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ALVIZ el caza fortunas
Joaquín Alviz tenía todo listo para construir un
imperio económico en El Salvador. Sus errores y traiciones
delataron la forma como encuentra el dinero. En sólo un negocio
-el de la revisión técnica de vehículos- buscaba
$120 millones.
Sus propias
torpezas impidieron al empresario español Joaquín Alviz
construir en El Salvador un verdadero imperio económico.
En un sólo negocio, el controvertido empresario pretendía
apuñar $120 millones en 10 años.
También quería convertirse en un magnate constructor
de obras estatales con la ayuda de amigos y socios.
Con el dominio total (y fraudulento) del negocio de la revisión
de vehículos, Alviz quería alzarse unos $10 millones
al año.
A eso se le sumarían los $33 millones en obras que la ANDA
le encargó, en muy poco tiempo, a pesar de su inexperiencia
en proyectos de ese tipo.
Pero Alviz es ambicioso: quería atrapar otras obras gubernamentales
y hasta de alcaldías del país para colocar las enormes
baldosas sobre las que construiría su imperio en El Salvador.
A sus 46 años, Joaquín Alviz es el típico empresario
lambiscón que se mueve con cuidado y sagacidad.
Cuando necesita ejercer el poder, se vuelve terriblemente arrogante
y, a veces, hasta violento.
Alviz tiene un truco: vive, esencialmente, de recibir y sacarle lustre
a información privilegiada.
Tales son sus apetitos económicos que, fácilmente, se
convierte en un contorsionista de los negocios.
Hoy puede aparecer como experto buscador de galeones hundidos hace
400 años.
Mañana es especialista en revisión de vehículos.
Más tarde, dice ser el hombre que más conoce de filtraciones
de agua.
Después, lo que sea, siempre que huela a millones.
Cerquen a Flores
Madrid, 2 de marzo de 2003. El presidente Francisco Flores está
colocado al lado de José María Aznar, en la sala de
conferencias que el jefe del Gobierno español usa para reunirse
con los periodistas de su país.
El recinto está medianamente lleno. Flores casi acaba una visita
oficial a España y se dispone a cerrar su gira con una rueda
de prensa.
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La historia oculta
¡Llamen
a Perla!
Tres españoles recién llegados al país
fueron a la oficina del presidente de ANDA, Manuel Arrieta,
sin que éste sospechara que los europeos cargaban,
en sus maletines, dos explosivos documentos no registrados
en la institución.
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Es un momento en que a ambos gobernantes les llueve parejo por
el apoyo que dan a la guerra que George Bush empezará en
Iraq dentro de pocos días.
Cuando el interrogatorio periodístico casi acababa, una española
alta y rubia que no identifica el medio que representa alza la mano,
pide la palabra y dispara contra Flores.
Al mandatario salvadoreño le pregunta si su Gobierno arranca,
ilegalmente, negocios a empresarios españoles, como dice
saberlo por los informes que posee.
Flores se desconcierta por unos segundos. Interpreta mal la pregunta.
Cree que se trata del negocio del río Lempa.
En su respuesta habla generalidades sobre empresarios de buena fe
que intentan acabar una obra inconclusa en su país.
Pero la periodista no preguntaba sobre el río Lempa.
Los salvadoreños que sabían de las andanzas de Joaquín
Alviz comprendieron que la mujer trataba de interrogar a Flores
sobre el negocio del español en la revisión técnica
de vehículos.
Ese negocio lo había logrado de manera fraudulenta y todavía
en ese momento trataba de advertir, en su país, que se lo
habían arrancado con malas artes.
!Hasta el periodismo y la casa de gobierno español llegaron
las truculencias de Alviz!
Con los buenos
Flores se había reunido, pocas horas antes, en Madrid, con
representantes de la empresa Isolux, los socios que Alviz dejó
tirados en el proyecto del río Lempa y a quienes jamás
les dio explicaciones de las sumas millonarias que manejó.
Para salvar su prestigio en América Latina, los representantes
de Isolux le dijeron a Flores que ellos terminarían las obras
inconclusas.
Un esquema
La participación de Isolux en el río Lempa explica,
por sí sola, el esquema que usó Alviz para alzarse
con negocios públicos en El Salvador, o en cualquier país
de América Latina.
Fue Alviz el primero en recibir información privilegiada,
quizá en España, que la ANDA recibiría un préstamo
por $30 millones para modernizar la planta de agua del río
Lempa, construida, muchos años atrás, por la empresa
israelí Tahal.
Cuando tuvo esa información, corrió a Isolux y a otra
compañía española con experiencia para ofrecerles
que se asociaran con él.
Les aseguró que podía lograr un jugoso negocio en
El Salvador y repitió que se trataba de una obra de $30 millones.
El esquema de Alviz es predecible: él pone los contactos.
También madura las influencias necesarias para conseguir
los contratos. Pero, como necesita socios, siempre busca compañías
que realicen, por él, los trabajos técnicos.
Para eso, utiliza su empresa Icasur.
Una vez que tiene a su lado a los socios técnicos, se transforma
en el líder del proyecto, asume la administración
y, con eso, el control del dinero.
Es evidente que, en el caso del proyecto del río Lempa, Alviz
usó contactos y amigos para obtener información privilegiada
y, posiblemente, influir en la obtención del negocio, como
se los adelantó a sus antiguos socios.
Además, en ese proyecto actuó con suficiente astucia
como para saber que los dineros para la ANDA los pondría
el Estado español .
Alviz sabía algo más: que a cambio de la gigantesca
suma de dinero, la licitación pública estaba condicionada
para que sólo empresas españolas pudieran participar
en el concurso.
Finalmente, una junta de representantes de la ANDA y de la embajada
española le asignaron las obras al consorcio que Alviz constituyó
con empresas de su país que sí saben del negocio.
Pero las cosas terminaron mal para él: a pesar de seis prórrogas
concedidas por la ANDA para entregar una obra que debió acabar
en 2001, el proyecto del río Lempa todavía no está
listo.
En el camino acabó peleado con sus socios, alguna parte del
dinero la usó a discrecionalidad y está envuelto en
un pleito legal que se sigue en España.
La revisión
Pero el modus operandi de Alviz quedó totalmente descubierto
con la revisión técnica de vehículos.
El caso se puede resumir así: el Ministerio de Ambiente pretendía
entregar a dos compañías diferentes ese tipo de examen.
Alviz, cargado de ambición, pretendió quedarse con
todo el negocio.
Para lograrlo, utilizó a un antiguo empleado suyo llamado
Antonio Martínez Lavado.
Ambos se encontraron en España. Compraron una sociedad que
se dedicaba a importar bisutería y, rápidamente, la
transformaron en una firma especialista en revisión de vehículos
de lo que ambos no sabían nada.
Luego regresaron al país. Participaron en la licitación
y ganaron la totalidad del negocio.
¿Lo hicieron solos? Nadie lo cree.
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