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Punto de vista
A MERCED DE CUALQUIERA

Carlos Mayora Re*
El Diairo de Hoy
E-mail: carlos@mayora.org

Con más frecuencia de la que sería de desear, no nos preguntamos por los porqués sino por los para qué, y no nos importa el cómo hacer las cosas, sino sólo el cuánto ganaremos haciéndolas.

Se han dicho muchas cosas de Juan Pablo II, pero nunca que sea pesimista, o tremendista. Se aprecia mucho –entre otras cosas-, su fortaleza moral, su valentía y la agudeza de sus análisis, y a pesar de su débil salud, el Papa no deja de sorprender a propios y extraños por la sutileza de su pensamiento y por el poder de su palabra.

A principios de este mes, en Madrid, Su Santidad se dirigía a una ingente multitud de jóvenes y les decía, entre otras cosas, que “el drama de la cultura actual es la falta de interioridad, la ausencia de contemplación. Sin interioridad la cultura carece de entrañas, es como un cuerpo que no ha encontrado todavía su alma (...), sin interioridad, el hombre moderno pone en peligro su misma integridad”. Para animar a todos los asistentes, a continuación, a no separar nunca la acción de la contemplación; la ejecución y la eficacia (de la que somos tan devotos) de la reflexión y del pensamiento crítico.

El Papa sabe muy bien que el hombre y la mujer modernos no se detienen para reflexionar, que difícilmente se plantean los interrogantes que dan sentido a su existencia: por eso somos modernos, y por eso concebimos la vida como un balance de resultados a conseguir según nuestra capacidad de hacer y programar. Con más frecuencia de la que sería de desear, no nos preguntamos por los porqués sino por los para qué, y no nos importa el cómo hacer las cosas, sino sólo el cuánto ganaremos haciéndolas.

Todos vivimos de prisa, quizá porque la velocidad es la mejor aliada para no pensar.
Una prisa que no deja que nos demos cuenta de que estamos rodeados de tópicos (esas ideas de "llevar y usar" que se ponen de moda periódicamente). Prisa que en algunos casos es la madre de la frivolidad, de la falta de reflexión, de la carencia de espíritu crítico, y que en otras ocasiones es su efecto más inmediato.

Alguno, al leer estas líneas, quizá pueda decir que la reflexión ya está superada, que si de veras se quiere cambiar el mundo lo que se necesita es acción, no teoría. E incluso, con un planteamiento marxista (que se resiste a morir en algunos círculos intelectuales), argumentan que lo importante no es comprender cómo es la sociedad, sino que lo que hay que hacer es cambiarla... Hacerla más justa, más solidaria, más humana.

Está claro que la sociedad debe cambiar, y nadie -quizá- ha comprendido esto mejor que Juan Pablo II. ¡Quién se atreve a afirmar que el Papa no es un hombre de acción! Lo es, pero su acción no es irreflexiva, sino que se apoya en fuertes convicciones fruto de una profundísima vida interior. Su método es hacernos pensar, reflexionar y animarnos a actuar.

Todo lo contrario que los tiranos (da lo mismo que sean comunistas, populistas o fascistas), que están muy interesados en que la gente no piense. Y si piensa, que sea como ellos han dispuesto: rescriben la historia, asesinan periodistas, mienten, insultan, ignoran todo lo que no entra en el esquema de análisis que aplican a la sociedad. Si les conviene, se vuelven -incluso- democráticos, siempre que no se les contradiga, pues si se les vence dialécticamente, no dudan en echar mano de la violencia.

Y aparecen líderes sociales y políticos que, a fuerza de ambición y astucia, se convierten a sí mismos en traficantes de ideas, comerciantes de mentiras, retóricos engaña bobos. Se aprovechan de los hombres sin interioridad, y hacen de ellos títeres a la medida de las ideas que venden, ingenuos que hacen más caso a su estómago que a su inteligencia, tontos a quienes importa más lo que pueden poseer que lo que pierden poseyéndolo; es decir, sin que les importe que el precio a que se venden sea su libertad. Son pasto sabroso para los demagogos: así los tratan y así los conquistan.

Los populistas conocen muy bien a esa gente (el pueblo, le llaman), y les venden -al precio de su dignidad-, ideas fracasadas en todos los países del mundo, ilusiones de colores y promesas sin sustancia, que sólo pueden ser atractivas para hombres vacíos, incapaces de reflexionar, para esos cuerpos sin alma a que hace referencia el Papa. Por eso, porque son presa fácil de los que más gritan, los hombres y mujeres sin interioridad se encuentran en grave peligro de perder su libertad. Se encuentran, lastimosamente y sin que apenas lo sepan, a merced de cualquiera.

*Ingeniero Industrial, Dr. en Filosofía y columnista de El Diario de Hoy.



 

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