| |

Opinando
Vida de perros
Poseer
perros con una gran potencia física, o con un instinto de
protección fuerte, supone una obligación: la de mantenerlos
controlados, pues como dueños somos responsables de ellos.
Es negro como una noche sin luna, corpulento como un toro, con
dientes de sierra y ojos escrutadores. Un encuentro inesperado con
él probablemente le haría buscar la salida más
cercana. Pero Tosco, mi querido perro rottweiller, es
en realidad un ángel con disfraz de demonio. Él sabe
que me vencería fácilmente, pero prefiere moverme
alegremente el cutuco que tiene por cola y echarse de espaldas para
que le sobe la barriga, en señal de total sumisión.
Es tan buenazo Tosco, que convive pacíficamente
con Missy, mi bonachona perra hush puppie. A pesar de
ser tan distintos, se llevan de maravilla: duermen juntos, comen
del mismo plato y corretean incansablemente, y sus pequeñas
diferencias, digamos por un pedazo de palo o una vieja pelota, se
saldan en combates de a mentiritas, en los que Tosco,
muchas veces, simula ser el perdedor.
Las recientes muertes de varios niños a consecuencia de la
rabia han asustado a la población, mientras las autoridades
contemplan la eliminación de perros pertenecientes a razas
peligrosas. Esto pone en un serio aprieto a mi buen
compañero Tosco, lo mismo que a una gran cantidad
de sus primos rottweiller, pitt bull, doberman, etc., cuyo único
pecado es tener el apellido equivocado.
Es cierto que ciertas razas tienden a ser más agresivas que
otras, pero así como existen malencarados rottweillers, que
son mansas palomas, también hay minúsculos chihuahuas
que son una fieras. Y si no, déjenme contarles acerca de
Benitín, el pequinés de mi ya fallecida
abuela Artenia, que histérico y convulsivo, no dudaba en
lanzarse para atacar a mordiscos los zapatos de todo el que osaba
acercarse a ella.
Poseer perros con una gran potencia física, o con un instinto
de protección fuerte, supone una obligación: la de
controlarlos en todo momento, pues como propietarios, somos responsables
de ellos.
Es dolorosa la muerte de niños y adultos a causa de enfermedades
prevenibles. También es lamentable que en el caso del pequeño
que falleció en fecha más reciente, el diagnóstico
haya llegado tardíamente. En todo el mundo, la rabia sigue
cobrando anualmente la vida de unas 45 mil personas; incluso, en
regiones desarrolladas como Europa y Norte América, pero
con mayor énfasis en Latinoamérica, Asia y la India.
Esto no implica que la solución sea comenzar a eliminar a
los mejores amigos del hombre. Muchos niños siguen muriendo
año con año, víctimas de la desnutrición,
que es una enfermedad producto del desamor de los padres y encargados
de estos menores, pero no por ello hemos comenzado una campaña
de exterminio de humanos peligrosos.
Debo reconocer que el caso de los perros callejeros
plantea un problema especial. Es evidente que no tenemos los recursos
como para instalar las famosas perreras municipales
o albergues caninos, pero algunas alternativas se deberían
plantear, como por ejemplo de parte de la Sociedad Protectora de
Animales o las asociaciones canófilas.
En muchas partes del mundo existen legislaciones que regulan la
tenencia de animales, y esto va más allá de los perros,
para situarnos en otro problema, el de los que mantienen en cautiverio,
muchas veces en condiciones deplorables, animales silvestres y en
peligro de extinción.
En la ciudad española de Barcelona, existe una normativa
que obliga a los dueños de perros de razas consideradas potencialmente
peligrosas, a censar a sus animales, llevarlos atados y con bozal,
disponer de una tarjeta sanitaria y una póliza de responsabilidad
civil.
Es también nuestra responsabilidad llevarlos al veterinario
si detectamos cualquier cambio en su conducta; ellos no son los
peligrosos, los peligrosos somos nosotros si no ponemos los medios
para controlarlo.
No vendría mal un esfuerzo de parte de asociaciones, veterinarios,
propietarios, criadores y entidades de gobierno, para evitar que
estos animales tan maravillosos puedan ocasionarle daño a
nadie. Tampoco demos razones a los que no comparten nuestra sensibilidad
por nuestros amigos peludos, para que los lleguen a considerar especies
eliminables. Estoy seguro de que así veremos menos muertes
tan lamentables y habrá muchos toscos, rangers
y fidos que moverán la cola en señal de
gratitud.
*Columnista de El Diario de Hoy.
|
|