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Analizando
Contenidos de calidad

La percepción de calidad en los programas de TV tiene tantos matices y puntos de vista como involucrados hay en su operativa diaria.

Raúl M. Alas*
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com

He aquí un macabro episodio televisivo que presencié hace algunas semanas en El Salvador: Enciendo la "tele", sintonizo un canal y me encuentro con unas imágenes como sacadas de una película de horror.

Empiezan a desfilar, una tras otra, sangrientas figuras, restos humanos mutilados y, en el centro de la escena, una mochila que, según el narrador, contiene la cabeza de una persona.

Comenta que es la tercera muerte en estas circunstancias en poco tiempo (la cifra actual ya supera la media docena de víctimas). Agrega que presumiblemente ha sido causada por miembros de las maras. Luego aparece el presentador en pantalla, anuncia otras noticias y sonríe sutilmente frente a la cámara. Aún pienso que eso que he visto no es noticia, sino más bien un espectáculo sensacionalista, que progresivamente nos vuelve indiferentes a viles atrocidades y al sufrimiento ajeno.

Estoy seguro de que mucho de lo que vemos por televisión no es sano para nuestra salud mental y emocional, debido al fuerte impacto sensorial que esas imágenes nos ocasionan. No me refiero sólo a las imágenes de ciertos noticieros, sino a un cúmulo de situaciones extremas que los medios nos presentan como lo más normal del mundo. Es indudable que ningún televidente en la actualidad se puede preciar de estar indemne ante experiencias parecidas. Todos en un grado u otro hemos presenciado programas —y recientemente también anuncios— que nos han alarmado por sus excesos. Sé que hay público para todo, pero creo que a muchos ya nos raya tanto “amarillismo” en la programación diaria. Por eso no coincido con aquellos que acusan a otros de “mojigatería” sólo por el hecho de denunciar públicamente los contenidos basura que nos transmiten en la televisión.

No pretendo profundizar al respecto, en todo caso me interesa generar opinión sobre este asunto de tanto calado en el ámbito de la comunicación audiovisual. De entrada, considero que la calidad en los contenidos es responsabilidad de todos los involucrados, desde los programadores y ejecutivos de los canales de televisión hasta los anunciantes y especialmente de la audiencia. Calidad que debe ser sinónimo de excelencia permanente: mejorando continuamente la oferta de programas que aporten valores a la sociedad, transmitiendo mensajes publicitarios de buen gusto e invirtiendo más en conocer cómo está configurada la audiencia.

Es cierto que la percepción de calidad en los programas de televisión tiene tantos matices y puntos de vista como involucrados hay en su operativa diaria. Comprendo que un medio de comunicación es ante todo una empresa y, por lo tanto, es natural que sus gestores estén preocupados principalmente por la rentabilidad de los programas y el oportuno control de gastos administrativos. En sentido estricto, esto significa que conciben la gestión de contenidos primordialmente como un trueque comercial de “público por publicidad”. Sin embargo, el éxito del negocio no lo marca sólo la audiencia. La simbiosis de “audiencia y calidad” es lo que marca la diferencia.

Por lo tanto, al enfoque meramente económico, las cadenas de televisión deben sumarle la satisfacción sensata de entretenimiento e información que demanda la audiencia. ¿Cómo se logra esto en la operativa diaria? Pues insistiendo en la perfección de los procesos creativos de producción y, también, adoptando en los mensajes un mayor nivel de compromiso con la sociedad. Es decir, procurando el equilibrio entre la experiencia técnica del medio y la congruencia profesional de sus variados componentes, y esto se alcanza en la medida que exista colectivamente un esfuerzo auténtico por evitar los excesos.

Lograr este objetivo parece difícil ante la evidencia actual de abundante programación mediocre en la mayoría de canales privados de televisión. Por esto mismo, es necesario que los directivos de los medios aporten voluntad y responsabilidad, inviertan recursos materiales y técnicos y aprovechen la experiencia para evaluar con mucha más atención las ideas de nuevos programas y formatos televisivos a transmitir.

En la medida en que la audiencia encuentre mecanismos apropiados para pronunciarse contra una oferta televisiva que atenta contra la dignidad, los valores morales y el bien común de la sociedad, se abrirán las puertas para influir en la decisión de la gestión de contenidos de televisión. Asimismo, los resultados extraordinarios que generan los buenos programas recompensan a las cadenas con beneficios económicos como consecuencia lógica de una mayor fidelización de la audiencia. De hecho, varios programas americanos y europeos de reconocida trayectoria en el tiempo han demostrado que es posible lograrlo utilizando ideas originales y puestas en escena coherentes.

Es razonable, entonces, exigir a los canales de televisión que adopten voluntariamente normas de autorregulación de contenidos y mecanismos de control que garanticen la difusión de mensajes publicitarios bien hechos en toda regla. Creo firmemente que la creatividad no está reñida con el buen gusto. Además, dado que la televisión tiene un gran poder de influencia colectiva, tanto los anunciantes como los espectadores que formamos parte de su audiencia objetivo tenemos el derecho de demandar calidad por la enorme responsabilidad de entretenernos e informarnos con el mayor respeto que merecemos como “clientes”, pero ante todo como personas.

*El autor es doctorando en Comunicación Pública de la Universidad de Navarra, España.

 

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