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Un
privilegio
Madre para toda la vida
La
maternidad imprime en la mujer un sello indeleble, un carácter
permanente que la hace capaz de cualquier sacrificio por la felicidad
de sus hijos
Una mujer en los EE.UU. al preguntarle un funcionario por su profesión
u oficio declaró orgullosamente soy madre, y
ante la negativa del varón a aceptarlo, hizo uso del privilegio
eminentemente femenino de decir la misma cosa de otro modo y se
definió como investigadora asociada en el campo del
desarrollo infantil y relaciones humanas con un programa continuo
de trabajo de campo y de laboratorio. Nada más cierto,
pero pudo haber agregado que tiene también un trabajo profesional,
fuera de su casa, que le permite aportar económicamente para
el mantenimiento del hogar y ejercer la carrera que por vocación
siguió. Exigencias del mundo globalizado.
La madre da lugar a bellísimos poemas y prosas de gran contenido
que enaltecen su figura, pero debe recordarse que el haber tenido
hijos no da derecho al título de madre. La maternidad es
un privilegio otorgado por Dios a la mujer al convertirla en pro-creadora
con El, de una vida nueva y no es producto de un accidente ni de
un proceso biológico. Traer un hijo al mundo es el resultado
de un acto consciente y voluntario de una mujer que se entrega al
hombre que ha elegido entre todos, porque considera que la merece
y reúne las cualidades que debe tener aquél que va
a acompañarla en el largo camino de la vida.
Decisión única y personal, que se consolida mediante
el santo sacramento del matrimonio, cuando la pareja en claras y
pausadas voces expresa su intención de entregar su cuerpo
al otro hasta formar con él una sola carne, en la salud y
en la enfermedad, en la tristeza y en la alegría, hasta que
la muerte los separe. Y cuando surge en sus entrañas una
nueva vida, todo el cuerpo de la mujer comienza un proceso fisiológico
de cambio para que el nuevo ser crezca y se desarrolle en ese santuario
que es el útero materno.
Pero hay al mismo tiempo otro proceso de tipo espiritual que es
el despertar del sentido de la maternidad. A medida que siente a
este hijo crecer y palpitar y moverse y vivir, empieza una relación
de amor que es indestructible porque nace de la dependencia de ese
hijo de ella misma y continuará no sólo hasta el momento
en que lo alumbre a la vida, sino todavía durante muchos
años en forma de protección absoluta primero, que
irá disminuyendo a medida que la criatura adquiera autonomía
para convertirse en estímulo que aumentará proporcionalmente
al crecimiento físico del hijo.
La maternidad imprime en la mujer un sello indeleble, un carácter
permanente que la hace capaz de cualquier sacrificio por la felicidad
de sus hijos, sin importar el dolor y sufrimiento que suponga para
ella, y que culmina sabiendo ella desaparecer a tiempo y dejando
al hijo libre de tomar sus propias decisiones, para que adquiera
la madurez que necesita para ejercer su libertad.
Los casos dramáticos tan frecuentes de mujeres que asesinan
o abandonan a sus criaturas recién nacidas en los lugares
más ingratos como predios baldíos, fosas sépticas
o servicios sanitarios son una aseveración de que estas pobres
mujeres no han conocido el privilegio de la maternidad. Su embarazo
fue producto de una relación irresponsable basada en el placer,
en la costumbre, en la ocasión o en el vicio. No fue un acto
consciente y voluntario al haber elegido a la persona idónea
para entregarle orgullosamente un cuerpo que se había conservado
íntegro para ser santuario de una vida que, por ser obra
de Dios, debe considerarse santa.
Embarazo no deseado que equivale a criatura marginada desde el seno
materno y considerada como un estorbo para sus progenitores, condenada
a ser abortada o abandonada al nacer o a seguir a la fuerza los
pasos de aquella mujer cuya sangre corre por sus venas, siendo parte
de sus posteriores aventuras con diferentes compañeros que
en muchas ocasiones llegarán a ser sus violadores. No es
de extrañar que en tantas ocasiones estas hijas se conviertan
en verdugos y asesinas de sus madres o en víctimas de abuelas
a quienes se impone una tarea que ya no les corresponde, porque
está más allá de sus posibilidades.
Urge despertar en las jóvenes salvadoreñas un respeto
por la maternidad como un privilegio y una responsabilidad, para
la que deben prepararse en el aspecto físico y espiritual
para que sean capaces traer al mundo los hijos que después
deberán educar para que se conviertan en ciudadanos útiles
a la sociedad y la patria.
Si el Hijo de Dios al venir al mundo eligió el seno purísimo
de una mujer para tomar carne mortal, la madre por excelencia es
esa mujer bendita entre todas las mujeres, María Madre de
Dios que es también madre de todos los hombres. Felicitaciones
y bendiciones para todas aquellas mujeres que verdaderamente merecen
el heroico título de madres.
*Columnista de El Diario de Hoy.
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