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Analizando
Las empresas, los empresarios, los trabajadores
Las
causas de la prosperidad de una empresa son: competencia, orden,
honestidad, iniciativa, frugalidad, ahorro...
La preocupación objetiva por las personas se concreta en
programas de capacitación laboral como iniciativa de las
empresas grandes, o como acción conjunta de empresas más
chicas; ellas solas o en cooperación con las instituciones
del Estado.
Las empresas son en cierto modo una escuela de vida y un lugar de
posible perfeccionamiento de todos los que participan en ella. Una
buena empresa debe tener un número de virtudes humanas prácticas,
que esconden a su vez actitudes de fondo que ennoblecen la personalidad
de los empresarios y de los trabajadores.
El trabajo ayuda también a la madurez e integración
del trabajador con los demás, a conocerse mejor a sí
mismos y a los compañeros de trabajo. No se puede medir una
empresa sólo por las utilidades que obtiene, o por las remuneraciones
que otorga, sino también -y principalmente- por el impacto
que produce en los seres humanos que trabajan en ella. Por eso siempre
se ha visto la conveniencia de integrar progresivamente -en la medida
de lo posible- al personal en la empresa.
Los empresarios, dirigentes, empleados y obreros cooperan en una
obra común. No son enemigos, sino compañeros.
Son personas las que se asocian. Es decir, hombres libres y autónomos.
Por ello teniendo en cuenta las funciones de cada uno -propietarios,
administradores, técnicos, trabajadores en general- se ha
de promover la activa participación de todos en la gestión
de la empresa, según formas que tendrían que determinarse
con acierto.
La preocupación objetiva por las personas se concreta en
programas de capacitación laboral como iniciativa de las
empresas grandes, o como acción conjunta de empresas más
chicas; ellas solas o en cooperación con las instituciones
del Estado.
Un buen empresario no debería esperar a que le impongan estos
programas, sino que sabrá valerse de las iniciativas propias
y de los medios disponibles. No debería olvidar aquel proverbio:
A un hombre hambriento se le puede solucionar su problema
por un día dándole un pez, o para siempre enseñándole
a pescar.
Además, para mejor cumplir el papel de liderazgo, como forjador
de hombres, el empresario tendrá que participar él
mismo en cursos de formación y capacitación, considerando
que un buen profesional nunca deja de aprender. De este modo, sabrá
comunicar mejor a su personal sus propios conocimientos, cualidades
y eficiencia. Esta formación también incluye los valores
sociales, familiares, morales y religiosos.
Por eso, la empresa es no sólo un organismo, una estructura
de producción, sino que debe transformarse en comunidad de
vida, en un lugar donde el trabajador convive y se relaciona con
sus semejantes, y donde el desarrollo personal no sólo es
permitido sino fomentado. El enemigo principal de la empresa es
la ignorancia y el funcionalismo que hace de la eficacia el postulado
único e inmediato de la producción y del trabajo.
¿Qué virtudes tendrían que cultivar la empresa,
los empresarios y los trabajadores? Diligencia, laboriosidad, prudencia,
fiabilidad, lealtad, fortaleza, fidelidad, el hábito de estudio,
la resolución de ánimo en la ejecución de decisiones
difíciles y dolorosas, pero necesarias para el trabajo común
de la empresa y para hacer frente a los eventuales reveses del futuro.
Las causas de la prosperidad de una empresa son: competencia, orden,
honestidad, iniciativa, frugalidad, ahorro, espíritu de servicio,
cumplimiento de la palabra empeñada, audacia. En suma, amor
al trabajo bien hecho. Ningún sistema o estructura social
puede resolver el problema de la pobreza al margen de estas virtudes.
La visión de la vida económica debe estar centrada
en el hombre, y no en meras abstracciones o en la primacía
del capital. El empresario debe preocuparse primero de sus trabajadores
-seres humanos- y no sólo de sus bienes productivos o el
producto final, como quien usa mano de obra impersonal.
Debe tener una conciencia bien formada sobre el impacto de su actividad
en sus empleados, consumidores y el resto de la sociedad. El trabajo
humano y la vida de las empresas no son entidades neutras.
Por último, la promoción del personal tiene que ver
también con algunas formas e iniciativas ingeniosas que puedan
integrar más al trabajador en la gestión y/o en los
beneficios de la empresa.
Independientemente de la posibilidad de la aplicación concreta
de estas propuestas, sigue siendo evidente que el reconocimiento
de una mayor justicia para el trabajador dentro del proceso productivo
exige de las empresas, de los empresarios y de los trabajadores
cambios creativos que favorezcan a todos.
*Columnista de El Diario de Hoy.
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