inmediato. De hecho, para llegar a la madurez, necesitamos
pasar por éxitos y fracasos, recibir el consejo de quienes
nos quieren bien y aprender de los errores. Necesitamos pasar por
la adolescencia.
Si siempre cuesta aceptar que nos digan lo que tenemos que hacer,
cuando se es joven físicamente y se tiene toda la vida por
delante, los adolescentes pueden creerse suficientemente maduros
como para decidir por ellos mismos. Con que hayan sido capaces de
imponer en su casa el arito que se han colocado en una de las orejas,
o volver a la hora que les dé la gana los fines de semana,
a veces piensan que el mundo se les debe rendir.
Precisamente, esa disponibilidad de una libertad para la cual no
se cuenta con una responsabilidad proporcional, es uno de los dramas
de la adolescencia. Y por ello se puede ser adolescente a cualquier
edad. Aunque, como es lógico, es más frecuente encontrar
personas maduras a los treinta años que a los quince.
Hay quienes se han estancado en la adolescencia. ¿En qué
se nota? En la falta de carácter para comprometerse, en la
falta de honradez para reconocer que son ellos (y no la sociedad,
el sistema o los demás) los culpables de muchos de sus fracasos;
en esa actitud de que alguien haga algo para solucionar
sus equivocaciones, y esperar que el Gobierno, la Iglesia u otras
instancias piensen por ellos; en ser incapaces de ejercer consistentemente
la autoridad para educar a los hijos; en saltarse las normas sociales
(si no las leyes) porque les da la gana, o porque piensan
que por ser más vivos que los demás, están
exentos de cumplirlas; en no poder reconocer que los demás
tiene razón con más frecuencia de la que les parece,
etc.
Es conocido que de niños, poetas y locos, todos tenemos
un poco. Pero al observar las actitudes de algunos personajes
públicos (incluso políticos con años de brega)
que pretenden apoyarse en la sociedad o en el Estado para solucionar
sus problemas, o que culpan al sistema de todas las
desgracias personales, olvidando que la sociedad es una conglomeración
de personas libres, me atrevería a añadir a lo de
niño, poeta y loco que de adolescente también todos
tenemos un poco.
Una cosa es considerar que el Estado tiene un papel regulador de
las relaciones entre las personas, y otra, que de su actuación
depende la vida de cada uno de nosotros. Por eso, quienes desconfían
por sistema de la libertad, siempre pretenden hacerse con el Estado:
para controlar, para mandar, para castigar. Su razonamiento tiene
lógica: si las cosas van mal es culpa del sistema, hagámonos
con el sistema y lograremos que (a la fuerza) la situación
vaya bien.
Pero se equivocan, pues en su argumentación falta una premisa
que no se puede omitir: el sistema está formado por personas
libres; si no se toma en cuenta su libertad, jamás se podrá
lograr el bienestar por decreto (como parece ser su ilusión).
La solución no es la aplicación de un aparato legal
o de poder (sí, sí, pregunte el lector a cualquier
padre de adolescente qué ha logrado endureciendo las reglas
de la casa y aplicando castigos a mansalva si antes no ha educado
la libertad de su criatura), sino la educación que hace libres
a las personas.
*Ing. Industrial, Dr. en Filosofía y columnista de El Diario
de Hoy.
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