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El
Salvador en perspectiva
Los modernos anarquistas
Los
salvadoreños son celosos de su libertad por haberles sido
coartada en el pasado
El tumulto de la marcha del Primero de Mayo, que degeneró
en una exhibición de vandalismo, quema de llantas, vitrinas
rotas, pinta de paredes, obstrucción del tránsito
y daños a un hotel, hace recordar las sabias palabras del
promotor histórico de la democracia, el filósofo Jean
Jaques Rousseau, testigo de la Revolución Francesa: No
hay que confundir el clamor de una turba con la voz del pueblo.
Ante este espectáculo tenemos derecho de preguntar: ¿Qué
tiene que ver esto con la democracia? y responder sin vacilación:
¡Sencillamente, nada!, porque es la única
respuesta correcta. Y lo más vergonzoso es que funcionarios
electos por el sistema democrático presenciaron y aplaudieron
la oprobiosa manifestación de repudio a la verdadera democracia.
Da que pensar el hecho de que un crecido grupo de policías
vio los destrozos sin intervenir, en un evidente gesto de apoyo
político a la impunidad que se les brinda a estas facciones.
¿Quiénes eran los que llevaron a cabo los hechos y
qué fin perseguían? Lo que salta de inmediato a la
mente es que eran comunistas, socialistas o anarquistas, aunque
esas etiquetas están pasadas de moda y realmente no significan
nada. Nadie podría estar tan ciego como para edificar de
nuevo el muro de Berlín, o vivir en Cuba o Corea del Norte,
o en China continental, que lentamente está abandonando la
economía stalinista/marxista.
Lo que mejor los describe es que son modernos anarquistas, al estilo
de los años 1890, que lanzaban bombas a archiduques. Para
nosotros es una persona que repudia el capitalismo y todavía
cree que la historia es la lucha de clases. El dueño de un
hotel, de un almacén o de una fábrica es su enemigo
y proclaman que su misión es destruirlo.
Lo que tienen en común es el credo básico marxista
de que la propiedad privada es un robo al trabajador. Se pueden
cambiar de nombre, de partido, de bandera, de nacionalidad, pero
nunca dejan de repudiar al capitalismo, hasta que ellos mismos se
convierten en capitalistas. Cuba es el resultado de este falso dogma:
una dictadura inamovible durante más de 40 años, con
ejecuciones, prisión de disidentes, represión y hambre
para todos.
De manera que lo que tenemos aquí, a nuestro modo de pensar,
es una turba destructiva, anticapitalista y, sin duda, antiestadounidense,
que es el paradigma del capitalismo mundial, que tanto bien ha hecho
a nuestro país y que acoge a varios millones de salvadoreños,
quienes envían miles de millones de dólares anualmente
para sostener sus familias.
Este incidente, y otros parecidos, nos obliga a reflexionar sobre
la armazón en que está construida nuestra democracia.
El entramado que sostiene toda la estructura es la Constitución
y las leyes, decretos y códigos subordinados que regulan
la administración, las operaciones y las relaciones entre
humanos. Si no se hacen respetar por los medios legales autorizados,
no valen nada. Desvanece la seguridad de posesión y de la
vida. En otras palabras, reina el caos.
Por las crecientes poblaciones, la democracia tiene que ser representativa,
y la nuestra deposita la representación en los partidos políticos,
que por lo general se unen por tendencias afines. Donde existe la
libertad es inevitable la competencia férrea por el poder
entre los partidos, pero siempre respetando las leyes y reglamentos
establecidos para llevar a cabo el proceso.
Los salvadoreños son muy celosos de su libertad por haberles
sido coartada varias veces en el pasado. Pero algunos la han confundido
con libertinaje que es irreconciliable con un régimen de
derecho. Turbas y manifestaciones como la que estamos comentando
no son espontáneas, son planeadas y ejecutadas por fuerzas
que no respetan los procesos democráticos, y aunque sus reclamos
sean reales, sus métodos para lograr sus fines los anulan.
El Salvador ya pasó un largo período de desajuste
y violencia por irrespeto a la democracia, y hay que estar alerta
para que no se repita.
*Escritor y columnista de El Diario
de Hoy.
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