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Impacto y pavor

A cinco semanas de terminadas las acciones bélicas, el impacto y el pavor de la estrategia militar del Pentágono en Iraq ha revivido el terrorismo global, impactando y empavoreciendo a la gente común y corriente.

Sergio Muñoz Bata*
El Diario de Hoy
sergio.munoz@latimes.com

Utilizando la precisión, brevedad y claridad que caracterizan a los mensajes publicitarios norteamericanos, el Pentágono definió su estrategia militar en Iraq con dos palabras de peso: impacto y pavor.

El impacto de la artillería norteamericana fue tal que la resistencia de Sadam Hussein y su “inflada” Guardia Republicana se esfumó despavorida. En cuestión de semanas, George W. Bush se proclamó ganador absoluto de la contienda. A quienes le prevenían de los peligros por venir: la fragmentación interna del país, la respuesta de las redes de terrorismo organizado, la proliferación de atentados perpetrados por simpatizantes de los profesionales del terrorismo, Bush respondió con altanera soberbia triunfalista.

En los planes que el Pentágono había elaborado con minuciosa precisión para la “la liberación” de Iraq no había lugar para el desorden. En teoría, pasado el impacto inicial del conflicto armado, la policía iraquí restablecería el orden en las calles. El ejército iraquí se dedicaría a la reconstrucción de carreteras, ciudades y pueblos. La gente aclamaría al ejército “liberador” y, desbordados de espíritu democrático, los políticos iraquíes establecerían la utopía en Iraq.

Se imaginó una especie de reino armónico donde los exiliados iraquíes, previamente seleccionados por la Casa Blanca, el Pentágono y el Departamento de Estado, acordarían con los ciudadanos iraquíes el establecimiento de un sistema político democrático en Iraq.

A cinco semanas de la caída de Bagdad, Iraq es un desastre que oscila del impacto al pavor. Sus museos, hospitales, tiendas, bazares, escuelas y hasta casas particulares han sido saqueados bajo la mirada asombrada de los soldados norteamericanos, quienes temerosos de ver su imagen televisada a todo el mundo imponiendo el orden a balazos, practican el legendario “dejar hacer, dejar pasar”. Por las calles de ciudades y pueblos de Iraq desfilan los seguidores del fundamentalismo musulmán, aprovechando el vacío de poder creado por la desaparición del brutal régimen de Hussein. La protesta ahora es contra la ocupación estadounidense.

También en Casablanca, Marruecos, empresarios y ciudadanos españoles han sentido el impacto y el pavor causado por la alianza incondicional del presidente del Gobierno, José María Aznar, con Bush y su política belicista. La respuesta de Aznar a esta nueva serie de atentados terroristas, aunque previsible en su arrogancia, no convence a nadie. España no tenía por qué subordinarse a los intereses de Washington.

Los cinco ataques terroristas del viernes 16 de mayo, realizados de manera coordinada en distintos rumbos de la ciudad y que dejaron un saldo de más de 40 muertos y un centenar de heridos, fueron una respuesta directa al apoyo ofrecido por el rey Mohamed VI a la aventura de Bush en Iraq. Cuatro días antes, el blanco del terrorismo fue otro, aunque el objetivo fuera el mismo: hacerle pagar a Arabia Saudita su alineamiento con Washington.

La estrategia del impacto y pavor que Bush promovió para poner coto al terrorismo ha fracasado. Derrocó, sí, a un tirano carente de legitimidad, pero en el proceso lastimó severamente la reputación de Estados Unidos. Nunca logró establecer la relación entre Hussein y Al Qaeda y nunca encontró las llamadas armas de destrucción masiva que sirvieron de pretexto para una guerra sin el concurso de las Naciones Unidas.

Hoy le toca a los ciudadanos de aquellos países, cuyos gobiernos oportunistamente se aliaron a Estados Unidos en su aventura iraquí, sufrir el impacto y el pavor que se nos dijo se buscaba prevenir.
*Miembro del Consejo Editorial de Los Angeles Times.

 

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