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De
mis recuerdos
La novia de Peter Pan
En
las noches de luna llena se me venían a la mente la sonrisa
y la mirada limpia de aquella muchacha de piel canela
Un
cielo estrellado cubría Tegucigalpa. Como siempre, el mes
de noviembre, con su brisa fresca y sus luces navideñas,
sembraba esperanzas y arrancaba sonrisas. Una pareja como cualquiera
otra conversaba alegremente en las oficinas de Hondutel, mientras
esperaba realizar una importante llamada a San Salvador.
Ambos eran jóvenes. Parecían estudiantes. Pero las
apariencias engañan.
Él era Chico, alto, blanco, delgado y de lentes
claros. Ella era América, delgada, piel canela,
ojos profundos y facciones finas. Ambos eran miembros del Ejército
Revolucionario del Pueblo, una de las más fuertes organizaciones
de la guerrilla salvadoreña. Chico era miembro
de la máxima dirección, venía del frente paracentral.
Iba para Managua. América formaba parte del aparato
clandestino conspirativo en Honduras, donde se vivía 24 horas
con los nervios en tensión. Era 1981.
Un agente de la inteligencia del gobierno salvadoreño, que
había ido a la hexagonal de fútbol donde El Salvador
clasificó al mundial de España, reconoció a
Chico. Alertó a la tenebrosa policía política
de Honduras y, en pocos minutos, decenas de sujetos de civil y armados
hasta los dientes llegaron a la oficina de telégrafo en vehículos
de vidrios polarizados y sin placas. La sorpresa no dio tiempo para
resistencia alguna. Se llevaron a Chico y América
con rumbo desconocido.
Esa misma noche comenzó la clásica y espeluznante
ceremonia del interrogatorio, con las consabidas técnicas
de tortura. Pero Chico no abría la boca. A América
la aislaron en una celda aparte y amenazaron con hacerle cosas
terribles si no cantaba. Pero no la golpearon. América
dijo que no sabía por qué estaba allí, que
ella acompañaba al muchacho porque él
la había llamado. Que era de Taulabé, que se llamaba
María y que trabajaba en un burdel. América
recordó el nombre de un sórdido lupanar que estaba
a pocas cuadras de la casa de seguridad.
Mientras tanto, en Managua, las luces de alerta se habían
encendido. Esa misma noche me dieron la tarea de redactar un comunicado
denunciando la captura de ambos. A Chico lo había
conocido unos meses antes. A América sólo
le había escuchado la voz a través de los radios inalámbricos
que servían para enlazar a todos los frentes de guerra y
los aparatos clandestinos. Cuando hablaba con ella trataba de imaginarla
físicamente. No sé por qué tenía una
fijación con esa mujer desconocida. Ella tenía 21
y yo 22.
Redacté el comunicado y lo envié vía radio
a las agencias de noticias y vía comunicaciones inalámbricas
a la Radio Venceremos en Morazán. Me angustié por
la suerte de ambos capturados, pero sobre todo por ella. Pocos días
después supe que la policía política hondureña
había dejado en libertad a América. Chico
siguió preso, hasta que una combinación de presiones
diplomáticas de los gobiernos de Panamá y Francia
y de amenazas del ERP de llevar la guerra a Honduras hizo que el
presidente Policarpo Paz ordenara su libertad.
Pocos meses después, en marzo del 82, camino al frente de
guerra, en Tegucigalpa, la conocí. Fue ella, en un rápido
encuentro en un centro comercial, la que me entregó los documentos
que me servirían para trasladarme sin problemas de seguridad
hasta el punto fronterizo, donde me introduciría de manera
clandestina a El Salvador. El encuentro fue tan rápido que
apenas dio tiempo para intercambiar media sonrisa y unas cuantas
palabras.
Pasaron muchos años de guerra. En los amaneceres húmedos
del invierno y en las noches de luna llena, haciendo posta, se me
venía a la mente aquella sonrisa y la mirada limpia de aquella
muchacha de piel canela. Una vez, cuando Ana Lidia llegó
al frente, le pregunté por ella. Me contó que ella
era seria, callada, inteligente y un poco tímida. Otros peregrinos
que venían de Managua la describían como trabajadora
y leal. Supe que había sido primera bachiller opción
matemática y que por ello en 1976 el entonces presidente
Molina le había regalado una pluma de oro. Pasó casi
una década de guerra real y de amores de fantasía.
Cuando regresé a Managua, tras más de dos mil días
con sus noches, con la muerte y la vida colgando de un hilo que
nunca se reventó, me la encontré. Vestido blanco,
delgada como novia de Peter Pan. Nos hicimos amigos, almorzábamos
juntos y en los ratos libres paseábamos por la finca, que
servía de cuartel general en las afueras de Managua. Un día
le conté que yo había redactado el comunicado cuando
la habían capturado, nueve años atrás. Le pregunté
que cómo había logrado que la dejaran tan rápido
en libertad.
A la mañana siguiente de haberles dicho a los interrogadores
hondureños que trabajaba en un burdel, llevaron a la dueña
del negocio para que dijera que si en verdad conocía a aquella
muchacha que decía llamarse María y ser originaria
de Taulabé. La matrona, piel blanca, pasadita de libras,
boca pintada de carmín encendido, cincuentona, la miró
un rato y dijo a los policías: Si trabaja conmigo,
se llama Vanesa. Pero ella dice que se llama María.
Así es, pero los clientes prefieren acostarse
con muchachas que se llamen Vanesas y no Marías.
Ambas mujeres salieron juntas del cuartel. Ya lejos de allí
se abrazaron y lloraron. Ay mamita, dijo la matrona,
no sé en qué babosadas andás metida,
tené cuidado porque en la otra te van a matar. Le dio
unos lempiras para un taxi y desapareció doblando una esquina.
Han pasado 20 años desde entonces. La semana pasada, mientras
jugaba un partido de baloncesto con mis hijas, me dieron de pronto
unas enormes ganas de buscar a aquel ángel disfrazado de
alcahueta, cuya actitud de infinita solidaridad sin interés
alguno permitió que estas tres niñas nacieran y fueran
la alegría sin cesar del amor que nació, creció
y se mantiene en las fronteras de la realidad, la fantasía,
lo cotidiano y el misterio.
*Columnista de El Diario de Hoy.
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