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Breve análisis
Los libros y el subdesarrollo

El dilema es, pues, duro y decisivo: leer o no leer. No hay desarrollo económico si no hay primero desarrollo intelectual.

Luis Fernández Cuervo*
El Diario de Hoy
lfcuervo@tutopia.com

Oh, sí, la política económica es muy importante para salir del subdesarrollo, pero... ¿no habrá otras causas más profundas y determinantes para mantener a muchos países en el subdesarrollo? El principal de los subdesarrollos, considero, es siempre mental y moral. La mala economía viene después, como consecuencia de ese subdesarrollo primario.

El problema esencial está en la educación. De la importancia de la educación familiar en los aspectos religioso y moral ya he escrito en otras ocasiones. Ahora quiero referirme a la educación intelectual. Y ahí nos encontramos con lo primero que requiere la educación del intelecto: saber leer y saber escribir. Pero me refiero a no hacerlo de cualquier modo, a trompicones, equivocando las palabras leídas o peleando con el lapicero que se resiste a la mano que lo maneja. Leer bien supone poder hacerlo de viva voz y hacerlo con facilidad, rapidez y buena entonación. Escribir bien es realizarlo con soltura, buena letra, buena ortografía y con la claridad y precisión del lenguaje.

¿Cómo está esto entre nosotros? Dense, queridos lectores, una vuelta por nuestras librerías comerciales. ¿Con qué ánimo saldrán de ellas? ¿Eufóricos, optimistas? ¿O amargados y deprimidos? Las librerías no abundan. ¿Cuántas hay en Metrocentro o en establecimientos semejantes? Desde luego, no busquen aquí esos enormes edificios de varios pisos, con salones de lectura, etc., de los países desarrollados, donde se puede encontrar fácilmente cualquier libro sobre cualquier tema. Aquí, la mayoría de las tiendas que venden libros sobreviven comercialmente porque son también papelerías. Son el papel, en todas sus variedades, y el material escolar o para oficinas los que permiten, mejor o peor, que esos establecimientos no tengan que cerrar.

Libros, lo que se dice libros, se venden muy pocos. Y no mejora tampoco el panorama si, dejando la escasa cantidad, investigamos sobre la calidad de los más vendidos o solicitados. Casi siempre se trata de ejemplares de charlatanismo seudo-espiritual —tipo J. J. Benítez, new age, ovnis, etc.—, o de “cómo triunfar en la vida” —o sea, de cómo ganar dinero escribiendo libros a costa de gente aproblemada que va a seguir estando aproblemada—, o de ese tipo de literatura best-séller para llenar sentimientos facilones más o menos cursis —tipo Isabel Allende o Paulo Coelho—.

¿Qué nos dice todo esto? Que algo muy importante se ha descuidado y que se debe corregir fomentando la afición a la lectura de buenos libros desde muy pequeños. Y además, si esa afición se cultiva en el propio hogar, viendo los hijos que sus padres leen, mejor. No tendrá así el carácter de obligación, sino de costumbre propia apasionante, adquirida por contagio familiar.

Vivimos, afortunadamente —y espero que sigamos así, a pesar de algunos sombríos presagios y amenazas—, en tiempos y en un país de libertades en general y, desde luego, de libertad intelectual. Pero el enemigo de la libertad de pensamiento no está sólo en los totalitarismos políticos que pudieran estar en nuestro futuro. Activos están ya, ahora, otros enemigos más domésticos, sutiles, inaparentes e inmediatos, que consiguen con facilidad desterrar la lectura de los hábitos y costumbre de muchos de nosotros.

Toda una pedagogía equivocada del pasado inmediato, supuestamente progresista —verdadera epidemia que abarcó muchos países, desarrollados y subdesarrollados—, con la intención de “no torturar al niño” con el esfuerzo de leer, se vio pronto reforzada por el cine, las historietas dibujadas y después por la televisión, que puede encontrarse hasta en viviendas muy pobres. Siempre será más cómodo la actitud pasiva de mirar la televisión que la de tomar un libro y leerlo.

En muchos hogares, además, la alternativa no es posible, porque ese supuesto libro no existe.
La televisión, en sí, no tendría por qué ser una enemiga. De hecho, las versiones en cine y vídeo de “Harry Potter” o de “El señor de los anillos” pueden haber motivado a algunos de sus espectadores a después leer la respectiva versión del libro original. Ya defendí hace tiempo la bondad de los libros de “Harry Potter”, no sólo por su contenido, que es claramente positivo en cuanto a estimular la bondad y las virtudes, sino también porque ha servido para que un número incontable de niños y adolescentes se animaran, por primera vez en su vida, a leer un libro. Pero de hecho, hoy día, la televisión es uno de los más eficaces enemigos de la lectura.

El dilema es, pues, duro y decisivo: leer o no leer. No hay desarrollo económico si no hay primero desarrollo intelectual. Y el desarrollo moral depende también, en buena parte, del desarrollo intelectual. Suscribo, por tanto, totalmente, el juicio que el escritor y crítico literario chileno Ibáñez Langlois declara sobre este tema en su libro “Introducción a la literatura”: “Hay un círculo indestructible constituido por el leer, el escribir y el pensar. El que no lee ni escribe bien no puede tener sino los rudimentos más elementales del pensar, lo que significa una impotencia grande para resolver los demás acuciantes problemas del subdesarrollo”.

*Dr. en Medicina y columnista de El Diario de Hoy.

 

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