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Comentando
El poder que enferma
A
medida que el político escala posiciones se rodea de un mayor
número de personas que lo cuidan, consejeros, burócratas
y ayudantes.
Tomaron posesión de sus cargos los políticos que
fueron elegidos en los últimos comicios, muchos de ellos
lo hicieron por primera vez y otros tantos por reelección.
Aunque juraron en presencia del Pabellón Nacional cumplir
y hacer cumplir la ley y hasta estarán dispuestos a sujetarse
a la más estricta moral, nadie se sorprenderá si después
de algún tiempo son absorbidos por las corrientes y remolinos
producidos por la misma clase política y, en el peor de los
casos, no pocos contraerán la enfermedad del poder.
La enfermedad del poder tiene una variedad de manifestaciones,
una muy frecuente se relaciona con la seguridad. Familias que siempre
han sido seguras de repente se sienten inseguras
y exigen legiones de vigilantes y guardaespaldas. El comprar en
el mercado se convierte en una actividad prosaica que disminuye
importancia y ahora las compras se harán en el súper,
sobre todo si es de membresía. El círculo de amigos
tiende a cambiar, consolidándose gradualmente una cohorte
de personajes hasta de oficios desconocidos. La esencia misma del
trabajo del flamante nuevo funcionario cambia sustancialmente, si
antes se dedicaba a gerenciar tranquilamente una dependencia o empresa,
ahora el único objetivo es pasar en reunión,
reunirse para trabajar, trabajar reunido
o reunirse para devengar.
El cortejo sintomático se contagia a la esposa, en ciertos
casos a la querida, ex esposa, parientes, hijos fuera de matrimonio
y una flotilla de allegados. Algunas secretarias se involucran tanto
que aun con dificultades económicas, compran y envían
grandes arreglos florales a la casa del jefe para el cumpleaños
de cualquier miembro de su familia. Las más abusadas hasta
quieren ir a la misma clínica dietética, gimnasio
o sala de belleza que frecuenta la esposa del macizo.
Los compadres, amigos de la infancia, vecinos y compañeros
de parranda no se quedan atrás. Lo primero que hacen es maniobrar
para conseguir chamba a una larga lista de recomendados,
a veces sin importar que se cuele chinche y telepate.
Le dicen lo que quiere escuchar, y su labor cumbre es lograr convencerlo
de que todos los que piensan diferente o discrepan del nuevo funcionario,
son sus enemigos. De paso aprovechan la oportunidad para introducir
en la misma canasta a sus propios enemigos personales. Y hablando
de aprovechar, los más beneficiados son los guardaespaldas,
que además de hacer sus cacherías con
la servidumbre y correligionarias, disfrutan de volada las invitaciones
que le hacen al mandamás, meten sus narices con
frecuencia en la cocina y terminan engordando por la inactividad
física.
Tanto para hombres como mujeres, el poder se convierte en un poderoso
afrodisíaco y las movidas están a la orden
del día, nada más que se comentan en voz baja. Los
fines de semana, asuetos y vacaciones desaparecen como por arte
de magia, porque los visitantes llegan en un flujo constante a cualquier
hora de todos los días. Los alimentos y el café se
consumen por toneladas, porque además del consumo familiar
que curiosamente se incrementa, los lagartos de los guardaespaldas,
motoristas, personal de confianza, etc., etc., siempre andan hurgando
por algo para tragar.
A medida que el político escala posiciones se rodea de un
mayor número de personas que lo cuidan, consejeros, burócratas
y ayudantes. No es raro que se cuelen los aduladores profesionales,
a veces encubiertos en nuevos cargos. Como las filas de visitantes
que buscan trabajo son interminables, se fijan días de audiencia
que se cumplan irregularmente. Algunos jamás son recibidos
por más citas que les dan y la correspondencia que llega,
salvo algunas rarezas, tampoco es contestada.
Obviamente, el problema se complica cuando los políticos
terminan creyendo lo que les dicen los aduladores y poco a poco
se convierten en indispensables benefactores caídos
del cielo para rescatar a los habitantes del país.
En el proceso cambian de gestos y ademanes, y hasta de forma de
hablar, porque como son líderes de opinión, cualquier
cosa mal dicha se convierte en compromiso. Es natural que sólo
los muy torpes, y que los hay en caso todas las agrupaciones, se
ponen en contra de la opinión pública en forma gratuita.
Dueños absolutos de la verdad no aceptan sugerencias y observaciones,
con una tradicional soberbia, casi mesiánica en algunos casos
agudos, tildan de ignorantes y desactualizados a sus opositores.
Lo interesante es que cada vez que hablan dan cátedra y relatan
kilométricas historias sobre todo cuando son entrevistados.
Repiten constantemente las palabras democracia, transparencia, pluralismo
y participación, pero a la hora de las horas no dejan entrar
a los periodistas de los medios o les racionan la información,
los resultados de las auditorías de instituciones públicas
los manejan como secretos de Estado, esconden presupuestos e informes
y catalogan como enemigo a todo aquel que pregunta, cuestiona o
discrepa.
* Dr. en Medicina.
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