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Breve
análisis
Los libros y el subdesarrollo
El
dilema es, pues, duro y decisivo: leer o no leer. No hay desarrollo
económico si no hay primero desarrollo intelectual.
Oh,
sí, la política económica es muy importante
para salir del subdesarrollo, pero... ¿no habrá otras
causas más profundas y determinantes para mantener a muchos
países en el subdesarrollo? El principal de los subdesarrollos,
considero, es siempre mental y moral. La mala economía viene
después, como consecuencia de ese subdesarrollo primario.
El problema esencial está en la educación. De la importancia
de la educación familiar en los aspectos religioso y moral
ya he escrito en otras ocasiones. Ahora quiero referirme a la educación
intelectual. Y ahí nos encontramos con lo primero que requiere
la educación del intelecto: saber leer y saber escribir.
Pero me refiero a no hacerlo de cualquier modo, a trompicones, equivocando
las palabras leídas o peleando con el lapicero que se resiste
a la mano que lo maneja. Leer bien supone poder hacerlo de viva
voz y hacerlo con facilidad, rapidez y buena entonación.
Escribir bien es realizarlo con soltura, buena letra, buena ortografía
y con la claridad y precisión del lenguaje.
¿Cómo está esto entre nosotros? Dense, queridos
lectores, una vuelta por nuestras librerías comerciales.
¿Con qué ánimo saldrán de ellas? ¿Eufóricos,
optimistas? ¿O amargados y deprimidos? Las librerías
no abundan. ¿Cuántas hay en Metrocentro o en establecimientos
semejantes? Desde luego, no busquen aquí esos enormes edificios
de varios pisos, con salones de lectura, etc., de los países
desarrollados, donde se puede encontrar fácilmente cualquier
libro sobre cualquier tema. Aquí, la mayoría de las
tiendas que venden libros sobreviven comercialmente porque son también
papelerías. Son el papel, en todas sus variedades, y el material
escolar o para oficinas los que permiten, mejor o peor, que esos
establecimientos no tengan que cerrar.
Libros, lo que se dice libros, se venden muy pocos. Y no mejora
tampoco el panorama si, dejando la escasa cantidad, investigamos
sobre la calidad de los más vendidos o solicitados. Casi
siempre se trata de ejemplares de charlatanismo seudo-espiritual
tipo J. J. Benítez, new age, ovnis, etc., o de
cómo triunfar en la vida o sea, de cómo
ganar dinero escribiendo libros a costa de gente aproblemada que
va a seguir estando aproblemada, o de ese tipo de literatura
best-séller para llenar sentimientos facilones más
o menos cursis tipo Isabel Allende o Paulo Coelho.
¿Qué nos dice todo esto? Que algo muy importante se
ha descuidado y que se debe corregir fomentando la afición
a la lectura de buenos libros desde muy pequeños. Y además,
si esa afición se cultiva en el propio hogar, viendo los
hijos que sus padres leen, mejor. No tendrá así el
carácter de obligación, sino de costumbre propia apasionante,
adquirida por contagio familiar.
Vivimos, afortunadamente y espero que sigamos así,
a pesar de algunos sombríos presagios y amenazas, en
tiempos y en un país de libertades en general y, desde luego,
de libertad intelectual. Pero el enemigo de la libertad de pensamiento
no está sólo en los totalitarismos políticos
que pudieran estar en nuestro futuro. Activos están ya, ahora,
otros enemigos más domésticos, sutiles, inaparentes
e inmediatos, que consiguen con facilidad desterrar la lectura de
los hábitos y costumbre de muchos de nosotros.
Toda una pedagogía equivocada del pasado inmediato, supuestamente
progresista verdadera epidemia que abarcó muchos países,
desarrollados y subdesarrollados, con la intención
de no torturar al niño con el esfuerzo de leer,
se vio pronto reforzada por el cine, las historietas dibujadas y
después por la televisión, que puede encontrarse hasta
en viviendas muy pobres. Siempre será más cómodo
la actitud pasiva de mirar la televisión que la de tomar
un libro y leerlo.
En muchos hogares, además, la alternativa no es posible,
porque ese supuesto libro no existe.
La televisión, en sí, no tendría por qué
ser una enemiga. De hecho, las versiones en cine y vídeo
de Harry Potter o de El señor de los anillos
pueden haber motivado a algunos de sus espectadores a después
leer la respectiva versión del libro original. Ya defendí
hace tiempo la bondad de los libros de Harry Potter,
no sólo por su contenido, que es claramente positivo en cuanto
a estimular la bondad y las virtudes, sino también porque
ha servido para que un número incontable de niños
y adolescentes se animaran, por primera vez en su vida, a leer un
libro. Pero de hecho, hoy día, la televisión es uno
de los más eficaces enemigos de la lectura.
El dilema es, pues, duro y decisivo: leer o no leer. No hay desarrollo
económico si no hay primero desarrollo intelectual. Y el
desarrollo moral depende también, en buena parte, del desarrollo
intelectual. Suscribo, por tanto, totalmente, el juicio que el escritor
y crítico literario chileno Ibáñez Langlois
declara sobre este tema en su libro Introducción a
la literatura: Hay un círculo indestructible
constituido por el leer, el escribir y el pensar. El que no lee
ni escribe bien no puede tener sino los rudimentos más elementales
del pensar, lo que significa una impotencia grande para resolver
los demás acuciantes problemas del subdesarrollo.
*Dr. en Medicina y columnista de
El Diario de Hoy.
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