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Punto
de vista
A MERCED DE CUALQUIERA
Con
más frecuencia de la que sería de desear, no nos preguntamos
por los porqués sino por los para qué, y no nos importa
el cómo hacer las cosas, sino sólo el cuánto
ganaremos haciéndolas.
Se han dicho muchas cosas de Juan Pablo II, pero nunca que sea
pesimista, o tremendista. Se aprecia mucho entre otras cosas-,
su fortaleza moral, su valentía y la agudeza de sus análisis,
y a pesar de su débil salud, el Papa no deja de sorprender
a propios y extraños por la sutileza de su pensamiento y
por el poder de su palabra.
A principios de este mes, en Madrid, Su Santidad se dirigía
a una ingente multitud de jóvenes y les decía, entre
otras cosas, que el drama de la cultura actual es la falta
de interioridad, la ausencia de contemplación. Sin interioridad
la cultura carece de entrañas, es como un cuerpo que no ha
encontrado todavía su alma (...), sin interioridad, el hombre
moderno pone en peligro su misma integridad. Para animar a
todos los asistentes, a continuación, a no separar nunca
la acción de la contemplación; la ejecución
y la eficacia (de la que somos tan devotos) de la reflexión
y del pensamiento crítico.
El Papa sabe muy bien que el hombre y la mujer modernos no se detienen
para reflexionar, que difícilmente se plantean los interrogantes
que dan sentido a su existencia: por eso somos modernos, y por eso
concebimos la vida como un balance de resultados a conseguir según
nuestra capacidad de hacer y programar. Con más frecuencia
de la que sería de desear, no nos preguntamos por los porqués
sino por los para qué, y no nos importa el cómo hacer
las cosas, sino sólo el cuánto ganaremos haciéndolas.
Todos vivimos de prisa, quizá porque la velocidad es la mejor
aliada para no pensar.
Una prisa que no deja que nos demos cuenta de que estamos rodeados
de tópicos (esas ideas de "llevar y usar" que se
ponen de moda periódicamente). Prisa que en algunos casos
es la madre de la frivolidad, de la falta de reflexión, de
la carencia de espíritu crítico, y que en otras ocasiones
es su efecto más inmediato.
Alguno, al leer estas líneas, quizá pueda decir que
la reflexión ya está superada, que si de veras se
quiere cambiar el mundo lo que se necesita es acción, no
teoría. E incluso, con un planteamiento marxista (que se
resiste a morir en algunos círculos intelectuales), argumentan
que lo importante no es comprender cómo es la sociedad, sino
que lo que hay que hacer es cambiarla... Hacerla más justa,
más solidaria, más humana.
Está claro que la sociedad debe cambiar, y nadie -quizá-
ha comprendido esto mejor que Juan Pablo II. ¡Quién
se atreve a afirmar que el Papa no es un hombre de acción!
Lo es, pero su acción no es irreflexiva, sino que se apoya
en fuertes convicciones fruto de una profundísima vida interior.
Su método es hacernos pensar, reflexionar y animarnos a actuar.
Todo lo contrario que los tiranos (da lo mismo que sean comunistas,
populistas o fascistas), que están muy interesados en que
la gente no piense. Y si piensa, que sea como ellos han dispuesto:
rescriben la historia, asesinan periodistas, mienten, insultan,
ignoran todo lo que no entra en el esquema de análisis que
aplican a la sociedad. Si les conviene, se vuelven -incluso- democráticos,
siempre que no se les contradiga, pues si se les vence dialécticamente,
no dudan en echar mano de la violencia.
Y aparecen líderes sociales y políticos que, a fuerza
de ambición y astucia, se convierten a sí mismos en
traficantes de ideas, comerciantes de mentiras, retóricos
engaña bobos. Se aprovechan de los hombres sin interioridad,
y hacen de ellos títeres a la medida de las ideas que venden,
ingenuos que hacen más caso a su estómago que a su
inteligencia, tontos a quienes importa más lo que pueden
poseer que lo que pierden poseyéndolo; es decir, sin que
les importe que el precio a que se venden sea su libertad. Son pasto
sabroso para los demagogos: así los tratan y así los
conquistan.
Los populistas conocen muy bien a esa gente (el pueblo, le llaman),
y les venden -al precio de su dignidad-, ideas fracasadas en todos
los países del mundo, ilusiones de colores y promesas sin
sustancia, que sólo pueden ser atractivas para hombres vacíos,
incapaces de reflexionar, para esos cuerpos sin alma a que hace
referencia el Papa. Por eso, porque son presa fácil de los
que más gritan, los hombres y mujeres sin interioridad se
encuentran en grave peligro de perder su libertad. Se encuentran,
lastimosamente y sin que apenas lo sepan, a merced de cualquiera.
*Ingeniero Industrial, Dr. en Filosofía y columnista de El
Diario de Hoy.
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