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Punto de vista
ETERNOS ADOLESCENTES

Carlos Mayora Re*
El Diario de Hoy
E-mail: carlos@mayora.org


Una cosa es considerar que el Estado tiene un papel regulador de las relaciones entre las personas, y otra, que de su actuación depende la vida de cada uno de nosotros. Por eso, quienes desconfían por sistema de la libertad, siempre pretenden hacerse con el Estado: para controlar, para mandar, para castigar.

Llega un momento en la vida en que todos perciben una sutil pero importantísima diferencia entre lo que se hace y lo que se debe hacer. Es cuando las personas empiezan a preguntarse: ¿Por qué esto es bueno y esto es malo? ¿Por qué mis padres se empeñan en controlarme? ¿Tienen derecho a poner límites a mi libertad? ¿Es libertad una libertad limitada?... Ese momento, cuando se descubre la libertad, es llamado comúnmente adolescencia.

Dejar de ser adolescente no es sólo cuestión de edad, sino ser capaz de comprometerse en un proyecto de vida y al mismo tiempo dejar de echar a los demás las culpas de los fracasos, es decir: se es adulto cuando se toman, responsablemente, las riendas de la propia vida.

Pero esa capacidad para dirigir la propia vida no es algo espontáneo, como si un día despertáramos conscientes de que ya somos dueños de nuestro destino, porque tenemos perfectamente claros nuestros objetivos, podemos supeditar nuestros deseos a nuestros proyectos, manejamos el carácter y lo hemos modelado para facilitar la convivencia, somos responsables de nuestras decisiones, etc. No, no es inmediato. De hecho, para llegar a la madurez, necesitamos pasar por éxitos y fracasos, recibir el consejo de quienes nos quieren bien y aprender de los errores. Necesitamos pasar por la adolescencia.

Si siempre cuesta aceptar que nos digan lo que tenemos que hacer, cuando se es joven físicamente y se tiene toda la vida por delante, los adolescentes pueden creerse suficientemente maduros como para decidir por ellos mismos. Con que hayan sido capaces de imponer en su casa el arito que se han colocado en una de las orejas, o volver a la hora que les dé la gana los fines de semana, a veces piensan que el mundo se les debe rendir.

Precisamente, esa disponibilidad de una libertad para la cual no se cuenta con una responsabilidad proporcional, es uno de los dramas de la adolescencia. Y por ello se puede ser adolescente a cualquier edad. Aunque, como es lógico, es más frecuente encontrar personas maduras a los treinta años que a los quince.

Hay quienes se han estancado en la adolescencia. ¿En qué se nota? En la falta de carácter para comprometerse, en la falta de honradez para reconocer que son ellos (y no la sociedad, el sistema o los demás) los culpables de muchos de sus fracasos; en esa actitud de “que alguien haga algo” para solucionar sus equivocaciones, y esperar que el Gobierno, la Iglesia u otras instancias piensen por ellos; en ser incapaces de ejercer consistentemente la autoridad para educar a los hijos; en saltarse las normas sociales (si no las leyes) porque “les da la gana”, o porque piensan que por ser más “vivos” que los demás, están exentos de cumplirlas; en no poder reconocer que los demás tiene razón con más frecuencia de la que les parece, etc.

Es conocido que “de niños, poetas y locos, todos tenemos un poco”. Pero al observar las actitudes de algunos personajes públicos (incluso políticos con años de brega) que pretenden apoyarse en la sociedad o en el Estado para solucionar sus problemas, o que culpan al “sistema” de todas las desgracias personales, olvidando que la sociedad es una conglomeración de personas libres, me atrevería a añadir a lo de niño, poeta y loco que de adolescente también todos tenemos un poco.

Una cosa es considerar que el Estado tiene un papel regulador de las relaciones entre las personas, y otra, que de su actuación depende la vida de cada uno de nosotros. Por eso, quienes desconfían por sistema de la libertad, siempre pretenden hacerse con el Estado: para controlar, para mandar, para castigar. Su razonamiento tiene lógica: si las cosas van mal es culpa del sistema, hagámonos con el sistema y lograremos que (a la fuerza) la situación vaya bien.

Pero se equivocan, pues en su argumentación falta una premisa que no se puede omitir: el sistema está formado por personas libres; si no se toma en cuenta su libertad, jamás se podrá lograr el bienestar por decreto (como parece ser su ilusión). La solución no es la aplicación de un aparato legal o de poder (sí, sí, pregunte el lector a cualquier padre de adolescente qué ha logrado endureciendo las reglas de la casa y aplicando castigos a mansalva si antes no ha educado la libertad de su criatura), sino la educación que hace libres a las personas.

*Ing. Industrial, Dr. en Filosofía y columnista de El Diario de Hoy.


 

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