| |

De
la vida diaria
La calle y otras desgracias cotidianas
Aunque
la violencia política haya prácticamente desaparecido,
las calles siguen siendo lugares de alto peligro.
Que
cada día que amanece uno pueda respirar, ver el sol, caminar,
estar con la familia, acudir a un trabajo y amar es algo por lo
que hay que agradecer siempre a Dios. Pero la cotidianidad está
también confeccionada de pequeñas desgracias que tenemos
que aprender a sortear, para no morir tempranamente o, al menos,
para no vivir con el corazón crispado y los nervios de punta.
Allí están las calles, de las cuales alguna vez escribí
que eran las novias de la muerte. Lo escribí en los setenta,
cuando todos los días se llenaba de sangre el asfalto. Y
aunque la violencia política haya prácticamente desaparecido,
las calles siguen siendo lugares de alto peligro. Si uno va a pie,
puede encontrarse, en cualquier esquina, con un tipo tatuado hasta
la frente que le saque la navaja y lo deje hasta sin el carné
de identidad. Será una suerte salir ileso.
Si se va en carro de noche por la Jerusalén, le puede salir
de frente, como un demonio en el carril equivocado, un hijo de papi
jugando a fórmula V, y lo mande sin visa al otro barrio,
dejando en esta tierra un montón de hierros retorcidos, viuda
y huerfanitos llorando. O un mediodía cualquiera, un busero
cocainómano puede pasarle llevando el espejo y rayando el
costado. No le reclame por lo que más quiera, le puede sacar
la pistola y meterle un balazo o dejarle el corvo en la cabeza como
estuche.
No todas las amenazas cotidianas son tan letales como las arriba
mencionadas. Hay otras que no sacan sangre, pero sí lágrimas
de desesperación, sudor de tedio, cansancio o desparramarle
la bilis de rabia. Siempre en las calles: los congestionamientos
de tráfico que le hacen ejercitar la paciencia y tragar humo
a bocanadas. Y allí están los túmulos del tamaño
del Everest, que a cualquier vecino de colonia se le ocurre construir
últimamente.
¿Y qué decir de esas pequeñas aduanas, con
interrogatorios y todo, en las que se han convertido las casetas
de vigilancia a la entrada de casi todas las colonias, desde la
más encumbrada hasta la más humilde? Se de unos vecinos
que decidieron poner portones a uno y otro lado de la cuadra. ¿Qué
tal si todos hacen eso? Así como vamos, sólo se podrá
circular, si acaso, por los bulevares del Ejército y Los
Héroes y la Autopista Sur.
Hay otras minucias insufribles: los cobros de algunas telefónicas
por el sólo hecho de pensar en hacer una llamada desde un
teléfono celular. La voz impersonal de la señorita
que dice en el celular que la casilla tiene un mensaje del teléfono
y, cuando pasan los siglos, ya tu factura se incrementó en
proporciones nada despreciables.
Algunos programas de televisión donde el presentador, como
Júpiter desde el Olimpo, nos lanza sus rayos y centellas
por no ser lo suficientemente parecido a él mismo: sincero,
denunciador, izquierdista, candidato, identificado con el pueblo,
la mera cáscara con que se rasca el tigre.
U otros programas con formatos de juveniles, pero protagonizados
por casi cuarentones, quienes creen ser los que patentaron la ética
del vivir correctamente y la transparencia. No entrara este último
en la categoría de desgracia cotidiana, sino fuera porque
desde allí se permite escupir el honor ajeno.
Hablando siempre de medios, allí están, más
insufribles que nunca, las estrellitas de papel que han confundido
la entrevista periodística con un espectáculo de pacotilla.
Más superficiales que una canción de Camilo Sesto
y más estirados que calcetín de gordo. O la invasión,
a través del cable de talk shows y programas
de concursos en los que están empatados TV Azteca, Televisa
y Venevisión.
Insufribles también ciertos editoriales de periódicos
más pastosos que los llanos de Agua Blanca y más enredados
que los calzoncillos de un pulpo. O los escritos semanales de un
rector de universidad, cuyos análisis demuestran que su capacidad
intelectual no le llega ni a la suela a uno de sus ilustres y ya
fallecidos predecesores.
Desgracias cotidianas son también que se pacte una cita con
alguien importante a determinada hora, que se llegue temprano y
que luego se aparezca una secretaria de sonrisa pintada diciendo
que el licenciado ya lo va a atender, que espere unos minutos,
que si quiere tomar algo. Luego de pasar una eternidad aparece
el diosecillo como si nada, diciendo que pase adelante.
O la dulce niña telefonista que lo deja a uno colgado de
la brocha, diciendo que gracias por llamar, que espere un segundo
y luego suena esa terrible musiquita en el teléfono, señal
inequívoca de que mejor tendrás que ir personalmente
a hacer la gestión. La lista es larga y hasta puede haber
segundas y terceras partes, pero corro el riesgo de convertir esto
en otra desgracia cotidiana. Sin embargo, esta multitud de cosillas
que atentan día a día contra la ecuanimidad y la ternura
es nada con la alegría que produce el solo hecho, como decía,
de estar vivos, calentarse con el sol, caminar, estar con la familia,
acudir a un trabajo. Amar.
*Columnista de El Diario de Hoy.
|
|