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Reconociendo méritos
MAMÁ... LA PROFESIÓN POR EXCELENCIA

Evangelina del Pilar de Sol*
Editorial
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com

Es la profesión en donde todas, según el caso, hemos ido dejando una vida o vida y media, intentando cosechar buenos frutos.

Sucedió hace varios años, cuando mis hijas estudiaban en la Escuela Americana. Era un día cualquiera en que las recogía en el colegio, cuando otra madre, a la que conocía bastante bien, se me acercó y me dijo histérica y muy indignada: “¿Sabes lo que tú y yo somos?”. Antes de que yo pudiera contestarle, me interrumpió para explicarme cuál era la razón de su furia y por que me hizo esa pregunta.

Recién venía de renovar su licencia de conducir en la oficina de tránsito. Cuando la oficial que tomaba los datos le preguntó cuál era su ocupación, ella no supo qué responder. Al percatarse de esto, la oficial le dijo: “A lo que me refiero es si trabaja Ud. o es simplemente una ....”. “Claro que tengo un trabajo, le contestó ella, soy una mamá", a lo que la oficial respondió enfática: “No ponemos mamá como opción, vamos a ponerle ama de casa...”.

Había yo olvidado por completo la historia, hasta que un día a mí me pasó exactamente lo mismo, sólo que esta vez en la alcaldía. La funcionaria era obviamente una mujer de carrera universitaria, eficiente, de mucha postura, y tenía un título muy despampanante que decía “Interrogadora oficial”. “¿Cuál es su ocupación?”, me preguntó. No sé todavía la razón que me hizo contestarle lo siguiente; sin embargo, las palabras simplemente salieron de mi boca: “Soy una Investigadora Asociada en el campo del Desarrollo Infantil y Relaciones Humanas”.

La funcionaria se detuvo, el bolígrafo quedó congelado en el aire y me miró como si no hubiese escuchado bien. Repetí el título lentamente, haciendo énfasis en las palabras más importantes. Luego, observé asombrada cómo mi pomposo anuncio era escrito en tinta negra en el cuestionario oficial. “Me permite preguntarle”, dijo la funcionaria, con un aire de interés, “¿qué es exactamente lo que hace Ud. en este campo de investigación?”. Con una voz muy calmada y pausada, le contesté: “Tengo un programa de investigación -¿qué madre no lo tiene?- (normalmente me hubiera referido a lo anterior, como adentro de la casa y afuera en la calle, al trasladar hijas de un lado a otro, al colegio, a clases extra, a paseos). Estoy también trabajando para mi maestría (la familia completa) y ya tengo siete créditos (todas mis hijas)”.

Por supuesto que el trabajo es uno de los que mayor demanda tiene en el campo de humanidades (¿alguna madre está en desacuerdo?) y usualmente trabajo 14 horas diarias (en realidad son más, como 24). Pero el trabajo tiene muchos más retos que cualquier trabajo sencillo, y las remuneraciones también están ligadas al área de la satisfacción personal (mucho más que las económicas). Se podía sentir una creciente nota de respeto en la voz de la funcionaria, mientras completaba el formulario. Una vez terminado el proceso, y con una mirada de profunda admiración, se levantó de la silla y personalmente me acompañó hasta la puerta.

Al llegar a casa, emocionada por mi nueva carrera profesional, salieron a recibirme cuatro de mis asociadas de laboratorio, una de 14 años, dos de 11 (gemelas) y otra de 2. Arriba podía escuchar a nuestra séptima y nuevo modelo experimental (de 6 meses de edad), en el aprendizaje de desarrollo infantil, probando un nuevo programa de patrón en vocalización.

Las otras dos trabajaban arduamente en sus tareas de investigación escolástica. ¡Me sentí triunfante! ¡Le había ganado a la burocracia! Había entrado en los registros oficiales como una persona más distinguida e indispensable para la humanidad que sólo una madre más.
Esta narración, que es un reflejo de los tiernos y orgullosos sentimientos que produce en todas las mujeres el ser madre, es en verdad una historia, en la que por haberme identificado con la protagonista -al igual que estoy segura que muchas de ustedes lo han hecho-, sobre todo, personalmente, en la parte del “montón” de hijas que coincide con mi propia familia, que recibí por correo electrónico hace unos ocho meses y decidí compartirla en el próximo día de la madre, optando por adaptarla un poco a mis propias experiencias.

Ustedes coincidirán conmigo en que, no obstante una enorme cantidad de madres ostentan asimismo otros títulos universitarios, ser “MAMÁ” es la profesión por excelencia, porque, además de toda la gratificación que da el sentirnos realizadas como mujeres, es la única carrera que viene directamente de Dios.

Desde la creación del hombre, Dios es el rector de esa Universidad llamada “Vida”, donde se aprende a ser mamá y alcanzar maestrías en infinidad de materias, como por ejemplo ARQUITECTURA -cuando construimos los futuros de nuestros hijos-; LEYES -cuando creamos reglamentaciones que les indican el buen camino a seguir-; FILOSOFÍA y SICOLOGÍA -cuando, entre otros, adquirimos la sabiduría para discernir que no son nuestros clones, o que como seres humanos podrían tener caídas, de las que, con comprensión, debemos ayudarles a levantarse-.
Es la profesión en donde todas, según el caso, hemos ido dejando media vida, una vida, o vida y media, intentando cosechar buenos frutos de las semillas que en el trayecto fuimos sembrando para labrar sus vidas.
La verdad, verdad... ¡Somos la mamá de Tarzán!

*Columnista de El Diario de Hoy.

 

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