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La nota del día
Las masacres en Marruecos

  No hay nación que no esté bajo amenaza del terrorismo, hecho que está transformando la política mundial.

Más de cuarenta personas murieron en un atentado terrorista en Marruecos, masacre que se suma a la perpetrada en Riyahd, Arabia, pocos dias antes. Las víctimas, lo que es siempre el caso en estos ataques, eran personas inocentes sin significativos vínculos con movimientos políticos, gobiernos o grupos de poder. Murieron por un simple motivo: estaban allí en el momento del atentado.

Las dos masacres se suman a la ya muy grave serie de agresiones de grupos terroristas en los más diversos confines de la tierra. Parecidos horrores se dieron en Bali, Indonesia, en Moscú, Rusia, en diversas ciudades de Colombia, en Zanzibar* y desde luego en Israel. Al ser estos actos practicamente impredecibles ---es muy difícil adentrarse en el cerebro de un sicópata--- no son muchas las precauciones o sistemas defensivos que pueden adoptarse. El costo para el mundo sería casi prohibitivo, como lo es el aparataje mundial de defensa contra las más variadas amenazas, incluyendo los secuestros de aviones, perversa industria iniciada por Fidel Castro al principio de los años sesenta.

Una buena parte de investigadores son unánimes al atribuir los atentados a células terroristas de al Qaeda, las que han ido cayendo una a una, pero que es casi imposible erradicar en su totalidad. La estrategia de los gobiernos es infiltrarlas, perseguirlas por todos los medios imaginables, castigar con rigor a los terroristas que se capturen y destruir o neutralizar los centros y regímenes que les dan albergue y apoyo, lo que se hizo con los talibanes y posteriormente Iraq. Siria, Libia, Algeria, Yemen y la Autoridad Palestina están revisando sus relaciones con los grupos del terror, por los altos costos políticos que ello representa y su misma supervivencia.    

¿Qué define si un acto es terrorismo? Lo primordial es que las víctimas que cause sean personas inocentes. Cuando niños, mujeres, transeuntes, parroquianos, clientes en un negocio o pasajeros de líneas comerciales son los muertos y heridos en un atentado, se trata de terrorismo. Igual si los blancos de los ataques son obras civiles que van desde estaciones de abastecimiento de agua hasta generadoras de energía: las consecuencias las padece la población de un país. Terrorismo lo sufrió El Salvador durante la guerra, tanto en ametrallamientos (recuérdese el de la Zona Rosa) como al morir neonatos al cortarse la energía por bombas a postes.

Ningún pueblo está a salvo

A principios del siglo pasado se dio el fenómeno de terroristas que actuaban solos, mayoritariamente anarquistas. La caricatura era de un hombre lanzando una bomba sobre un carruaje, como el atentado en Saravejo contra un príncipe austríaco, que desencadenó la Primera Guerra Mundial.

Al consolidarse la Unión Soviética después de 1917, el terrorismo se convirtió en una estrategia a la que se dedicaron recursos enormes y reclutó una multiplicidad de regímenes dictatoriales, desde Bulgaria y Vietnam hasta Cuba y en su momento la Nicaragua sandinista. El gran problema es que para Estados Unidos y buena parte de la opinión pública de Europa occidental, esos terroristas, secuestradores y asaltantes se vieron como “rebeldes” que luchaban “por la liberación y la justicia”. Y de “rebeldes” se mantenían hasta ocurrir el ataque a las torres gemelas en Nueva York.
   

 

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