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Analizando
Las empresas, los empresarios, los trabajadores

María Teresa de Jovel*
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com

Las causas de la prosperidad de una empresa son: competencia, orden, honestidad, iniciativa, frugalidad, ahorro...

La preocupación objetiva por las personas se concreta en programas de capacitación laboral como iniciativa de las empresas grandes, o como acción conjunta de empresas más chicas; ellas solas o en cooperación con las instituciones del Estado.

Las empresas son en cierto modo una escuela de vida y un lugar de posible perfeccionamiento de todos los que participan en ella. Una buena empresa debe tener un número de virtudes humanas prácticas, que esconden a su vez actitudes de fondo que ennoblecen la personalidad de los empresarios y de los trabajadores.

El trabajo ayuda también a la madurez e integración del trabajador con los demás, a conocerse mejor a sí mismos y a los compañeros de trabajo. No se puede medir una empresa sólo por las utilidades que obtiene, o por las remuneraciones que otorga, sino también -y principalmente- por el impacto que produce en los seres humanos que trabajan en ella. Por eso siempre se ha visto la conveniencia de integrar progresivamente -en la medida de lo posible- al personal en la empresa.
Los empresarios, dirigentes, empleados y obreros cooperan en una obra común. No son enemigos, sino compañeros.

Son personas las que se asocian. Es decir, hombres libres y autónomos. Por ello teniendo en cuenta las funciones de cada uno -propietarios, administradores, técnicos, trabajadores en general- se ha de promover la activa participación de todos en la gestión de la empresa, según formas que tendrían que determinarse con acierto.
La preocupación objetiva por las personas se concreta en programas de capacitación laboral como iniciativa de las empresas grandes, o como acción conjunta de empresas más chicas; ellas solas o en cooperación con las instituciones del Estado.
Un buen empresario no debería esperar a que le impongan estos programas, sino que sabrá valerse de las iniciativas propias y de los medios disponibles. No debería olvidar aquel proverbio: “A un hombre hambriento se le puede solucionar su problema por un día dándole un pez, o para siempre enseñándole a pescar”.

Además, para mejor cumplir el papel de liderazgo, como forjador de hombres, el empresario tendrá que participar él mismo en cursos de formación y capacitación, considerando que un buen profesional nunca deja de aprender. De este modo, sabrá comunicar mejor a su personal sus propios conocimientos, cualidades y eficiencia. Esta formación también incluye los valores sociales, familiares, morales y religiosos.

Por eso, la empresa es no sólo un organismo, una estructura de producción, sino que debe transformarse en comunidad de vida, en un lugar donde el trabajador convive y se relaciona con sus semejantes, y donde el desarrollo personal no sólo es permitido sino fomentado. El enemigo principal de la empresa es la ignorancia y el funcionalismo que hace de la eficacia el postulado único e inmediato de la producción y del trabajo.

¿Qué virtudes tendrían que cultivar la empresa, los empresarios y los trabajadores? Diligencia, laboriosidad, prudencia, fiabilidad, lealtad, fortaleza, fidelidad, el hábito de estudio, la resolución de ánimo en la ejecución de decisiones difíciles y dolorosas, pero necesarias para el trabajo común de la empresa y para hacer frente a los eventuales reveses del futuro.
Las causas de la prosperidad de una empresa son: competencia, orden, honestidad, iniciativa, frugalidad, ahorro, espíritu de servicio, cumplimiento de la palabra empeñada, audacia. En suma, amor al trabajo bien hecho. Ningún sistema o estructura social puede resolver el problema de la pobreza al margen de estas virtudes.

La visión de la vida económica debe estar centrada en el hombre, y no en meras abstracciones o en la primacía del capital. El empresario debe preocuparse primero de sus trabajadores -seres humanos- y no sólo de sus bienes productivos o el producto final, como quien usa “mano de obra impersonal”. Debe tener una conciencia bien formada sobre el impacto de su actividad en sus empleados, consumidores y el resto de la sociedad. El trabajo humano y la vida de las empresas no son entidades neutras.
Por último, la promoción del personal tiene que ver también con algunas formas e iniciativas ingeniosas que puedan integrar más al trabajador en la gestión y/o en los beneficios de la empresa.
Independientemente de la posibilidad de la aplicación concreta de estas propuestas, sigue siendo evidente que el reconocimiento de una mayor justicia para el trabajador dentro del proceso productivo exige de las empresas, de los empresarios y de los trabajadores cambios creativos que favorezcan a todos.

*Columnista de El Diario de Hoy.

 

 

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