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La columna nacional
—Segunda Parte—
Claroscuro de nuestra idiosincrasia criolla

Los casos narrados en estos artículos son una muestra de nuestra idiosincrasia individualista, egoísta, temerosa y desesperada.

Roberto López-Geissmann*
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com

La semana pasada abordamos dos ejemplos de la vida real. Ahora seguimos con otros dos.

El cínico estafador financiero. Estando reunidos un grupo de hombres de negocios, financieros y abogados de nuestro país y de Guatemala, en esa ciudad, no hace mucho, uno de los compatriotas, “sin frío en los ojos” y como si estuviera contando un chiste o informando sobre una hazaña digna de mérito, contó que acababa de engañar, en una maniobra de “sombrerazo” financiero, a una serie de ex clientes, logrando pingües ganancias.

Afortunadamente, en esa reunión concreta, nadie le “rió la gracia al caballero de industria”, aunque tampoco se le enrostró como al pícaro desvergonzado, más exactamente delincuente, que en realidad es; uno de los presentes hizo ver “el feo de la conversación” y pasaron a otra cosa. Lo rescatable fue que, aunque pálida y tímida, hubo cierto repudio que siquiera hizo ver a los chapines que no todos somos como el cínico estafador, quedó la cosa así, empatada.

El pastelazo de la fiesta rosa. Hace unos días en lo que fue una agradable fiesta de quince años, en un ambiente de clase media, celebrado en un lugar respetable, ocurrió esto... Todo era normal a excepción de la música (horrible en cadencia, letra y altos decibeles, aunque se considera normal todo esto entre la juventud).

A la hora de partir el pastel, casi todos los jovencitos se apiñaron en torno al mismo y comenzaron a empujarse unos a otros (me explicaron que ese comportamiento también se ha vuelto “de moda”) hasta terminar en el triste resultado de lanzar a la muchacha que cumplía años sobre el pastel, derrumbándolo al suelo. Lo rescatable del caso es, sin más, la viril actitud del padre de la ofendida, quien impuso a los culpables —al menos— la obligación de dar una pública disculpa, que esperamos fuera sentida.

Los dos casos relacionados en este artículo y los dos del anterior son apenas una pequeña muestra entre docenas de situaciones, en el tráfico, en las colas para pagos o consultas, en el comercio, los servicios, la educación y en todas las manifestaciones de nuestra idiosincrasia más individualista, egoísta, temerosa, impaciente, abusiva, vulgar, mediocre y desesperada. Así sea mínima trataré de presentar de dónde viene y qué remedios tendrían estas manifestaciones.

Caso del robo impune en la pupusería. El incidente deja ver una total falta de solidaridad, un insano y patológico temor a todo lo que pueda ser “incómodo” o ponernos en situaciones límite y la ausencia de valores de comunidad, aplastados por un pensamiento egoísta desbocado. Para corregir este rumbo decadente de pensamiento y de acción, debiera servir una acción coordinada de organismos sociales, no gubernamentales y del Estado mismo. Ésta debería incluir campañas de convicción, de valores de lucha, de ideales superiores al pacifismo a ultranza.

Caso de la pluma pagada. Clásica situación que denota una efervescencia de rumores insidiosos, a menudo ocasionados por la envidia. Los calumniadores sienten que “bajar a otros es más fácil para nivelarse que elevarse ellos”. La forma más fácil de combatir este mal es: 1) No se acostumbre a escuchar “chambres” y menos si son destructivos. 2) Hágase una personalidad más seria y, si es el caso, exija verificaciones concretas. 3) No los esparza usted.

Caso del cínico estafador financiero. Es triste decir que la situación quedó “empatada” porque no le celebraron a carcajadas pidiéndole incluso la “fórmula”, ya que lo estrictamente correcto es tomar nota de un delincuente de esta calaña y denunciarlo ante las autoridades. El correctivo mínimo —ante la alternativa difícil de encausarlo criminalmente— es el repudio social explícito de las reuniones, clubes, etc., de forma que no se premie una tal conducta.

Caso del pastelazo de la fiesta rosa. Es absolutamente congruente y relacionado el uso de la música atroz y fortísima con lo ocurrido, no porque la música en sí lo provoque, sino como un síntoma de la dejadez social, que ha llegado a una permisividad extrema, dejando a la juventud que se contonee lúbricamente al son de canciones de letra asquerosa como si se tratara de la cosa más normal. Estas conductas son respaldadas con torpes argumentos como: “así son los jóvenes”, “ponete al día” o “es que ustedes están viejos ya” u otras memeces por el estilo, que denigran en el fondo la esencia misma de la juventud en el ser humano y sólo demuestran aborregamiento y aquella cualidad de mínimo esfuerzo que parece permear tanto a nuestra sociedad en descomposición.

Como en los otros, se necesitan campañas para un despertar cultural y espiritual.
* Lic. en Ciencias Políticas.

 

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