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Analizando
Contenidos de calidad
La
percepción de calidad en los programas de TV tiene tantos
matices y puntos de vista como involucrados hay en su operativa
diaria.
He
aquí un macabro episodio televisivo que presencié
hace algunas semanas en El Salvador: Enciendo la "tele",
sintonizo un canal y me encuentro con unas imágenes como
sacadas de una película de horror.
Empiezan a desfilar, una tras otra, sangrientas figuras, restos
humanos mutilados y, en el centro de la escena, una mochila que,
según el narrador, contiene la cabeza de una persona.
Comenta que es la tercera muerte en estas circunstancias en poco
tiempo (la cifra actual ya supera la media docena de víctimas).
Agrega que presumiblemente ha sido causada por miembros de las maras.
Luego aparece el presentador en pantalla, anuncia otras noticias
y sonríe sutilmente frente a la cámara. Aún
pienso que eso que he visto no es noticia, sino más bien
un espectáculo sensacionalista, que progresivamente nos vuelve
indiferentes a viles atrocidades y al sufrimiento ajeno.
Estoy seguro de que mucho de lo que vemos por televisión
no es sano para nuestra salud mental y emocional, debido al fuerte
impacto sensorial que esas imágenes nos ocasionan. No me
refiero sólo a las imágenes de ciertos noticieros,
sino a un cúmulo de situaciones extremas que los medios nos
presentan como lo más normal del mundo. Es indudable que
ningún televidente en la actualidad se puede preciar de estar
indemne ante experiencias parecidas. Todos en un grado u otro hemos
presenciado programas y recientemente también anuncios
que nos han alarmado por sus excesos. Sé que hay público
para todo, pero creo que a muchos ya nos raya tanto amarillismo
en la programación diaria. Por eso no coincido con aquellos
que acusan a otros de mojigatería sólo
por el hecho de denunciar públicamente los contenidos basura
que nos transmiten en la televisión.
No pretendo profundizar al respecto, en todo caso me interesa generar
opinión sobre este asunto de tanto calado en el ámbito
de la comunicación audiovisual. De entrada, considero que
la calidad en los contenidos es responsabilidad de todos los involucrados,
desde los programadores y ejecutivos de los canales de televisión
hasta los anunciantes y especialmente de la audiencia. Calidad que
debe ser sinónimo de excelencia permanente: mejorando continuamente
la oferta de programas que aporten valores a la sociedad, transmitiendo
mensajes publicitarios de buen gusto e invirtiendo más en
conocer cómo está configurada la audiencia.
Es cierto que la percepción de calidad en los programas de
televisión tiene tantos matices y puntos de vista como involucrados
hay en su operativa diaria. Comprendo que un medio de comunicación
es ante todo una empresa y, por lo tanto, es natural que sus gestores
estén preocupados principalmente por la rentabilidad de los
programas y el oportuno control de gastos administrativos. En sentido
estricto, esto significa que conciben la gestión de contenidos
primordialmente como un trueque comercial de público
por publicidad. Sin embargo, el éxito del negocio no
lo marca sólo la audiencia. La simbiosis de audiencia
y calidad es lo que marca la diferencia.
Por lo tanto, al enfoque meramente económico, las cadenas
de televisión deben sumarle la satisfacción sensata
de entretenimiento e información que demanda la audiencia.
¿Cómo se logra esto en la operativa diaria? Pues insistiendo
en la perfección de los procesos creativos de producción
y, también, adoptando en los mensajes un mayor nivel de compromiso
con la sociedad. Es decir, procurando el equilibrio entre la experiencia
técnica del medio y la congruencia profesional de sus variados
componentes, y esto se alcanza en la medida que exista colectivamente
un esfuerzo auténtico por evitar los excesos.
Lograr este objetivo parece difícil ante la evidencia actual
de abundante programación mediocre en la mayoría de
canales privados de televisión. Por esto mismo, es necesario
que los directivos de los medios aporten voluntad y responsabilidad,
inviertan recursos materiales y técnicos y aprovechen la
experiencia para evaluar con mucha más atención las
ideas de nuevos programas y formatos televisivos a transmitir.
En la medida en que la audiencia encuentre mecanismos apropiados
para pronunciarse contra una oferta televisiva que atenta contra
la dignidad, los valores morales y el bien común de la sociedad,
se abrirán las puertas para influir en la decisión
de la gestión de contenidos de televisión. Asimismo,
los resultados extraordinarios que generan los buenos programas
recompensan a las cadenas con beneficios económicos como
consecuencia lógica de una mayor fidelización de la
audiencia. De hecho, varios programas americanos y europeos de reconocida
trayectoria en el tiempo han demostrado que es posible lograrlo
utilizando ideas originales y puestas en escena coherentes.
Es razonable, entonces, exigir a los canales de televisión
que adopten voluntariamente normas de autorregulación de
contenidos y mecanismos de control que garanticen la difusión
de mensajes publicitarios bien hechos en toda regla. Creo firmemente
que la creatividad no está reñida con el buen gusto.
Además, dado que la televisión tiene un gran poder
de influencia colectiva, tanto los anunciantes como los espectadores
que formamos parte de su audiencia objetivo tenemos el derecho de
demandar calidad por la enorme responsabilidad de entretenernos
e informarnos con el mayor respeto que merecemos como clientes,
pero ante todo como personas.
*El autor es doctorando en Comunicación
Pública de la Universidad de Navarra, España.
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