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El poder que enferma

Rodolfo Chang Peña*
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com

A medida que el político escala posiciones se rodea de un mayor número de personas que lo cuidan, consejeros, burócratas y ayudantes.

Tomaron posesión de sus cargos los políticos que fueron elegidos en los últimos comicios, muchos de ellos lo hicieron por primera vez y otros tantos por reelección. Aunque juraron en presencia del Pabellón Nacional cumplir y hacer cumplir la ley y hasta estarán dispuestos a sujetarse a la más estricta moral, nadie se sorprenderá si después de algún tiempo son absorbidos por las corrientes y remolinos producidos por la misma clase política y, en el peor de los casos, no pocos contraerán la “enfermedad del poder”.

La “enfermedad del poder” tiene una variedad de manifestaciones, una muy frecuente se relaciona con la seguridad. Familias que siempre han sido “seguras” de repente se sienten “inseguras” y exigen legiones de vigilantes y guardaespaldas. El comprar en el mercado se convierte en una actividad prosaica que disminuye importancia y ahora las compras se harán en el “súper”, sobre todo si es de membresía. El círculo de amigos tiende a cambiar, consolidándose gradualmente una cohorte de personajes hasta de oficios desconocidos. La esencia misma del trabajo del flamante nuevo funcionario cambia sustancialmente, si antes se dedicaba a gerenciar tranquilamente una dependencia o empresa, ahora el único objetivo es “pasar en reunión”, “reunirse para trabajar”, “trabajar reunido” o “reunirse para devengar”.

El cortejo sintomático se contagia a la esposa, en ciertos casos a la querida, ex esposa, parientes, hijos fuera de matrimonio y una flotilla de allegados. Algunas secretarias se involucran tanto que aun con dificultades económicas, compran y envían grandes arreglos florales a la casa del jefe para el cumpleaños de cualquier miembro de su familia. Las más abusadas hasta quieren ir a la misma clínica dietética, gimnasio o sala de belleza que frecuenta la esposa del “macizo”.

Los compadres, amigos de la infancia, vecinos y compañeros de parranda no se quedan atrás. Lo primero que hacen es maniobrar para conseguir “chamba” a una larga lista de recomendados, a veces sin importar que se cuele “chinche y telepate”. Le dicen lo que quiere escuchar, y su labor cumbre es lograr convencerlo de que todos los que piensan diferente o discrepan del nuevo funcionario, son sus enemigos. De paso aprovechan la oportunidad para introducir en la misma canasta a sus propios enemigos personales. Y hablando de aprovechar, los más beneficiados son los guardaespaldas, que además de hacer sus “cacherías” con la servidumbre y correligionarias, disfrutan de volada las invitaciones que le hacen al “mandamás”, meten sus narices con frecuencia en la cocina y terminan engordando por la inactividad física.

Tanto para hombres como mujeres, el poder se convierte en un poderoso afrodisíaco y las “movidas” están a la orden del día, nada más que se comentan en voz baja. Los fines de semana, asuetos y vacaciones desaparecen como por arte de magia, porque los visitantes llegan en un flujo constante a cualquier hora de todos los días. Los alimentos y el café se consumen por toneladas, porque además del consumo familiar que curiosamente se incrementa, los lagartos de los guardaespaldas, motoristas, personal de confianza, etc., etc., siempre andan hurgando por algo para tragar.

A medida que el político escala posiciones se rodea de un mayor número de personas que lo cuidan, consejeros, burócratas y ayudantes. No es raro que se cuelen los aduladores profesionales, a veces encubiertos en nuevos cargos. Como las filas de visitantes que buscan trabajo son interminables, se fijan días de audiencia que se cumplan irregularmente. Algunos jamás son recibidos por más citas que les dan y la correspondencia que llega, salvo algunas rarezas, tampoco es contestada.

Obviamente, el problema se complica cuando los políticos terminan creyendo lo que les dicen los aduladores y poco a poco se convierten en “indispensables” benefactores “caídos del cielo” para rescatar a los habitantes del país. En el proceso cambian de gestos y ademanes, y hasta de forma de hablar, porque como son líderes de opinión, cualquier cosa mal dicha se convierte en compromiso. Es natural que sólo los muy torpes, y que los hay en caso todas las agrupaciones, se ponen en contra de la opinión pública en forma gratuita. Dueños absolutos de la verdad no aceptan sugerencias y observaciones, con una tradicional soberbia, casi mesiánica en algunos casos agudos, tildan de ignorantes y desactualizados a sus opositores.

Lo interesante es que cada vez que hablan dan cátedra y relatan kilométricas historias sobre todo cuando son entrevistados. Repiten constantemente las palabras democracia, transparencia, pluralismo y participación, pero a la hora de las horas no dejan entrar a los periodistas de los medios o les racionan la información, los resultados de las auditorías de instituciones públicas los manejan como secretos de Estado, esconden presupuestos e informes y catalogan como enemigo a todo aquel que pregunta, cuestiona o discrepa.

* Dr. en Medicina.

 

 

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