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Un privilegio
Madre para toda la vida

Teresa Guevara de López*
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com

La maternidad imprime en la mujer un sello indeleble, un carácter permanente que la hace capaz de cualquier sacrificio por la felicidad de sus hijos

Una mujer en los EE.UU. al preguntarle un funcionario por su profesión u oficio declaró orgullosamente “soy madre”, y ante la negativa del varón a aceptarlo, hizo uso del privilegio eminentemente femenino de decir la misma cosa de otro modo y se definió como “investigadora asociada en el campo del desarrollo infantil y relaciones humanas con un programa continuo de trabajo de campo y de laboratorio”. Nada más cierto, pero pudo haber agregado que tiene también un trabajo profesional, fuera de su casa, que le permite aportar económicamente para el mantenimiento del hogar y ejercer la carrera que por vocación siguió. Exigencias del mundo globalizado.

La madre da lugar a bellísimos poemas y prosas de gran contenido que enaltecen su figura, pero debe recordarse que el haber tenido hijos no da derecho al título de madre. La maternidad es un privilegio otorgado por Dios a la mujer al convertirla en pro-creadora con El, de una vida nueva y no es producto de un accidente ni de un proceso biológico. Traer un hijo al mundo es el resultado de un acto consciente y voluntario de una mujer que se entrega al hombre que ha elegido entre todos, porque considera que la merece y reúne las cualidades que debe tener aquél que va a acompañarla en el largo camino de la vida.

Decisión única y personal, que se consolida mediante el santo sacramento del matrimonio, cuando la pareja en claras y pausadas voces expresa su intención de entregar su cuerpo al otro hasta formar con él una sola carne, en la salud y en la enfermedad, en la tristeza y en la alegría, hasta que la muerte los separe. Y cuando surge en sus entrañas una nueva vida, todo el cuerpo de la mujer comienza un proceso fisiológico de cambio para que el nuevo ser crezca y se desarrolle en ese santuario que es el útero materno.

Pero hay al mismo tiempo otro proceso de tipo espiritual que es el despertar del sentido de la maternidad. A medida que siente a este hijo crecer y palpitar y moverse y vivir, empieza una relación de amor que es indestructible porque nace de la dependencia de ese hijo de ella misma y continuará no sólo hasta el momento en que lo alumbre a la vida, sino todavía durante muchos años en forma de protección absoluta primero, que irá disminuyendo a medida que la criatura adquiera autonomía para convertirse en estímulo que aumentará proporcionalmente al crecimiento físico del hijo.

La maternidad imprime en la mujer un sello indeleble, un carácter permanente que la hace capaz de cualquier sacrificio por la felicidad de sus hijos, sin importar el dolor y sufrimiento que suponga para ella, y que culmina sabiendo ella desaparecer a tiempo y dejando al hijo libre de tomar sus propias decisiones, para que adquiera la madurez que necesita para ejercer su libertad.

Los casos dramáticos tan frecuentes de mujeres que asesinan o abandonan a sus criaturas recién nacidas en los lugares más ingratos como predios baldíos, fosas sépticas o servicios sanitarios son una aseveración de que estas pobres mujeres no han conocido el privilegio de la maternidad. Su embarazo fue producto de una relación irresponsable basada en el placer, en la costumbre, en la ocasión o en el vicio. No fue un acto consciente y voluntario al haber elegido a la persona idónea para entregarle orgullosamente un cuerpo que se había conservado íntegro para ser santuario de una vida que, por ser obra de Dios, debe considerarse santa.

Embarazo no deseado que equivale a criatura marginada desde el seno materno y considerada como un estorbo para sus progenitores, condenada a ser abortada o abandonada al nacer o a seguir a la fuerza los pasos de aquella mujer cuya sangre corre por sus venas, siendo parte de sus posteriores aventuras con diferentes compañeros que en muchas ocasiones llegarán a ser sus violadores. No es de extrañar que en tantas ocasiones estas hijas se conviertan en verdugos y asesinas de sus madres o en víctimas de abuelas a quienes se impone una tarea que ya no les corresponde, porque está más allá de sus posibilidades.

Urge despertar en las jóvenes salvadoreñas un respeto por la maternidad como un privilegio y una responsabilidad, para la que deben prepararse en el aspecto físico y espiritual para que sean capaces traer al mundo los hijos que después deberán educar para que se conviertan en ciudadanos útiles a la sociedad y la patria.

Si el Hijo de Dios al venir al mundo eligió el seno purísimo de una mujer para tomar carne mortal, la madre por excelencia es esa mujer bendita entre todas las mujeres, María Madre de Dios que es también madre de todos los hombres. Felicitaciones y bendiciones para todas aquellas mujeres que verdaderamente merecen el heroico título de madres.
*Columnista de El Diario de Hoy.

 

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