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Comentando
Impacto y pavor
A
cinco semanas de terminadas las acciones bélicas, el impacto
y el pavor de la estrategia militar del Pentágono en Iraq
ha revivido el terrorismo global, impactando y empavoreciendo a
la gente común y corriente.
Utilizando
la precisión, brevedad y claridad que caracterizan a los
mensajes publicitarios norteamericanos, el Pentágono definió
su estrategia militar en Iraq con dos palabras de peso: impacto
y pavor.
El impacto de la artillería norteamericana fue tal que la
resistencia de Sadam Hussein y su inflada Guardia Republicana
se esfumó despavorida. En cuestión de semanas, George
W. Bush se proclamó ganador absoluto de la contienda. A quienes
le prevenían de los peligros por venir: la fragmentación
interna del país, la respuesta de las redes de terrorismo
organizado, la proliferación de atentados perpetrados por
simpatizantes de los profesionales del terrorismo, Bush respondió
con altanera soberbia triunfalista.
En los planes que el Pentágono había elaborado con
minuciosa precisión para la la liberación
de Iraq no había lugar para el desorden. En teoría,
pasado el impacto inicial del conflicto armado, la policía
iraquí restablecería el orden en las calles. El ejército
iraquí se dedicaría a la reconstrucción de
carreteras, ciudades y pueblos. La gente aclamaría al ejército
liberador y, desbordados de espíritu democrático,
los políticos iraquíes establecerían la utopía
en Iraq.
Se imaginó una especie de reino armónico donde los
exiliados iraquíes, previamente seleccionados por la Casa
Blanca, el Pentágono y el Departamento de Estado, acordarían
con los ciudadanos iraquíes el establecimiento de un sistema
político democrático en Iraq.
A cinco semanas de la caída de Bagdad, Iraq es un desastre
que oscila del impacto al pavor. Sus museos, hospitales, tiendas,
bazares, escuelas y hasta casas particulares han sido saqueados
bajo la mirada asombrada de los soldados norteamericanos, quienes
temerosos de ver su imagen televisada a todo el mundo imponiendo
el orden a balazos, practican el legendario dejar hacer, dejar
pasar. Por las calles de ciudades y pueblos de Iraq desfilan
los seguidores del fundamentalismo musulmán, aprovechando
el vacío de poder creado por la desaparición del brutal
régimen de Hussein. La protesta ahora es contra la ocupación
estadounidense.
También en Casablanca, Marruecos, empresarios y ciudadanos
españoles han sentido el impacto y el pavor causado por la
alianza incondicional del presidente del Gobierno, José María
Aznar, con Bush y su política belicista. La respuesta de
Aznar a esta nueva serie de atentados terroristas, aunque previsible
en su arrogancia, no convence a nadie. España no tenía
por qué subordinarse a los intereses de Washington.
Los cinco ataques terroristas del viernes 16 de mayo, realizados
de manera coordinada en distintos rumbos de la ciudad y que dejaron
un saldo de más de 40 muertos y un centenar de heridos, fueron
una respuesta directa al apoyo ofrecido por el rey Mohamed VI a
la aventura de Bush en Iraq. Cuatro días antes, el blanco
del terrorismo fue otro, aunque el objetivo fuera el mismo: hacerle
pagar a Arabia Saudita su alineamiento con Washington.
La estrategia del impacto y pavor que Bush promovió para
poner coto al terrorismo ha fracasado. Derrocó, sí,
a un tirano carente de legitimidad, pero en el proceso lastimó
severamente la reputación de Estados Unidos. Nunca logró
establecer la relación entre Hussein y Al Qaeda y nunca encontró
las llamadas armas de destrucción masiva que sirvieron de
pretexto para una guerra sin el concurso de las Naciones Unidas.
Hoy le toca a los ciudadanos de aquellos países, cuyos gobiernos
oportunistamente se aliaron a Estados Unidos en su aventura iraquí,
sufrir el impacto y el pavor que se nos dijo se buscaba prevenir.
*Miembro del Consejo Editorial de
Los Angeles Times.
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