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Breve análisis
¿Candidato bueno o partido unido?

Los dilemas están claros, el Frente debe decidir si le pone vestido rosado a un candidato rojo o si le pone vestido rojo a un candidato rosado. La segunda variable implica aceptar que quien manda es el presidente y no el partido

Joaquín Villalobos*
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com

Oxford, Inglaterra. Tanto ARENA como el FMLN están buscando cómo escoger su candidato presidencial, haciendo lo que podríamos llamar unas primarias “controladas”. Por distintas razones y en diferentes momentos, ambos partidos se comprometieron a abrir sus mecanismos de selección.

En el camino han descubierto los riesgos que entraña ir demasiado rápido en la democracia partidaria y ahora intentan hacer algo que parezca primaria, aunque no lo sea. Las dudas, temores y problemas de cada lado son diferentes.

El FMLN tiene dos problemas fundamentales: el debate entre los duros y los moderados, quienes de nuevo han retoñado en el Frente, y la relación entre el candidato y el partido. El primer problema es asunto de fuerza y el segundo deriva en la relación partido-presidente en caso de que el FMLN ganara la elección con un candidato que no sea militante del partido. La pregunta es entonces: ¿Podrá el FMLN asegurar que el elegido respetará la línea del partido?

Aunque el sector moderado del Frente tenga otras ideas, el programa del FMLN está marcado por las posiciones que sostienen sus principales dirigentes. Esto implica que el candidato del Frente tendría que comprometerse a eliminar o reducir el IVA, crear un nuevo impuesto aplicable sólo a los más ricos, restablecer el colón y recoger los dólares, re-estatizar la telefonía y la energía, revisar la privatización de los bancos, romper o renegociar los tratados de libre comercio con EE.UU. y México, aumentar salarios y bajar precios, buscar inversionistas extranjeros dispuestos a pagar salarios altos y muchos impuestos, mejorar la salud y la educación con poco dinero y sin molestar a la burocracia, fortalecer a la pequeña y mediana empresa con un mercado interno reducido por los empleos que se perderían resultado de los temores de la gran empresa, romper relaciones con Taiwan y abrirlas con China popular, abrir embajada en La Habana y apoyar a Fidel Castro en su peor momento, desmontar la base estadounidense antidrogas de Comalapa, no respaldar condenas internacionales contra el terrorismo, darle reconocimiento político a las FARC de Colombia y, finalmente, iniciar una política hostil hacia Estados Unidos, al mismo tiempo que solicita amnistía migratoria para 500,000 compatriotas que están ilegales y evita repatriaciones masivas en función de asegurar que continúe el flujo de remesas que sostienen nuestra economía.

Si el candidato no es del partido, tendría que negociar el programa, aceptar unas cosas y rechazar las que pueda. El programa es irracional, pero la duda de los duros del FMLN es razonable acerca de candidatos no militantes, sobre todo si los personajes tienen ideas propias y no son hombres acostumbrados a la disciplina partidaria. ¿Quién usa a quién es entonces la cuestión? Ideológico o foráneo, el escogido del FMLN significaría crisis, la diferencia es que con el foráneo el conflicto comenzaría adentro del gobierno mismo, tal como ocurrió con Héctor Silva en la Alcaldía. Contrario a lo que la mayoría piensa, Schafik Handal, el gran elector del Frente, terminará escogiendo al foráneo que más se comprometa con la línea dura del FMLN, dejando establecido un conflicto potencial dentro del Frente.

En ARENA, el cambio en el mecanismo de selección del candidato está vinculado a la crisis provocada por la reciente derrota electoral. Esto ya había ocurrido en 1997 y en el 2000; sin embargo, la cercanía de la elección presidencial les impidió controlar las emociones, y el debate acabó con el sistema vertical para tomarse a ARENA. Si el FMLN ya secunda un populismo de izquierda que ofrece lo que no se puede, el país empeoraría más si ARENA cayera en manos de un populismo de derecha que agarra hasta lo que no hay. La gran pregunta es: ¿Pueden nuestros partidos controlar los efectos de elecciones primarias?

En primer lugar, unas primarias suponen calentar y enfriar disciplinadamente un debate interno, controlar los peligros de fraccionamiento y mantener la unidad del partido cualquiera sea el resultado. La institucionalidad partidaria necesita entonces estar por encima de cualquier caudillismo interno. La historia de primarias en los otros partidos fue que los generales se mataron políticamente, perdieron el control de los partidos y estos quedaron en manos de los sargentos y los cabos. Un segundo elemento en unas primarias es que a la ahora de apoyar a uno u otro candidato interno, todo lo que se diga de ellos será usado contra el partido en la campaña.
Esto supone una autorregulación de los argumentos y una filosofía programática común entre los contendientes. La frontera de la diferencia en el bando propio se vuelve complicada de explicar cuando las bases tienen poca formación política, lo más fácil es pegarle al adversario como si fuera del partido contrario. Por ello se volvió tan común el ataque de vendidos en las experiencias de debates internos en otros partidos.

Un último punto es que en unas primarias es fundamental establecer de antemano lo que gana el que pierde. Este aspecto supone la existencia de fracciones o grupos al interior del partido, que tienen capacidad negociadora y suficientes márgenes de concesión a sus adversarios. Es esto lo que permite que luego de las primarias, el partido funcione plenamente alrededor del candidato ganador. La victoria basada en la exclusión asegura el control interno, pero debilita al partido hacia fuera.

En nuestro país, el FMLN, el PDC y el mismo ARENA han concluido sus debates con procesos de exclusión de dirigentes y generación de fracciones disidentes. Hasta ahora no hay una experiencia positiva en los partidos en negociaciones, que tengan como propósito ceder espacios al perdedor para conservarle al partido capacidad ganadora.

Los dilemas están claros, el Frente debe decidir si le pone vestido rosado a un candidato rojo o si le pone vestido rojo a un candidato rosado. La segunda variable implica aceptar que quien manda es el presidente y no el partido.

En el caso de ARENA, el dilema es si los candidatos sabrán pelear con guantes y si el ganador será capaz de mantener al perdedor a su lado. Los resultados de marzo demostraron que los partidos fueron más importantes que los candidatos. El dilema común es si esto será igual para el 2004.
*Columnista de El Diario de Hoy.

 

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