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Sentido común
Una manita al aeropuerto

Uno comprende que el asunto no es tan sencillo. Lo que seguimos sin entender es cómo teniendo las ventajas competitivas que tenemos no las aprovechamos como se debe.

RICARDO RIVAS*
Editorial
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com

Los administradores de nuestro Aeropuerto Internacional El Salvador necesitan una manita con el gusto. Lo han pintado de gris y ocre. El edificio parece funeraria, y las salas de espera, salas de velación. Al aterrizar en Comalapa —que es un aeródromo como Dios manda—, uno siente que ha entrado a un país tristón y avejentado (gris y ocre, como los nuevos colores del aeropuerto).

Curioso, ¿no? El Salvador —un país de playas, sol, lagos y montañas; de gente alegre, bullanguera y despierta; de sonrisas, colores intensos y gente joven— recibe a sus visitantes en un aeropuerto con aspecto de congoja.

Da la impresión de que este deslizón aeroportuario, más que una cuestión de gusto —que lo es—, sigue reflejando una falta de visión integral en el tema turismo. No existe en Centroamérica un aeropuerto con tan pobre promoción de su país como el nuestro. En Comalapa, pocos se enteran de que han aterrizado en un verdadero paraíso de playas, lagos, pueblitos encantadores, bahías y montañas llamado El Salvador. Aquí, a los que entran o pasan por el aeródromo les dan la bienvenida Mr. Hilfiger, Mr. Polo, Mrs. Channel y Mrs. Herrera —Paloma—.

Y es que, y lo decimos con el mejor de los afanes, el aeropuerto parece otro de los hipermalls que se construyen en la capital. Los pasillos de la terminal aérea están llenos de tiendas, marcas y ofertas. Lo malo no es que haya muchas tiendas, el problema es que nadie venda al país.

Aeropuertos centroamericanos menos fastuosos que el nuestro son verdaderas ventanas turísticas para el visitante.

La exuberancia de los bosques costarricenses, la belleza de las playas hondureñas y beliceñas, las majestuosidades de los lagos y volcanes nicaragüenses y la ancestral herencia maya y colonial guatemalteca son mercadeados como verdaderos destinos turísticos en los pasillos, salas y puertas de entrada y salida de sus respectivos aeropuertos. Vallas luminosas, vídeos, decoraciones alusivas...en fin, el país entero se le “tira” encima al turista. Se nota, pues, orgullo de pertenencia, visión de país y apuesta al turismo. Que esto no exista en El Salvador, teniendo el mejor aeropuerto del área y una de las aerolíneas más importantes de América Latina, es una fenomenal contradicción.

La Organización Mundial del Turismo ha indicado que Centroamérica, por tercer año consecutivo, ha tenido el mayor crecimiento turístico del continente. De hecho, TACA y los gobiernos centroamericanos parecen haber advertido el fenómeno y han decidido lanzar la integración turística regional bajo el concepto: “Centroamérica tan pequeña... tan grande”. Qué bien, en el multidestino está el futuro turístico de la región. Pero qué mal si nos quedamos últimos en la fila. Y es que mientras el resto de países centroamericanos —todos, absolutamente todos— han emprendido grandes campañas turísticas multimedia en el mundo, e internamente se han volcado a motivar a la población sobre las ventajas del turismo, nosotros en El Salvador no pasamos de lo mismo. Un “lo mismo”, por cierto, bastante tímido y modesto.

Nos estamos durmiendo y nos están comiendo el mandado. A parte de las islas de la bahía en Honduras, los cayos beliceños y Antigua Guatemala, los centroamericanos tenemos casi la misma oferta que ofrecer. La diferencia es, de nuevo, el cómo la está mercadeando cada quien.

Los mismos volcanes, bosques, playas y pajaritos que se ven en Costa Rica, los vemos aquí. Pero Costa Rica sí sabe vender lo que tiene. Lo mismo ocurre con el resto de países centroamericanos, a excepción del nuestro. Sí, claro, por supuesto, algo se estará haciendo, dirán, y a los mejor hasta se sacarán unos números y uno que otro proyecto de ley por ahí. Nadie dice lo contrario. Pero comparado con lo que hace la “competencia”, lo nuestro es como un puño de sal tirado en un estero. El Salvador sigue sin ser un destino turístico importante. Decir otra cosa es engañarse solos.

Uno comprende que el asunto no es tan sencillo. Lo que seguimos sin entender es cómo teniendo las ventajas competitivas que tenemos no las aprovechamos como se debe. TACA, que es nuestra línea, mueve el tráfico hacia Centroamérica. Nuestro aeropuerto sirve de punto de transferencia e interconexión a miles de pasajeros que vuelan en esta línea. ¿Por qué no se comienza
promocionando al país en el mismísimo aeropuerto? Con nuestra terminal ya se hizo lo más —es un señor aeropuerto—, hoy falta hacer lo menos. Faltan, me da la impresión, los detalles. Detalles que, más que grandes inversiones, requieren sobre todo de buen gusto y de visión —vallas turísticas, rotulaciones modernas y atractivas, bandas de equipaje en buen estado, decoración apropiada, etc.—. ¿Qué tal si comenzamos cambiándole esos aburridos colores con los que lo están pintado? De todas formas, con los ya casi $30 que pagamos cada pasajero por servicios aeroportuarios, bien nos alcanzaría para pegarle otra manita de pintura, ¿o no?

*Cirujano dentista y columnista de El Diario de Hoy.

 

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