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Tres
fincas que cautivan a los expertos
Las tazas más selectas del café salvadoreño
Los
propietarios de las fincas ganadoras de la Taza de Excelencia cuentan
cuál ha sido la clave para producir cafés excepcionales.
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| Trabajadores de la finca Kilimanjaro eliminan
granos no maduros de la muestra que ganaría el primer
lugar. Foto: EDH |
¿Puede un café tener aroma floral y sabor a helado
de crema? Los catadores internacionales del concurso la Taza de
Excelencia creen que sí. De hecho, ese fue uno de los comentarios
que hicieron sobre el que ha sido electo como el mejor café
de El Salvador.
La propietaria de la finca Kilimanjaro, Aída Batlle, admite
que es difícil describir ese sabor. Uno (de los expertos)
me dijo que le hizo recordar a un sorbete de la marca alemana cookies
and cream.
La finca está situada en la falda norte del Volcán
de Santa Ana, la misma zona de donde provienen los otros dos cafés
que obtuvieron los mejores puntajes en el concurso.
Sobre un máximo de 100, el café de Kilimanjaro obtuvo
una calificación de 91.66.
El segundo lugar, cosechado en el lote C de la finca
Malacara, alcanzó los 90.73 puntos, mientras que el tercer
lugar, recibió 90.32.
Las tres propiedades están a más de 1,200 metros sobre
el nivel del mar, lo que le confiere a sus cafés la categoría
de estricta altura.
El ganador del tercer lugar, Arturo Álvarez Meza, está
convencido de que la geografía y el clima fueron factores
clave para que su bebida conquistara el gusto del jurado internacional
de la Taza de Excelencia.
Zona privilegiada
Tenemos el privilegio de estar en una zona fértil,
bondadosa. También nos favorece el hecho de que ahí
no da la brisa marina. Eso nos ayuda bastante, sostiene Álvarez
Meza.
A su juicio, no es casualidad que los tres cafés mejor evaluados
provengan del mismo sector.
De hecho, los lugares dos y tres se los llevaron fincas que antes
fueron una sola propiedad, hasta que el abuelo de don Arturo decidió
repartir los lotes a sus sucesores.
El caficultor asegura que nuestra familia ha sido tradicionalmente
cafetalera. Tiene más de cien años de estar en el
cultivo.
Guillermo Álvarez Prunera, cuya finca se agenció el
segundo lugar, es sobrino de don Arturo y cree que esta estrecha
relación de la familia con la caficultura tiene un peso en
momentos de crisis como los que vive el sector.
Años de crisis
La noticia del premio ha venido a inyectar entusiasmo a estos caficultores
que, pese a producir grano de alta calidad, no han escapado a la
debacle internacional de precios.
Los tres venden su café como gourmet, lo que
les permite obtener un sobreprecio que varía entre $2 y $10
por quintal. Sin embargo, aseguran que sus fincas no les reportan
ganancias desde hace al menos tres años.
Los precios no permiten mantener la finca como se lo hacíamos
anteriormente. Solamente se le ha dado el mantenimiento mínimo
necesario, a manera de que no decaiga mucho la producción,
confiesa Álvarez Meza.
Esta atención mínima consiste en la eliminación
de maleza, poda de los cafetos y árboles de sombra, y una
fertilización en todo el año.
Aída Batlle sostiene que en Kilimanjaro no se sustituyen
arbustos viejos por otros más jóvenes desde hace cinco
años.
La caída de precios también llevó a su padre
a sustituir los costosos fertilizantes químicos por estiércol
de gallina, uno de los abonos orgánicos más usados
en el cultivo.
Ahora, ella tiene razones comerciales para seguir prefiriendo la
gallinaza. Si su finca logra un certificado que haga
constar que el café es cosechado con métodos orgánicos,
podrá vender en el mercado internacional a precios considerablemente
superiores a los del café convencional.
Batlle asegura que ya entró en pláticas con especialistas
y espera que pronto hagan un muestreo de suelos en su cafetal, para
iniciar el proceso de certificación.
Mientras tanto, saborea la victoria que le adjudicaron los jueces
de la Taza de Excelencia, por un café tan especial que sabe
algo así como el helado de crema.
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El cuadro de honor
Sus cafés obtuvieron puntajes superiores
a 90. Los tres consideran que el concurso ha venido a inyectar
nuevos ánimos a los productores locales. Estos orgullosos
ganadores confían en que la imagen del café
salvadoreño quede fortalecida tras la realización
del certamen.
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Este premio es un reconocimiento
para nuestra finca, pero también a la calidad del café
salvadoreño.
Aída Batlle,
Propietaria de la finca Kilimanjaro
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El concurso nos confirma
que nuestro café puede tener más valor, por
ser diferente a nivel mundial.
Guillermo Álvarez Prunera,
Propietario de Malacara lote A
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En la finca tenemos
una clínica y una escuela, para nuestros trabajadores
y los de fincas aledañas.
Arturo Álvarez Meza,
Propietario de Malacara lote C
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