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La
columna nacional
Segunda Parte
Claroscuro de nuestra idiosincrasia criolla
Los
casos narrados en estos artículos son una muestra de nuestra
idiosincrasia individualista, egoísta, temerosa y desesperada.
La
semana pasada abordamos dos ejemplos de la vida real. Ahora seguimos
con otros dos.
El cínico estafador financiero. Estando reunidos un grupo
de hombres de negocios, financieros y abogados de nuestro país
y de Guatemala, en esa ciudad, no hace mucho, uno de los compatriotas,
sin frío en los ojos y como si estuviera contando
un chiste o informando sobre una hazaña digna de mérito,
contó que acababa de engañar, en una maniobra de sombrerazo
financiero, a una serie de ex clientes, logrando pingües ganancias.
Afortunadamente, en esa reunión concreta, nadie le rió
la gracia al caballero de industria, aunque tampoco se le
enrostró como al pícaro desvergonzado, más
exactamente delincuente, que en realidad es; uno de los presentes
hizo ver el feo de la conversación y pasaron
a otra cosa. Lo rescatable fue que, aunque pálida y tímida,
hubo cierto repudio que siquiera hizo ver a los chapines que no
todos somos como el cínico estafador, quedó la cosa
así, empatada.
El pastelazo de la fiesta rosa. Hace unos días en lo que
fue una agradable fiesta de quince años, en un ambiente de
clase media, celebrado en un lugar respetable, ocurrió esto...
Todo era normal a excepción de la música (horrible
en cadencia, letra y altos decibeles, aunque se considera normal
todo esto entre la juventud).
A la hora de partir el pastel, casi todos los jovencitos se apiñaron
en torno al mismo y comenzaron a empujarse unos a otros (me explicaron
que ese comportamiento también se ha vuelto de moda)
hasta terminar en el triste resultado de lanzar a la muchacha que
cumplía años sobre el pastel, derrumbándolo
al suelo. Lo rescatable del caso es, sin más, la viril actitud
del padre de la ofendida, quien impuso a los culpables al
menos la obligación de dar una pública disculpa,
que esperamos fuera sentida.
Los dos casos relacionados en este artículo y los dos del
anterior son apenas una pequeña muestra entre docenas de
situaciones, en el tráfico, en las colas para pagos o consultas,
en el comercio, los servicios, la educación y en todas las
manifestaciones de nuestra idiosincrasia más individualista,
egoísta, temerosa, impaciente, abusiva, vulgar, mediocre
y desesperada. Así sea mínima trataré de presentar
de dónde viene y qué remedios tendrían estas
manifestaciones.
Caso del robo impune en la pupusería. El incidente deja ver
una total falta de solidaridad, un insano y patológico temor
a todo lo que pueda ser incómodo o ponernos en
situaciones límite y la ausencia de valores de comunidad,
aplastados por un pensamiento egoísta desbocado. Para corregir
este rumbo decadente de pensamiento y de acción, debiera
servir una acción coordinada de organismos sociales, no gubernamentales
y del Estado mismo. Ésta debería incluir campañas
de convicción, de valores de lucha, de ideales superiores
al pacifismo a ultranza.
Caso de la pluma pagada. Clásica situación que denota
una efervescencia de rumores insidiosos, a menudo ocasionados por
la envidia. Los calumniadores sienten que bajar a otros es
más fácil para nivelarse que elevarse ellos.
La forma más fácil de combatir este mal es: 1) No
se acostumbre a escuchar chambres y menos si son destructivos.
2) Hágase una personalidad más seria y, si es el caso,
exija verificaciones concretas. 3) No los esparza usted.
Caso del cínico estafador financiero. Es triste decir que
la situación quedó empatada porque no
le celebraron a carcajadas pidiéndole incluso la fórmula,
ya que lo estrictamente correcto es tomar nota de un delincuente
de esta calaña y denunciarlo ante las autoridades. El correctivo
mínimo ante la alternativa difícil de encausarlo
criminalmente es el repudio social explícito de las
reuniones, clubes, etc., de forma que no se premie una tal conducta.
Caso del pastelazo de la fiesta rosa. Es absolutamente congruente
y relacionado el uso de la música atroz y fortísima
con lo ocurrido, no porque la música en sí lo provoque,
sino como un síntoma de la dejadez social, que ha llegado
a una permisividad extrema, dejando a la juventud que se contonee
lúbricamente al son de canciones de letra asquerosa como
si se tratara de la cosa más normal. Estas conductas son
respaldadas con torpes argumentos como: así son los
jóvenes, ponete al día o es
que ustedes están viejos ya u otras memeces por el
estilo, que denigran en el fondo la esencia misma de la juventud
en el ser humano y sólo demuestran aborregamiento y aquella
cualidad de mínimo esfuerzo que parece permear tanto a nuestra
sociedad en descomposición.
Como en los otros, se necesitan campañas para un despertar
cultural y espiritual.
* Lic. en Ciencias Políticas.
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